17 y 18
noviembre 2001 Blanca Sanchez-Robles
Palabras venenosas
Una desaceleración no es necesariamente grave; una
recesión es más preocupante. La paradoja, sin embargo, es que muchas desaceleraciones se
bautizan erróneamente con el nombre de recesiones.

Algunas palabras provocan desazón, temor o incluso pánico cuando se escuchan.
Existen numerosos ejemplos: coche bomba, ántrax, comando Madrid, Osama Bin Laden,
entre otras. En el campo de la economía, uno de estos términos fatídicos es el de
recesión. Cuando se lee en los titulares de los periódicos y se oye en boca de
tertulianos, políticos o analistas, tiemblan los ciudadanos y también se agitan los
mercados.
No está muy claro el significado exacto de la palabra recesión, pero sí se ha
comprobado que, cuando se pronuncia, desencadena el pánico. Y en las últimas semanas
hemos escuchado más de una vez este término amenazador.
Empecemos por precisar qué es una recesión. Técnicamente, puede definirse como el
crecimiento negativo del PIB en dos trimestres consecutivos. Es, por tanto, distinta de la
desaceleración, que indica que la tasa de crecimiento en un periodo de tiempo es menor
que en el periodo precedente. Una economía en recesión se asemeja a un coche que empieza
a ir marcha atrás. El análogo automovilístico de la desaceleración, en cambio, es un
vehículo que circulaba a 120 kilómetros por hora y reduce la velocidad a 100.
Una desaceleración no es necesariamente grave; una recesión es más preocupante. La
paradoja, sin embargo, es que muchas desaceleraciones se bautizan erróneamente con el
nombre de recesiones. ¿Motivos? Recesión ocupa menos espacio que desaceleración y tiene
un cierto tono morboso que atrae a los periodistas. Hace poco tiempo intenté aclarar a
uno de ellos la diferencia entre desaceleración y recesión. No lo conseguí. Después de
escucharme, se encogió de hombros y me dijo que la gente no entiende la palabra
desaceleración y sí sabe, en cambio, qué es una recesión. Lo que ya no me detalló es
por qué el ciudadano medio está condenado, irremisiblemente, a no poder entender la
diferencia que hay entre recesión y desaceleración.
Pasemos a lo concreto. ¿Existen signos en España - fundados en las cifras- de
recesión?
La respuesta, de momento, es no. El PIB ha crecido un 3,7% en el primer trimestre de
2001 y un 2,7% en el segundo. El Banco de España estima el dato del tercer trimestre en
un 2,5%. Estamos, entonces, ante una desaceleración, no ante una recesión, por mucho que
le pese a los chicos de la prensa.
Sorprende un poco, entonces, escuchar voces - incluso de magníficos economistas- que
aconsejan olvidar el dogma del déficit cero y abandonar la estabilidad presupuestaria en
época de crisis. Estoy de acuerdo con esta idea como principio general. No estoy segura,
en cambio, que la afirmación sea válida para la economía española en estos momentos.
Bernaldo de Quirós ya se manifestó en estas páginas en contra del incremento del
gasto público. No repetiré sus argumentos, que comparto. La bajada de impuestos, por el
contrario - en especial la de los que gravan las rentas medias- , sigue siendo la
asignatura pendiente en nuestra economía. Sería deseable que se acometiera en
profundidad y cuanto antes. La filosofía de fondo que debe impulsar esa reforma, no
obstante, no es tanto evitar la desaceleración como reducir la presión fiscal, que
resulta aún excesiva en España.
Ahora bien, creo que incurrir en déficit en 2002 sólo para obtener un punto o dos
más de crecimiento no merece la pena. Nos ha costado muchos años modificar la mentalidad
de la ciudadanía y sanear las cuentas públicas. Cambiar las reglas del juego y comenzar
a permitir un poco de déficit público (al menos sobre el papel) sólo porque la tasa de
crecimiento ya no alcanza el número mágico del 3% o 4 %, me parece desproporcionado.
En España, en estos momentos, es prioritario preservar la cultura de la estabilidad y
desterrar la creencia - cada vez menos extendida, aunque todavía latente en algunos- de
que debe ser el Estado quien garantice el crecimiento siempre y a toda costa. En mi
opinión, más deletéreo para España que crecer un poco menos es ceder en el terreno de
la estabilidad fiscal. Si ahora se consiente el déficit para contrarrestar la
desaceleración, en el futuro cualquier excusa será buena para incurrir en desajustes
presupuestarios.
Estados Unidos puede permitirse políticas fiscales expansivas porque su statu quo
es muy distinto: su gobierno goza de credibilidad, sus mercados no están tan
distorsionados y las finanzas públicas han alcanzado incluso superávit durante los
últimos años. El caso de España es diferente: los mercados todavía no están
liberalizados ni la cultura de la estabilidad está suficientemente consolidada. Sigue
demasiado viva la acción casi refleja de pedir socorro a papá Estado cuando parece que
se avecina un temporal que, en este caso, además, tampoco parece que vaya a ser tan
devastador.
El equilibrio en las finanzas públicas, con todas las matizaciones y salvedades que se
quiera, ha sido uno de los grandes logros del Gobierno Aznar. Sería una pena empañarlo
para obtener algo más de crecimiento. No estamos - de momento- en una recesión, y no veo
razones contundentes para incurrir en déficit.