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¿Quién maneja mi barca?

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 11 de septiembre de 2004

 

¿Quien maneja mi barca, que a la deriva me lleva? Así empezaba una canción de Remedios Amaya que nos representó en Eurovisión hace años. El éxito de la canción en el festival fue escaso, pero su letra resulta apropiada para comenzar estas líneas.

Las últimas noticias sobre la marcha de la economía española no son especialmente alentadoras. El aumento del paro en agosto y la desaceleración que comienza a percibirse en el crecimiento del PIB son indicios de que algo no funciona. Sin embargo, nuestro ejecutivo no da la sensación de estar especialmente preocupado por este tema. No es que escaseen los anuncios en este terreno,  (si los presupuestos se negocian o no con ERC, si cambiarán algunos presidentes de empresas privatizadas o si subirán un 3% las pensiones) pero mi impresión es que el debate, también económico, está afectado del síndrome Vogue: se limita a aspectos periféricos -  aunque decorativos - o a anuncios deslumbrantes, pero se echa de menos una discusión seria y profunda sobre las cuestiones esenciales, una definición de objetivos, una especificación de las medidas con que se alcanzarán esos objetivos. La tan manida expresión reformas estructurales ha caído practicamente en el olvido. El término no era muy afortunado, pero su desprecio es alarmante. No son ni mucho menos nítidos, al menos para mí, los principios que inspiran la actuación económica del gobierno, más allá del talante, las sonrisas, y la necesidad de contentar a algunos socios políticos. En otras palabras, no está claro que rumbo sigue nuestra política económica, suponiendo, claro está, que siga alguno y no vayamos a la deriva, como la barca de Remedios Amaya.

El Comisario Almunia, poco sospechoso de ser un perverso neoliberal, en una entrevista publicada esta semana, alerta sobre la falta de competitividad de la economía europea y es contundente al señalar la importancia de mejorar nuestro capital humano  y avanzar en  las reformas  del mercado laboral y  los sistemas de protección social. Añade que “hacer reformas es políticamente difícil (...). pero el mundo en el que vivimos no aconseja amortiguar el ritmo de las reformas sino impulsarlo aún más”. El propio Presidente Zapatero, cuando aún era candidato, nos decía que “a diferencia del PP nosotros (el PSOE) sí creemos en la libre competencia”, y que su partido ofrecía una alternativa caracterizada por una  mayor libertad económica y un menor intervencionismo estatal.

Está visto que una cosa es elaborar y vender un programa electoral y otra, bastante distinta, gobernar. Las medidas tomadas hasta ahora no van, precisamente,  en la dirección apuntada más arriba. Veamos algunos ejemplos. Muchos expertos han mostrado con datos empíricos que la economía europea no ha incorporado con más rapidez las nuevas tecnologías debido, en parte, a su entorno institucional demasiado reglamentado y corporativista. Una de las primeras decisiones del gobierno ha sido restringir la libertad de horarios comerciales.  El informe PISA de la OCDE alerta de la posición de cola que ocupan nuestros estudiantes en habilidades básicas como la comprensión lectora o el cálculo. El informe PISA, por otra parte, no dice nada que no sepamos casi todos: la enseñanza media en nuestro país no es precisamente una maravilla. Todos sabemos que la medida estrella tomada en el ámbito de la educación ha sido dejar en suspenso la Ley de Calidad. ¿Es la paralización de esta ley, sin que haya encima de la mesa una propuesta solvente para mejorar la educación de niños y jóvenes, la mejor manera de invertir en capital humano? El precio de la vivienda es una preocupación extendida. También es bastante general el diagnóstico, que apunta a una política del suelo excesivamente regulada. La mejor solución, sin duda, es introducir todavía más regulación en el sector reinventando el Ministerio de la Vivienda. Se ha dicho hasta la saciedad que la inversión en infraestructura genera crecimiento económico. La información de que disponemos no apunta, precisamente, a una aceleración en la construcción  de nuevas líneas de AVE o en la licitación de tramos de autopistas. Y así sucesivamente. Finalmente, resulta encomiable el deseo de aumentar la inversión en I+D, pero a la vista de estos ejemplos uno se plantea muchas preguntas: ¿tiene nuestro sistema investigador la capacidad de absorber un 25% más de gasto, de modo eficiente? ¿Es realmente útil la inversión pública en I+D cuando no está imbricada con la inversión privada? (como también han dicho los expertos recientemente) ¿Hasta que punto será fructífero este gasto si no va acompañado de una legislación apropiada que permita que la generación de tecnología se traduzca en más competitividad empresarial? ¿No es más practico incentivar en paralelo que las empresas innoven y desarrollen procedimientos más eficientes mediante un marco fiscal adecuado?

El presidente expresó hace poco su deseo de que los próximos presupuestos hicieran énfasis en el gasto social. Es una intención que todos compartimos, no cabe duda. A veces tengo la impresión, no obstante, que estamos discutiendo el reparto de la tarta, pero no tenemos muy claro cómo se va a cocinar, ni siquiera si  será de chocolate o de nata. Recordemos que no se puede hablar de política social si previamente no se sientan las bases para que se genere riqueza.  No olvidemos tampoco que los expertos en fabricar la tarta económica son los empresarios, y que estos son muy sensibles a las expectativas y muy reacios a invertir en épocas de incertidumbre.  Si el gobierno no se empeña, primero, en tener claro qué quiere hacer en el terreno económico, y segundo, en explicarlo con claridad a los ciudadanos, me temo que se nos pasará el tiempo discutiendo sobre minucias mientras que el tamaño del pastel va menguando y la barca sigue a la deriva.

 

 

 

 

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