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28 diciembre 2002

Lo social y lo antisocial

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

Recientemente un amigo mío asistía a una reunión en una universidad pública – a partir de ahora la llamaré x - de un país europeo. Uno de los puntos que se trataron fue la situación económica de x, saneada, aunque no excesivamente desahogada. Obviamente el porcentaje mayor de los ingresos de x procede del estado. En los último años, las tasas y precios públicos que carga x han crecido por debajo de la inflación en ese país. Con otras palabras, en unos años, se pagará a los alumnos por ir a esa universidad. Ya que parecía conveniente buscar formas de allegar recursos, mi amigo planteó que las tasas y precios subieran, por lo menos, en la misma proporción que el IPC. Su propuesta fue inmediatamente calificada de antisocial por otro asistente a la reunión. Mi amigo no se sorprendió en exceso: el adjetivo era suave si se compara con otros posibles (como capitalista salvaje o neoliberal despiadado).

Poco después, mi amigo, en un autocar, no pudo evitar oír el diálogo que un chico mantenía a gritos por el móvil. La traducción castellana de la conversación es más o menos la siguiente: "llamé en un escaqueo del curre, tío", que guay, tío, eso mola", "oye, tío, cuando la peña venga nos pegaremos unas fiestecillas y podremos hacer alguna cosilla maja", todo ello sazonado de abundantes tacos y expresiones irrepetibles.

Este episodio – que podría haber ocurrido, por cierto, fácilmente en España - sugiere que la asignación de los recursos en ese país no parece ser la más eficiente. Se gasta mucho en educación pero el chico medio no puede decir dos palabras seguidas sin asesinar su idioma. ¿Es esa educación de calidad?

Para algunos, la solución será elevar el gasto público que ese país destina a educación. Yo diría, por el contrario, que lo necesario es gastar mejor en educación, para obtener más calidad con menos coste (social). Porque ¿no es antisocial gastar de forma inadecuada el dinero de todos?

Un axioma básico en economía es que no hay ningún almuerzo gratis. Existe alguien que acaba pagando las facturas. Cuando la institución es pública, el coste se soporta por los ciudadanos en su calidad de contribuyentes. Está muy extendido el principio falaz lo público es gratis: lo que paga el estado no lo paga nadie. Desgraciadamente, lo público puede parecer gratis a primera vista, pero siempre acaba repercutiendo sobre las espaldas de un tercero a través de mayores impuestos (presentes o futuros), deuda pública o, en los casos más patológicos - como Argentina - , inestabilidad de la economía, recesión y pobreza.

Otra cuestión estriba en dilucidar si es preferible que cada uno financie los servicios que quiere usar, o bien si debe financiar un paquete muy amplio, para que todos puedan disfrutar de ese servicio a un precio reducido en relación con su coste. La cuestión es discutible. No obstante, muchos piensan que una de las bases de la sociedad moderna y democrática es el derecho a elegir, y el ejercicio de este derecho debe permitirse también en la esfera económica. Si hay un mayor número de servicios públicos cubiertos por tasas de usuario (pagadas por quien disfruta el servicio) y no por impuestos (obligatorios) mayor será la posibilidad de que cada cual elija dónde quiere que se destine su dinero. Probablemente, escogerá financiar aquello que utiliza: preferirá más tasas y menos impuestos.

¿Estoy abogando entonces por la desaparición de los impuestos? No, porque existe una serie de actividades (menos de las que se pensaba hace años, por cierto) donde el sistema de tasas no funciona. El estado debe proveer estas actividades (defensa o justicia) con cargo a impuestos. Tampoco sugiero que las tasas universitarias europeas se aproximen al coste real ( lo cual es políticamente imposible, al menos de momento). Ahora bien, si ciertos servicios se van cubriendo en un porcentaje mayor mediante tasas, será factible dedicar la recaudación fiscal a otras actividades que benefician a toda la sociedad, como la lucha contra el terrorismo o la delincuencia. Si los medios de que disponen las fuerzas de seguridad son cada vez más eficientes y sofisticados, se modernizan las cárceles para evitar fugas de presos, y se sustituyen las máquinas Olivetti de los juzgados por PCs, el número de etarras detenidos, juzgados y encarcelados al año será probablemente superior al actual. Acabaremos con ETA en menos tiempo. Si se contratan más guardias de seguridad en la madrileña estación de autobuses de Av. de América – donde la probabilidad de que te roben es asintóticamente uno – dicha estación pasará de ser territorio comanche a un lugar transitable sin peligro. Y así sucesivamente ¿Son estas medidas antisociales?

En el caso de las tasas universitarias, se puede argumentar que una subida de los precios de x por encima, o al menos al compás, de la inflación, es antisocial porque perjudica a los más pobres. Otra falacia. Para empezar, las tasas reales cada vez más bajas benefician relativamente más (o perjudican menos) a los alumnos con alto poder adquisitivo. Parece más equitativo acercar las matrículas al coste real, disminuir la cantidad de recursos públicos en el presupuesto de x, y destinar los excedentes a dotar becas para los alumnos de menor capacidad económica.

La distinción entre lo social y lo antisocial es sutil y compleja; interesante tema, por tanto, para debatir en los días tranquilos de Navidad.

 

 

 

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