Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Las subidas en el precio de la vivienda de los últimos años están concentrando la
atención de economistas y políticos. En la última campaña electoral, algunos partidos
han planteado entre sus prioridades favorecer el acceso a la vivienda a aquellos que lo
tienen más difícil, y los más prestigiosos servicios de estudios como el del
Banco de España están analizando el fenómeno.
En algunos puntos hay consenso y en otros discrepancia. Respecto a los primeros, parece
fuera de duda que el precio de la vivienda está creciendo a un ritmo excesivamente
rápido. En cuanto a los segundos, el más importante es si nos hallamos o no en presencia
de una burbuja, que podría pincharse en un futuro no muy lejano, como ocurrió en los 90s
tras la euforia desatada por las empresas vinculadas a la Nueva Economía (las denominadas
TICs)
Para proceder a un análisis de la cuestión parece ineludible preguntarnos por sus
causas. Detrás de las subidas del precio de la vivienda no es necesario buscar oscuras
tramas inmobiliarias, diputados tránsfugas o conspiraciones de malévolos especuladores.
Se trata, simplemente, de un problema de oferta y demanda, como decía sabiamente Vicente
Boceta el domingo pasado en La Vanguardia
La demanda de viviendas en España ha crecido notablemente en los últimos años por
razones de todos conocidas pero que vale la pena recordar: los bajos tipos de interés,
que incentivan la solicitud de créditos hipotecarios; la bajada de la Bolsa, que ha
desplazado el ahorro desde los valores mobiliarios hacia los aparentemente más
estables inmuebles; el aumento de la capacidad adquisitiva de las familias
favorecido por al crecimiento del empleo; la inexistencia de un mercado ágil de viviendas
en alquiler; la inmigración, y el deseo absolutamente legítimo, creo yo por
parte de cada vez más españoles de poseer una segunda vivienda donde pasar las
vacaciones.
Todos estos factores, y alguno más que se me puede escapar, han desplazado la curva de
demanda a la derecha. Como es bien sabido, a corto plazo la oferta de viviendas es
rígida. No se pueden producir 100.000 apartamentos de hoy para mañana. La conjunción de
una demanda dinámica y una oferta vertical tiene una consecuencia clara: el precio se
dispara.
Ahora bien, no debemos olvidar que la oferta es rígida debido a la propia naturaleza
del producto, pero también a las características de la economía española. En
particular, el suelo urbanizable es escaso, caro, y difícil de obtener debido a los
innumerables recovecos de nuestra burocracia. ¿Conspiración inmobiliaria? No creo que
haga falta invocar esta palabra cuando lo que existe, simple y llanamente, es un mercado
intervenido, regulado muchas veces por ayuntamientos con doble personalidad: son
juez y parte - y bastante ineficiente.
Si se aceptan estas ideas, entonces se concluye que las soluciones parecen estar
asociadas a la liberalización del mercado de la vivienda y en particular del suelo
y no tanto a la construcción de innumerables pisos o apartamentos de protección
oficial. Idea loable y bien intencionada, sin duda, pero que de inmediato plantea un
interrogante: ¿quién subvenciona esas viviendas? A estas alturas, casi todo el
mundo sabe que ese alguien somos todos (y todas): los contribuyentes. El Estado no
posee un artilugio mágico para construir pisos a coste cero.
Pasemos a la cuestión de la burbuja. Algunos temen que en algún momento la presunta
burbuja en los precios estalle (como ocurrió en el caso de las TICs en los 90),
provocando una rápida devaluación de los inmuebles y una crisis de insolvencia en
multitud de pequeños ahorradores y, por extensión, en los bancos. Esta visión un tanto
apocalíptica es cuestionable. En primer lugar, ignoramos hasta qué punto si es el
caso la vivienda está sobrevalorada, entre otras razones porque no conocemos cuál
es su precio de equilibrio. En el Reino Unido, por ejemplo, donde los precios del sector
inmobiliario han crecido considerablemente en los últimos años, se acepta que ese precio
de equilibrio es ahora más alto que hace décadas. Algo parecido puede suceder en
España.
De otra parte, pienso que la situación actual es diferente de la que conocimos en los
años 90. Entonces, el valor de las acciones de las TICs subió de un modo excesivo y un
tanto inconsciente porque, en muchos casos, detrás de algunas TICs no había nada más
que unas brillantes expectativas, no acompañadas de los correspondientes beneficios.
Cuando los inversores detectaron que aquellas promesas no iban a materializarse (al menos
de momento), comenzaron las ventas de acciones en cadena y la burbuja se pinchó.
En el caso actual no existe ese riesgo de espejismo (o, al menos, hasta ese punto). La
demanda de viviendas no es tan artificial o virtual- como en el caso de las TICs:
detrás hay algo más sólido que unas previsiones de beneficios astronómicas. Las casas
siempre poseerán valor real, al menos como bienes de uso. No descarto un ajuste a la baja
de los precios en unos años en Madrid algunos pisos grandes ya se ven en
dificultadas para encontrar comprador -, pero no creo que presenciemos una hecatombe en el
mercado inmobiliario.
En todo caso, no es preciso esperar con los brazos cruzados el desenlace de los
acontecimientos. Se pueden y se deben tomar medidas, como las exenciones fiscales que
incentiven los alquileres, o la liberalización del suelo. Como siempre, la mejor receta
consiste en suprimir las trabas al funcionamiento eficiente del mercado, y no en
reemplazar sus mecanismos mediante un intervencionismo bienintencionado pero anacrónico.