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6 marzo 2004

Las Pymes también son importantes

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 

Hace pocos días, un amigo cogió un avión rumbo a Valencia. A pesar de la hora (3 de la tarde) el avión iba completo, quizá porque transportaba a una excursión de jubilados extremeños a las costas levantinas.

Se formó un pequeño lío, ya que algunos de los pasajeros no parecían muy duchos en los viajes en avión, y gran parte de las señoras no querían alejarse de sus maridos (a pesar de que sus tarjetas de embarque respectivas mostraba asientos separados). Una de estas esposas adoptó una expresión desconsolada cuando se dio cuenta de que el asiento que se le había asignado no era contiguo al de su marido. Todo el avión contuvo la respiración ante el problema. Afortunadamente, una pasajera (joven) de mucho remango y, al parecer, experta en viajes en avión, resolvió rápidamente el problema: "Sienténse en esos dos asientos que están vacíos (pero juntos) y cuando vengan los pasajeros correspondientes les explicaremos que deben cambiarse". Dicho y hecho. Mi amigo empleó las horas de vuelo hasta Valencia en meditar sobre lo sucedido y calibrar cuánto nos gusta a casi todos los españoles mandar, organizar y gestionar, ya sean asientos en un avión, lugares en la cola de correos o el viaje fin de carrera. Sin duda, concluía mi amigo, el español medio posee grandes cualidades para el liderazgo, la dirección de equipos y la solución de problemas.

Recordaba esta anécdota al escuchar algunas de las propuestas electorales de Mariano Rajoy, y en particular aquellas que se refieren a las Pymes. El candidato del PP propone reducir al 20% el tipo del impuesto de sociedades a aquellas empresas que facturen menos de un millón de euros, y al 30% a las que no lleguen a 8 millones.

La propuesta me parece una buena idea. No en vano las pequeñas y medianas empresas han generado cerca del 80% de los puestos de trabajo creados en las dos últimas legislaturas, lo que indica la importancia que tienen en la economía española. Ciertamente, se ha avanzado en los últimos años, tanto en las políticas como en los resultados. Respecto a las primeras, desde 1996 se ha procurado crear un marco fiscal y financiero favorable tanto para las Pymes como para los trabajadores autónomos. En la práctica, esta filosofía se ha traducido en medidas como la supresión del (para muchos incomprensible e ilógico) Impuesto de Actividades Económicas a las Pymes y a 2.300.000 autónomos, y se ha extendido el tipo reducido del impuesto de sociedades del 30% para las empresas con una cifra de facturación inferior a los 6 millones de euros. Por otra parte, la denominada Ley de la Nueva Empresa permite crear empresas en menos de 48 horas. Este dato me parece muy relevante. Según un estudio del Banco Mundial, en los países iberoamericanos (con la excepción de Chile), el tiempo medio necesario para solventar los trámites administrativos y crear una empresa oscila entre los 300 y 500 días. Realmente es un milagro si alguien consigue tener la paciencia de esperar más de un año hasta poner en práctica su proyecto y comenzar a (intentar) generar ingresos. Otros estudios comparativos muestran cómo los trámites administrativos son más sencillos en EEUU si se compara con Europa, lo cual puede explicar el mayor número de empresas que nacen al otro lado del Atlántico. Está claro que un marco institucional más ágil y simplificado redundará en que más proyectos se lleven a la práctica, nazcan más empresas (aunque algunas de ellas mueran) y se cree más empleo y riqueza.

En cuanto a los resultados, son sin duda positivos. En los 8 últimos años se han creado 430.000 Pymes, de las cuales cerca de 50% tienen asalariados. Asimismo, los tipos de interés más bajos de los últimos años han minorado los gastos financieros de estas empresas (como sabemos, muy dependientes del crédito bancario, al menos en España) en un 45%. Se ha reducido la morosidad en un 80% y los índices de morosidad y quiebras son ahora relativamente bajos.

Está claro que se ha hecho mucho, pero también que queda abundante trabajo pendiente para aprovechar al máximo esas cualidades de liderazgo, presentes en gran número de españoles, de que hablábamos antes. Y la mejor receta no son las subvenciones indiscriminadas, cuya eficacia cada vez se cuestiona más, sino continuar en la línea de las reformas fiscales (incrementando las deducciones fiscales por inversión, o por adopción de nuevas tecnología) y en la dotación de un marco institucional adecuado.

En los últimos años se han puesto de moda las fusiones, las absorciones y los procesos de consolidación de grandes empresas. No cabe duda que en muchos sectores el tamaño es vital para afrontar determinados costes fijos y explotar economías de escala. Pero también parece claro que gran parte del tejido productivo de nuestro país está constituido por empresas de tamaño medio o pequeño, y que su buena marcha es decisiva para el crecimiento de la renta y el empleo y para la supervivencia de muchas familias. Por eso me parece un acierto de Mariano Rajoy que haya dedicado parte de su programa a diseñar y explicar medidas concretas para apoyar a estas empresas. Esto no es sólo política económica, es también política social.

 

 

 

 

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