29, 30, 31 diciembre 2001 y 1 enero 2002
Reina por un semestre
"Europa tiene que recorrer un gran trecho todavía
en el terreno de la modernización de sus instituciones. Ahora es España quien va a
marcar la pauta. Una presidencia española de la UE desempeñada con acierto y eficacia
redundará en provecho de los restantes miembros y ejercerá un notable impacto en el
prestigio internacional de nuestro país. No perdamos la oportunidad de contribuir a
adecuar la Unión Europea al siglo XXI."

B. SÁNCHEZ-ROBLES / UNIVERSIDAD DE CANTABRIA
A partir del 1 de enero de 2002, España ostentará, por un semestre, la
presidencia de la UE. Es un hito histórico. Nuestro país debe estar a la altura de las
circunstancias. Una presidencia desempeñada con acierto y eficacia redundará en provecho
de los restantes miembros - presentes y futuros- y ejercerá un notable impacto en el
prestigio internacional de nuestro país.
El tópico de España como país que sólo suministra sol y playa, toros y flamenco,
comienza a desvanecerse. Cada vez son menos los que piensan que Europa termina en los
Pirineos. Sería descabellado considerar a Madrid como la capital política del mundo, en
lugar de Washington, o la financiera, en sustitución de Nueva York, pero no cabe duda de
que nuestra imagen exterior se va consolidando.
La UE atraviesa un momento complejo y agridulce. Se alcanzan acuerdos históricos, como
la euroorden. Hay ya 13 países candidatos a la adhesión a medio plazo, lo que
significa que los que no están en el club quieren acceder. Buena señal. El comercio
entre los países miembros ha crecido notablemente en los últimos años. El BCE lo va
haciendo cada vez mejor. Por otra parte, persisten las contradicciones en el trabajo de
algunos organismos de la UE y las distorsiones en determinados ámbitos son aún muy
patentes. A mi juicio, aquí es donde España tiene mucho que aportar (o, mejor dicho, que
ayudar a suprimir).
Nuestro país constituye un ejemplo elocuente de cómo sanear y estimular una economía
en un periodo de tiempo relativamente corto. El gobierno Aznar ha introducido disciplina
en el presupuesto - labor titánica tras 14 años de socialismo- y confianza en los
agentes. Algunas actuaciones de su política económica son discutibles, desde luego, pero
sería erróneo no reconocer los éxitos cosechados en estos cinco años. La convergencia
nominal ha facilitado el acercamiento al nivel de vida medio europeo, hemos crecido a
tasas superiores al 4% en 1998-99 y, en estos momentos titubeantes, capeamos el temporal
con un digno 2%. Pues bien, la lección que puede extraerse de la experiencia española en
estos años - y transmitir a nuestros socios- es que la liberalización de los mercados,
el equilibrio presupuestario y la apuesta por el sector exterior son rentables. Hace 10
años pocos hubieran augurado que España cumpliría los criterios de convergencia en mayo
de 1998, y lo conseguimos. Nadie hubiera imaginado que el déficit endémico de nuestro
sector público pudiera reducirse, y así se ha hecho. Nuestras empresas comienzan -
tímidamente- a vender tecnología en el exterior. Los productos nacionales llegan a
nuevos mercados.
Es indudable que existen también sombras en nuestra economía: la presión fiscal es
excesiva, la inflación subyacente no ha remitido en la proporción deseada, el grado de
innovación tampoco se corresponde con la calidad de nuestros científicos. Como siempre,
la botella puede verse medio llena o medio vacía. Pero un anfitrión no muestra a sus
huéspedes el trastero o el garaje, sino la parte más noble de la casa. Seríamos poco
inteligentes si no aprovechamos esta ocasión para capitalizar y vender con habilidad los
buenos resultados obtenidos por la economía española en los últimos años. Es una tarea
de justicia con nuestro país, y puede resultar muy didáctica para nuestros colegas de la
UE.
En segundo lugar, podemos contribuir a poner al día algunos puntos de vista - ya
obsoletos, pero incombustibles- en algunos sectores de la UE. Gran parte del núcleo duro
de la Unión - los gobernantes, las instituciones y el ciudadano medio- todavía conserva
un cierto grado de alergia hacia el mercado. Prefieren, en cambio, la burocracia, las
subvenciones y, en fin, una cierta dosis de populismo. Es imposible pretender que los 15
gobiernos de los países de la UE mantengan la misma postura en su forma de ver la
política económica. Siempre existirán gobiernos de diferentes signos, por el mero juego
de la alternancia de partidos y la aritmética política. Pero sí es posible, a mi
juicio, acercar posturas y ayudar a desterrar falacias. En este terreno, la labor de
nuestros políticos, diplomáticos y empresarios es crucial. Hay que urgir la reforma de
la periclitada PAC, es preciso abogar por la eliminación de los obstáculos a la
movilidad del trabajo, es necesario reducir - y de ningún modo aumentar- la carga de
poder y burocracia de las instituciones de Bruselas. Hemos apostado por un Banco Central
independiente, en un alarde de modernidad. No podemos seguir conservando vestigios del
pasado y reminiscencias de la política económica de los años 50. La ciencia económica
ha progresado, los que se dedican a ella saben más - quizá no mucho más, pero sí algo
más- sobre qué es acertado y que es deletéreo a la hora de gestionar un país, y la UE
no puede estar anclada en el pasado.
Europa tiene que recorrer un gran trecho todavía en el terreno de la modernización de
sus instituciones. Ahora es España quien va a marcar la pauta. No perdamos la oportunidad
de contribuir a adecuar la UE al siglo XXI.