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20 septiembre 2003

Las calabazas de Suecia

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

El pasado domingo los suecos dieron calabazas, mediante su voto negativo en un referéndum, a la entrada de su país en la Unión Económica y Monetaria (UME). Las reacciones no se han hecho esperar: varias empresas emblemáticas del país, como Ericsson, anuncian su intención de situarse en otros parajes más eurófilos, mientras algunos políticos – tanto suecos como del resto de la UE – se rasgan las vestiduras ante tamaño desprecio del país escandinavo hacia el europeísmo.

Pienso que la decisión de los suecos es perfectamente respetable, y en buena medida comprensible. En todo caso, el resultado de la consulta en Suecia debe llevar a la reflexión a todos aquellos que tienen algún tipo de responsabilidad en las instituciones comunitarias o en los gobiernos de los países de la zona euro. Y, en mi opinión, existe un mensaje subliminal en el voto de los suecos que no podemos desdeñar: la UME se empieza a parecer a una jaula de grillos, y la imagen que se proyecta al exterior está comenzando a ser tan penosa que desalienta a los potenciales candidatos.

Como ya se ha dicho repetidamente por multitud de expertos, la UE acumula todavía demasiadas incoherencias internas y excesivas disonancias, que a su vez perjudican el buen funcionamiento de la moneda única: la Política Agrícola Común; la reticencia de los países miembros a acometer reformas serias en los mercados de trabajos y servicios o en los sistemas de pensiones; la ingente y desmedida burocracia y, para colmo, la gota que colma el vaso: las discusiones que estamos presenciando desde hace unos meses sobre el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), en ocasiones lastradas por argumentos más propios de la demagogia electoral que de la lógica económica.

En particular, creo que los debates mencionados sobre el PEC no son probablemente ajenos al resultado del referéndum en Suecia. Aquellos ciudadanos suecos que tengan más conocimientos de economía estarán presenciando con preocupación los intentos de ciertos países de boicotear o descafeinar un acuerdo que pone en peligro la estabilidad del euro y la eficacia de la política monetaria que diseña el BCE. Y los que no posean tantas nociones sobre el funcionamiento de las uniones monetarias, verán que la entrada en el euro y el compromiso – al menos en teoría – de lograr la estabilidad presupuestaria, pone en peligro su querido Estado del Bienestar, que ha adquirido proporciones y competencias notables – excesivas, para mi gusto, pero allá cada cual con el modelo de estado que prefiera - en los países del Norte de Europa.

El PEC juega un papel crucial, a mi modo de ver, en este asunto: la falta de voluntad política de algunos países – tradicionalmente los más europeístas- para cumplir las reglas del juego pactadas entre todos no es precisamente un incentivo que anime a potenciales candidatos a formar parte de la UME. Si el prestigio y la credibilidad no se cultivan, se pierden.

Veámoslo con un ejemplo muy sencillo. Si los alumnos más brillantes de un programa MBA de Harvard comienzan a sustituir la asistencia a clase por las partidas de mus – o de póker, que es más americano – en el bar, no estudian, no participan en los seminarios, animan a sus compañeros a compartir sus juergas, todos sabemos lo que pasará: Harvard podrá vivir de rentas una temporada, pero a medio plazo dejará de ser la Escuela de Negocios Número Uno del Mundo, y la gente pedirá plaza en la Business School de Dakota del Norte o en la más exótica Singapur School of Management. Estudiar en Harvard se habrá convertido en el timo del siglo.

Con todas las limitaciones propias de un ejemplo, esto es lo que pasa en la zona euro. Los alumnos tradicionalmente brillantes – y con más peso específico en la economía de la zona – no atraviesan una buena racha en su comportamiento. Por mucho que otros – entre los que se cuenta España o Irlanda – hagan esfuerzos para portarse como es debido, el prestigio de la institución se empieza a descomponer.

Además, cada vez se aprecian con más claridad los costes derivados de la pérdida de la soberanía monetaria, que, pese a los esfuerzos del BCE por diseñar la mejor política económica de entre las posibles, no acaba de convencer a unos – que querrían tipos aún más bajos- ni a otros, que los preferirían más altos. Como ponía de manifiesto un editorial reciente de este periódico, da la impresión de que los ajustes en la zona euro se están realizando por la dolorosa vía de las cantidades, no tanto de los precios, lo cual propicia que en los momentos de desaceleración el efecto de contagio sea más acusado. Y por desgracia, todavía no disponemos de evidencia empírica suficiente que muestre que las ganancias derivadas del euro –vía reducciones de los costes de transacción o la incertidumbre cambiaria- son relevantes.

No es mi intención dibujar un panorama catastrofista, pero sí indicar que, o nos tomamos todos en serio – empezando por las autoridades competentes- la moneda única y hacemos los esfuerzos necesarios para que funcione, o bien el experimento fracasará, antes o después. Y eso es algo que todos queremos evitar.

 

 

 

 

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