La Gaceta de los Negocios

15 y 16 diciembre 2001

 


Comercio, crecimiento y pobreza
No parece serio, a la luz de la evidencia, continuar afirmando que la globalización incrementa las desigualdades entre los países y entre los ciudadanos de un mismo país. Los datos indican lo contrario: la apertura al exterior ayuda a combatir la pobreza.

B. SÁNCHEZ-ROBLES / UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

El título de este artículo es también el de un trabajo reciente publicado por Dollar y Kraay, del Banco Mundial. Muchas de las ideas y resultados que contiene son ya conocidos y defendidos por gran parte de la profesión y de la opinión pública. Otros, en cambio, son originales. Todos proporcionan argumentos sólidos para salir al paso de algunas falacias que circulan todavía en determinadas esferas.

Las principales ideas del artículo (fácilmente descargable de la página web del Banco Mundial) son tres: primero, los países más abiertos al exterior han crecido a tasas más elevadas en los años 90. Segundo, la evidencia muestra que el incremento del comercio ha ejercido un impacto positivo sobre el desarrollo. Y, finalmente, la experiencia de un grupo de países ayuda a refutar la hipótesis de que la apertura al exterior y el crecimiento generan un grado de desigualdad más alto.

Comencemos por la primera de estas ideas. Los autores identifican un grupo de países en desarrollo que denominan globalizados a partir de la década de los 80. El término no resulta muy estético, pero sí práctico, de modo que lo emplearé en las líneas que siguen. En este grupo se encuentran China, Hungría, India, Malasia, Mexico, Filipinas y Tailandia, entre otros. Si se analizan y comparan las cifras de crecimiento alcanzadas por este conjunto de países con las correspondientes a los países desarrollados o los países en desarrollo menos abiertos al exterior (los no globalizados), se obtienen dos conclusiones interesantes: en el decenio de los 90, los países globalizados han crecido a una media del 5%, frente al 2,4% registrado por los países ricos y al 1,4% por los no globalizados. Además, la tasa media de crecimiento de los globalizados ha ido aumentando progesivamente en el tiempo (era sólo un 1,4% en la década de 1960). Lo contrario ha ocurrido con el grupo de países ricos, que disfrutaban de una tasa media anual del 4,7% en la década dorada de los 60. La consecuencia inmediata es que las naciones globalizados están alcanzando o convergiendo, si hablamos con más propiedad, con el conjunto de países que disfruta de niveles de renta más alta.

Estos primeros resultados son interesantes, pero no constituyen, por sí solos, una prueba contundente de que la apertura al exterior sea uno de los factores que ha propiciado el crecimiento en los países globalizados. Ahora bien, el empleo de diversas técnicas econométricas permite concluir a los autores - con la cautela que siempre es precisa a la hora de llevar a cabo la investigación empírica- que el incremento del comercio exterior ha sido uno de los impulsores del crecimiento en estos países. Dollar y Kraay corrigen los problemas clásicos en este tipo de análisis: la posible endogeneidad (o causalidad en ambas direcciones, ya que es plausible que el crecimiento impulse el comercio) y la exageración de los efectos del comercio debido a la omisión de otras variables relevantes en las estimaciones. El impacto positivo del comercio exterior en el crecimiento sigue resultando positivo cuando se consideran otros factores que se refieren al entorno institucional o la política económica. Dicho de otro modo, aquellos países que han apostado por un sector exterior más dinámico, en igualdad de condiciones, han crecido más.

En tercer lugar, los autores examinan la relación entre crecimiento y desigualdad para el grupo de países globalizados. Este aspecto ha sido ampliamente debatido en la literatura, que todavía no ha proporcionado argumentos concluyentes. Ahora bien, la consideración del grupo de países globalizados indica que la distribución de renta no ha variado sustancialmente en los años 90. Las ganancias del crecimiento han beneficiado a toda la población, y no sólo a algunos. Todos son más ricos que antes, aunque obviamente en estos países sigue habiendo ricos y siguen existiendo pobres. La clave, no obstante, estriba en que la globalización no ha hecho más pobres a los pobres: ha hecho más ricos a todos, unos y otros. En determinados países, incluso, la distribución de la renta se ha hecho más igualitaria: las diferencias entre niveles de renta han disminuido. Ejemplos de estos fenómenos son Malasia y Tailandia y, sobre todo, Vietnam. Esta nación asiática, en la última década, se ha abierto al exterior, sobre todo mediante la exportación de arroz y de productos intensivos en mano de obra, como el calzado. Pues bien, en 1988 el 75% de la población vietnamita vivía bajo el umbral de pobreza. En 1998 el porcentaje es del 37%. La pobreza en Vietnam se ha reducido a la mitad en 10 años.

Estos resultados arrojan dudas sobre algunos tópicos que se escuchan en determinados ambientes. No parece serio, a la luz de la evidencia, continuar afirmando que la globalización incrementa las desigualdades entre los países y entre los ciudadanos de un mismo país. Los datos indican lo contrario: la apertura al exterior ayuda a combatir la pobreza.

Y los que todavía defienden tesis antiglobalizadoras necesitan encontrar una evidencia - que aún no tienen- para sustentar sus argumentos en algo más sólido que la demagogia o el populismo. Tal vez entonces consigan convencer al resto de la profesión.



 
 

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