23 y 24
febrero 2002
¿Moneda única, impuestos únicos?
"Me cuesta imaginar que 12 países ahora (y quizá
más de 20 dentro de unos años) consigan ponerse de acuerdo sobre la magnitud de gasto
público que desean y, por tanto, sobre la cuantía de impuestos que necesitan para
financiar ese gasto. Una mirada a los datos muestra que la relación impuestos sobre la
renta/PIB en la zona euro varía desde el 10% de España hasta el 18,6% en
Finlandia."

B. SÁNCHEZ-ROBLES / UNIVERSIDAD DE CANTABRIA
El canciller Schroeder ha afirmado en una reciente entrevista publicada en el Times
que la UE debería determinar las políticas fiscales en los países miembros. Una vez que
la moneda única circula ya con agilidad, se reabre el debate sobre la posible
conveniencia de armonizar la política fiscal. Puesto que los 12 países de la UEM
comparten moneda y política monetaria, ¿no sería oportuno que también los impuestos
que pagan finlandeses y españoles, portugueses e italianos sean los mismos?
La tesis clásica que defiende la armonización fiscal postula que, si los impuestos
son distintos en diferentes lugares de la UE, las empresas (y quizá los ciudadanos,
aunque esto es más dudoso) encontrarán incentivos para dirigirse a aquellos lugares más
ventajosos desde el punto de vista fiscal, lo que puede llevar a la desigualdad a largo
plazo entre los países de la UE. Suena razonable, pero esta explicación presenta algunos
problemas.
En primer lugar, ¿qué tiene de malo que los territorios compitan, también desde el
punto de vista fiscal, para atraer inversión empresarial? Esto no sólo no es negativo
sino, en mi opinión, muy saludable. Existen estudios que muestran que las multinacionales
tienen en cuenta criterios fiscales - entre otros- a la hora de decidir dónde colocar sus
filiales. En igualdad de condiciones, una empresa se decantará por montar una planta en
el país A en lugar de en B si en A se pagan menos impuestos. A la
vista de la maniobra, quizá B, en un futuro, reduzca los impuestos, lo cual a
priori aumentará la eficiencia en el empleo de los recursos (ya que el sector público no
se caracteriza por gastar con excesivo acierto). Por poner un caso concreto, si A
fuera Irlanda y B España, y nuestro país hubiera seguido la política fiscal
propicia a la inversión directa que llevó a cabo la nación celta en las décadas
anteriores, otro gallo nos cantaría en estos momentos con respecto al gap tecnológico
que nos aqueja.
En segundo lugar, y quizá éste sea el argumento más convincente, parafraseando al
filósofo diré que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Me explico.
Una sencilla ecuación matemática nos indica que Impuestos= Gasto Público + Déficit. El
déficit máximo en la zona euro está fijado por el Pacto de Estabilidad en un 3% del
PIB, (aunque algunos países decidan ahora que ciertos pactos son simbólicos).
Si el déficit está fijado, quiere decir que aproximadamente los impuestos deben
igualar a los gastos, por lo menos a medio plazo. Pues bien, a mí me cuesta imaginar que
12 países ahora (y quizá más de 20 dentro de unos años) consigan ponerse de acuerdo
sobre la magnitud de gasto público que desean y, por tanto, sobre la cuantía de
impuestos que necesitan para financiar ese gasto. Una mirada a los datos muestra que la
relación impuestos sobre la renta/PIB en la zona euro varía desde el 10% de España
hasta el 18,6% en Finlandia.
La primera cuestión es: ¿Cómo se armonizan los impuestos, bajándolos o
subiéndolos? La composición y el tamaño del sector público es, en buena medida, una
cuestión política; sólo por casualidad las 12 naciones de la zona euro llegarán a
tener en el poder un partido del mismo perfil ideológico (de centro o socialdemócrata,
me da igual), con una filosofía similar sobre el tamaño óptimo del Estado. Para que la
armonización fiscal fuera posible, los liberales deberían convencer a los
socialdemócratas de las bondades de la mano invisible, mientras que los segundos
deberían hacer algo similar respecto a los efectos benéficos de la actuación de un
Estado fuerte y activo. ¿Es esto factible? Lo dudo.
Otra cuestión está relacionada con la legítima autonomía de cada país para decidir
el tamaño del sector público que desee. Unos países disfrutan unos generosos sistemas
de protección social (Finlandia), cuyos ciudadanos no parecen muy dispuestos a
desmantelar, aún a costa de pagar impuestos confiscatorios. En Bélgica - donde la ratio
impuestos/PIB alcanza el 17%- el Gobierno puede amanecer un día con la decisión de
reflotar Sabena con cargo al bolsillo de los contribuyentes. Si los belgas están de
acuerdo con la operación, dado el cariño que profesaban a su aerolínea de bandera, ¿
lo va a impedir el resto de la eurozona? España, en fin, puede muy bien considerar que
posee unas infraestructuras todavía insuficientes, o que le apetece otorgar una
subvención - financiada con un incremento en el IRPF- a aquellas mentes preclaras que
diseñen programas de ocio alternativo para apartar a nuestros jóvenes del botellón. ¿Nos
prohibirán esta medida en Bruselas? No estoy en absoluto defendiendo la subida de
impuestos - ya dije arriba que, en mi opinión, el sector privado gasta mejor que el
público- , pero sí el derecho de cada país a obrar como quiera en esta materia. Cada
país, en mi opinión, debe ser soberano para decidir cuánto quiere gastar y en qué
quiere gastar.
Resumiendo, la armonización fiscal no me parece ni factible ni conveniente. Ahora
bien, en economía todo es posible. Quizá dentro de un año tenga que retractarme de lo
que he escrito hoy aquí.