manchetag.gif (4883 bytes)                           

26 enero 2002


Nuevos cantos, nuevas sirenas

Blanca Sanchez-Robles

La economía alemana no atraviesa su mejor momento. La tasa de crecimiento de 2001 ha sido del 0,6%, la más baja desde 1993. Tanto la atonía de la inversión como la caída de las exportaciones han pasado factura en el coloso germano. No voy a entrar en las causas ni en los remedios para paliar la crisis de la tradicional locomotora europea. Me referiré, más bien, a un tema – relacionado con lo anterior, eso sí - que ha saltado a la palestra en los últimos días. Alemania se expone a una reprimenda de Bruselas por posible incumplimiento del Pacto de Estabilidad. El déficit público ha alcanzado el 2,6% del PIB en 2001, y se prevé una cifra del 2,7% para 2002. El dato se acerca demasiado al límite del 3% que impone el Pacto de Estabilidad que, por cierto, promovió activamente Alemania por miedo a que los países del Sur, tradicionalmente los más díscolos e indisciplinados de la UE, se embarcaran en déficit elevados. Ahora resulta ser el país teutón – seguido a corta distancia por Portugal - el último de la clase. Ironías de la vida.

La pregunta clave es la siguiente: ¿Qué debe hacer Bruselas? Como el propio Solbes ha reconocido, la situación es delicada y cualquier actuación – u omisión – sentará un precedente para el futuro.

Como de costumbre, es difícil ofrecer respuestas categóricas. En principio es razonable que en un país crezca el déficit público en momentos de recesión. Cuando la economía no va bien, se recauda menos en concepto de impuestos y se gasta más en prestaciones de desempleo. Es lo que se conoce como déficit cíclico. Todos los economistas, incluso aquellos tan liberales como Robert Barro, coinciden en que los déficit en momentos de crisis son tolerables e incluso lógicos.

El problema estriba en que Alemania ya no es un verso suelto. Forma parte del poema más o menos armonioso de la economía de la UE. Su comportamiento marca la pauta. Es, con frase de moda, referente para otros países. De aquí que deba ser cauteloso con su política económica, y que los gestores de Bruselas tengan que velar para fomentar la conducta ejemplar del (hasta ahora) alumno aventajado. ¿Qué harán los demás, si el estudiante modélico incumple las reglas?

Por cierto, resulta interesante indagar en las causas que han llevado al presupuesto alemán a incurrir en números rojos en los últimos años. Alemania ha resultado muy perjudicada por la desaceleración mundial, dada su alta apertura al exterior. Pero no podemos olvidar que en 2000 Alemania creció al 3%, y sin embargo su déficit público alcanzó el 1,3%. No parece que toda la culpa sea de la coyuntura exterior.

Un informe reciente de la OCDE aclara este extremo: Alemania precisa de un "control del gasto severo" para lograr la consolidación fiscal. El sistema de pensiones no se ha reformado tanto como sería necesario; el gasto social está creciendo; la financiación de la sanidad también puede acarrear problemas; deben reestructurarse y recortarse las partidas que se destinan a la industria.

El país germano necesita, en suma ( y según la OCDE) más estabilidad, más liberalización y más mercado. En otras palabras, el déficit es un síntoma de que la política económica en Alemania quizá no sea la más adecuada.

¿Sería pertinente, a la vista de estas consideraciones, una llamada de atención por parte de Bruselas? Probablemente no estaría de más.

La credibilidad es una de las grandes tareas pendientes en la UE. El BCE ha luchado denodadamente por adquirirla. No es que ya goce de una reputación excelente, pero hay que reconocer que de tres años a esta parte ha mejorado. Por lo menos se contradice menos que antes y ha sido capaz de aguantar varios envites de las tradicionales sirenas sin bajar los tipos.

No puede decirse algo similar del resto de la política económica que se diseña en otros organismos de la UE. Algunas de las actuaciones de Bruselas son cuando menos sorprendentes. La Comisión no acaba de encontrarse a sí misma. Excepto alguna crítica a USA por presuntas actuaciones monopolísticas de sus empresas, no parece que la Comisión haya tomado medidas espectaculares en el campo de las liberalizaciones en los mercados de bienes y trabajo en los últimos años, o en la modificación de la PAC. El término reformas estructurales parece ser poco conocido por las instituciones comunitarias.

Por eso es tan importante, a mi modo de ver, que cuando existen unos compromisos y unas reglas de juego claros, como es el caso, se cumplan. Si se comienza a hacer concesiones, la política económica de la UE no resultará creíble y su reflejo financiero – el euro – no alcanzará la tan deseada paridad con el dólar. En los mares turbulentos de la economía nunca faltan sirenas que encandilan con sus cánticos e invitan a incumplir los pactos. Unas veces las sirenas se disfrazan de sindicalistas que abogan por tipos de interés más bajos, otras veces son gobiernos que no desean adoptar la disciplina fiscal. Pero como bien explicó Homero, siempre se puede encontrar un mástil al que atarse para resistirse a la sirena cantarina de turno. Y en este caso el mástil se llama coherencia y credibilidad de la Unión Europea. Nada menos.

 

© La Gaceta de los Negocios 2002
Todos los derechos Reservados