Blanca
Sanchez-Robles
Universidad
de Cantabria
23
de octubre de 2004
Europa
no acaba de arrancar. El PIB mundial está creciendo en 2004 a
una tasa cercana al 5%. Sin embargo, el crecimiento en la UE
para 2004 difícilmente superará el 2%, y los pronósticos
para 2005 no son mucho mejores. Todas aquellos bellos deseos
expresados en la Cumbre de Lisboa, a tenor de los cuales la UE
sería en 2010 el área más competitiva del mundo, parecen
quedarse en
utopías cada vez más inalcanzables.
Una
de las consecuencias de la atonía europea es la ampliación
del gap en términos de bienestar con EEUU, que lleva más de
dos décadas de un ritmo de crecimiento poco menos que
asombroso. Si comparamos el PIB per capita europeo con el
norteamericano observamos que la diferencia entre ambos es ya
de un 30%. Como es natural, esta cuestión se está
discutiendo en los círculos académicos y políticos.
Proliferan los libros, artículos y estudios que analizan las
posibles causas del problema. Se ha hablado repetidamente de
algunas en los últimos años: la rigidez de los mercados
europeos - en particular el de trabajo -
el lastre al crecimiento que supone un sector público
hipertrofiado, o la lentitud en adoptar las nuevas tecnologías
de la información en algunos sectores de la economía. En el
marco de la contabilidad del crecimiento, estos argumentos se
resumen diciendo que la productividad en la UE no es
suficientemente elevada. Hoy me referiré a la otra cara de la
moneda, el comportamiento del empleo. Este
tema
ha sido, quizá, menos debatido- una excepción es G.
de la Dehesa, en su reciente libro Quo
vadis Europa? - pero
no es por ello menos importante.
La
idea se podría expresar en síntesis como sigue: los europeos
trabajamos menos años que los norteamericanos, menos horas
por año y en menor proporción.
Analicemos
estos puntos en más detalle.
La
proporción de la población en edad de trabajar (entre 15 y
64 años) que efectivamente trabaja se mide, como sabemos, por
la tasa de empleo. En EEUU este indicador ha crecido 10 puntos
en el último cuarto de siglo, desde el 64% en 1975 hasta casi
el 75% en la actualidad. Europa empezó con un nivel algo
superior en 1975, del 67%, pero esta cifra, en lugar de
crecer, se ha mantenido o incluso caído algo, al 65%.
Como
sugieren tanto el sentido común como las series y películas made
in Hollywood,
en EEUU se trabajan más horas por persona que en
Europa. Las cifras transmiten el mismo mensaje. En 2002, el número
medio de horas trabajadas por empleado en EEUU fue de 1815. El
dato correspondiente para la UE es de 1604. Claro, 211 horas
menos por persona son muchas horas de trabajo, más aún
cuando recordamos, como decíamos más arriba, que la tasa de
empleo es 10 puntos inferior en Europa. Además, los
norteamericanos disfrutan por término medio de 14 días de
vacaciones, lo cual sería impensable para un europeo, cuyo
descanso anual asciende a 37 días en Francia, 35 en Alemania
y 30 en España. El mensaje es inexorable: nos guste o no ( y
aunque pueda sorprender a algunos europeos que trabajan 50 o
60 horas semanales, como los alumnos de ciertas escuelas de
negocios), a este lado del Atlántico, y en términos
comparativos,
no nos matamos precisamente a trabajar.
Finalmente,
los europeos trabajamos menos años puesto que nos jubilamos
antes que en EEUU (cuestión resulta paradójica porque en
Europa
la esperanza de vida es algo más alta que en EEUU). De
otra parte,
la población crece más lentamente a este lado del Atlántico:
la tasa media de fertilidad en la UE se sitúa
alrededor de 1,5 hijos por mujer, frente a 2 en EEUU. Como
consecuencia,
la población europea está más envejecida. La edad
mediana en EEUU es 35 años; en Europa 40. Estos datos
cuestionan– como también se ha repetido hasta la saciedad
– el sistema vigente de pensiones. Por otra parte, una
población envejecida es necesariamente menos emprendedora y
creativa, lo que tampoco augura nada bueno para el crecimiento
del Viejo Continente en las próximas décadas.
El
lector puede aducir, con cierta razón, que la calidad de vida
en Europa es superior a la americana. Es posible, y no entraré
en esta columna a valorar este punto. Tampoco me detendré hoy
en el espinoso aspecto de la equidad en uno y otro ámbito.
Quizá existan, además, razones culturales y sociológicas
muy profundas que explican la diferente mentalidad frente al
trabajo que imperan en la UE y en EEUU. Lo que debemos
tener claro, no obstante, y dicho en términos
vulgares, es que no se puede estar repicando y en la procesión.
Los niveles de bienestar elevados no son gratis. Se consiguen
a base de esfuerzo. Es contradictorio e inútil lamentarse de
que los gaps en renta per capita con EEUU se agrandan, y al
mismo tiempo defender la semana de 35 horas, la jubilación a
los 65 años, las vacaciones sagradas de un mes y que las
tiendas se cierren de 1 a 5 para no agotar demasiado a los
sufridos comerciantes.
Seamos
serios. Si queremos seguir como estamos en cuanto a prebendas
y ventajas laborales, hagámoslo, pero sepamos que este
comportamiento tiene un coste. Europa seguirá estancada y nos
pasarán
los americanos por la izquierda y los asiáticos por la
derecha. Mientras tanto, los europeos observaremos el fenómeno
mientras saboreamos un
café en el Quartier Latin de París,
en la Piazza de San Marcos de Venecia o en el Hotel
Sacher de Viena. ¿Conseguirá la vieja Europa superar sus
costumbres ancestrales y empeñarse seriamente por ser
competitiva? Confiemos en que sí.