Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Hace pocos días, un amigo cogió un avión rumbo a Valencia. A pesar de la hora (3 de
la tarde) el avión iba completo, quizá porque transportaba a una excursión de jubilados
extremeños a las costas levantinas.
Se formó un pequeño lío, ya que algunos de los pasajeros no parecían muy duchos en
los viajes en avión, y gran parte de las señoras no querían alejarse de sus maridos (a
pesar de que sus tarjetas de embarque respectivas mostraba asientos separados). Una de
estas esposas adoptó una expresión desconsolada cuando se dio cuenta de que el asiento
que se le había asignado no era contiguo al de su marido. Todo el avión contuvo la
respiración ante el problema. Afortunadamente, una pasajera (joven) de mucho remango y,
al parecer, experta en viajes en avión, resolvió rápidamente el problema:
"Sienténse en esos dos asientos que están vacíos (pero juntos) y cuando vengan los
pasajeros correspondientes les explicaremos que deben cambiarse". Dicho y hecho. Mi
amigo empleó las horas de vuelo hasta Valencia en meditar sobre lo sucedido y calibrar
cuánto nos gusta a casi todos los españoles mandar, organizar y gestionar, ya sean
asientos en un avión, lugares en la cola de correos o el viaje fin de carrera. Sin duda,
concluía mi amigo, el español medio posee grandes cualidades para el liderazgo, la
dirección de equipos y la solución de problemas.
Recordaba esta anécdota al escuchar algunas de las propuestas electorales de Mariano
Rajoy, y en particular aquellas que se refieren a las Pymes. El candidato del PP propone
reducir al 20% el tipo del impuesto de sociedades a aquellas empresas que facturen menos
de un millón de euros, y al 30% a las que no lleguen a 8 millones.
La propuesta me parece una buena idea. No en vano las pequeñas y medianas empresas han
generado cerca del 80% de los puestos de trabajo creados en las dos últimas legislaturas,
lo que indica la importancia que tienen en la economía española. Ciertamente, se ha
avanzado en los últimos años, tanto en las políticas como en los resultados. Respecto a
las primeras, desde 1996 se ha procurado crear un marco fiscal y financiero favorable
tanto para las Pymes como para los trabajadores autónomos. En la práctica, esta
filosofía se ha traducido en medidas como la supresión del (para muchos incomprensible e
ilógico) Impuesto de Actividades Económicas a las Pymes y a 2.300.000 autónomos, y se
ha extendido el tipo reducido del impuesto de sociedades del 30% para las empresas con una
cifra de facturación inferior a los 6 millones de euros. Por otra parte, la denominada
Ley de la Nueva Empresa permite crear empresas en menos de 48 horas. Este dato me parece
muy relevante. Según un estudio del Banco Mundial, en los países iberoamericanos (con la
excepción de Chile), el tiempo medio necesario para solventar los trámites
administrativos y crear una empresa oscila entre los 300 y 500 días. Realmente es un
milagro si alguien consigue tener la paciencia de esperar más de un año hasta poner en
práctica su proyecto y comenzar a (intentar) generar ingresos. Otros estudios
comparativos muestran cómo los trámites administrativos son más sencillos en EEUU si se
compara con Europa, lo cual puede explicar el mayor número de empresas que nacen al otro
lado del Atlántico. Está claro que un marco institucional más ágil y simplificado
redundará en que más proyectos se lleven a la práctica, nazcan más empresas (aunque
algunas de ellas mueran) y se cree más empleo y riqueza.
En cuanto a los resultados, son sin duda positivos. En los 8 últimos años se han
creado 430.000 Pymes, de las cuales cerca de 50% tienen asalariados. Asimismo, los tipos
de interés más bajos de los últimos años han minorado los gastos financieros de estas
empresas (como sabemos, muy dependientes del crédito bancario, al menos en España) en un
45%. Se ha reducido la morosidad en un 80% y los índices de morosidad y quiebras son
ahora relativamente bajos.
Está claro que se ha hecho mucho, pero también que queda abundante trabajo pendiente
para aprovechar al máximo esas cualidades de liderazgo, presentes en gran número de
españoles, de que hablábamos antes. Y la mejor receta no son las subvenciones
indiscriminadas, cuya eficacia cada vez se cuestiona más, sino continuar en la línea de
las reformas fiscales (incrementando las deducciones fiscales por inversión, o por
adopción de nuevas tecnología) y en la dotación de un marco institucional adecuado.
En los últimos años se han puesto de moda las fusiones, las absorciones y los
procesos de consolidación de grandes empresas. No cabe duda que en muchos sectores el
tamaño es vital para afrontar determinados costes fijos y explotar economías de escala.
Pero también parece claro que gran parte del tejido productivo de nuestro país está
constituido por empresas de tamaño medio o pequeño, y que su buena marcha es decisiva
para el crecimiento de la renta y el empleo y para la supervivencia de muchas familias.
Por eso me parece un acierto de Mariano Rajoy que haya dedicado parte de su programa a
diseñar y explicar medidas concretas para apoyar a estas empresas. Esto no es sólo
política económica, es también política social.