Blanca Sanchez-Robles
En los ministerios de economía y consejerías de todo el país se prepara el documento
que marcará la política económica de 2004: el presupuesto. Con independencia de colores
políticos, existe un objetivo compartido por casi todos los que trabajan en este ámbito
y que está presente a la hora de diseñar el presupuesto: estimular el crecimiento
económico.
Es buen momento para apuntar algunas ideas sobre esta cuestión. Son bien conocidas
pero parece conveniente rememorarlas y desempolvarlas antes del nuevo curso.
No es posible enumerar todas las variables de las que depende el crecimiento en el
espacio limitado de una columna. Sí me gustaría, no obstante, realizar una síntesis
por fuerza incompleta que proporcione algunas pistas y elementos de
reflexión.
Las razones que explican el crecimiento de los países y regiones podrían
clasificarse, de forma muy resumida, en tres categorías: tecnología, apertura al
exterior y estabilidad institucional.
Como ya intuyó Solow en 1956 y corroboró Romer en 1986 y 1990, la innovación
tecnológica es uno de los grandes motores del crecimiento. El empleo de métodos más
modernos y de máquinas más sofisticadas reducen el tiempo de producción de los
productos, abaratan los costes, mejoran la calidad del output y, en definitiva, conducen a
un mundo más eficiente.
Otro motor del desarrollo es la apertura al exterior. Países tan diversos como
Singapur, Corea o Irlanda nos han mostrado que los países y regiones más abiertos al
exterior son los que más crecen. Y esta apertura comporta facetas muy diversas: desde la
actitud favorable a la implantación de la Inversión Directa Extranjera hasta las
importaciones de productos de tecnología puntera, pasando por estrategias empresariales
que potencien la conquista de nuevos mercados.
El entorno institucional es, asimismo, de importancia crucial para generar crecimiento.
A tenor de la evidencia empírica documentada en muchos trabajos recientes, la definición
de los derechos de propiedad, la existencia de una Administración pública eficiente y de
dimensiones sensatas, la ausencia de corrupción, un sistema impositivo que incentive el
trabajo y el ahorro, la estabilidad económica y política, la disciplina fiscal, entre
otros, ayudan a los países y las regiones a ser más dinámicos y alcanzar cotas mayores
de bienestar.
La siguiente pregunta que surge es: a la vista de todo esto, ¿Qué puede hacer un
gobierno para promover el crecimiento? ¿Gastar más? ¿Construir más carreteras?¿Crear
la enésima agencia que evalúe y acredite la calidad de la investigación científica,
generando de paso más burocracia? El tema es susceptible de hondo debate, por su
proximidad a terrenos más pantanosos, en donde la línea bastante tenue que
delimita la economía pura de la política se difumina todavía más. Existen, no
obstante, abundantes trabajos y ejemplos históricos que respaldan la tesis siguiente: el
motor del proceso de creación de riqueza es la iniciativa privada, cuando el estado no
invade sus competencias. Este argumento no es nuevo: ya lo inventaron Adam Smith y David
Ricardo.
Como nos enseñaron estos economistas, cada cual debe especializarse en aquello para lo
que esté mejor dotado. Gracias a la división del trabajo y la especialización prospera
él y se beneficia el conjunto de la sociedad (es el conocido ejemplo de Smith de la
fábrica de alfileres). Algunos agentes se especializan en generar producción al mínimo
coste, y estos agentes se llaman empresas. Otros agentes deben proporcionar el marco
legal, garantizar el cumplimiento de los derechos de propiedad, y asegurar la existencia
de determinados servicios, como la administración de justicia. Componen la
administración del estado en sus múltiples niveles.
Y esta idea, que parece tan obvia, muchas veces se olvida o se oculta bajo el disfraz
de actuaciones de política económica muy bien intencionadas pero escasamente
productivas. La tarea del gobierno- en lo que respecta a la economía - es proporcionar el
marco político, legal y fiscal más adecuado. Más que hacer, el estado debe dejar que
otros hagan, lo cual suele dar mejor resultado en las economías modernas, aunque aporte
menos votos. Por esta razón son más rentables desde el punto de vista económico (aunque
quizá no desde el político) las deducciones fiscales que las subvenciones como
instrumento de política económica.
El buen gestor contribuye al progreso de la sociedad tomando decisiones políticas y
dejando a otros los empresarios que tomen buena parte de las decisiones
económicas, entre otras muchas razones porque el político busca votos (y no hay nada
malo en ello, es su papel) mientras que el empresario busca el beneficio. Tomar decisiones
económicas pensando en los votos no es adecuado, de la misma forma que tomar decisiones
políticas con criterios puramente empresariales tampoco es correcto.
Esta distribución de tareas entre administración y empresas, como decía, es una
consecuencia lógica de la división del trabajo en las sociedades modernas. Y si este
planteamiento se considera injusto o antisocial, habría que preguntarse si también es
antisocial que Raúl marquen los goles y Casillas defienda la portería del Madrid. A
nadie se le ocurre pensar que Casillas (o Helguera, Míchel...) son menos importantes en
el Madrid que Raúl o Ronaldo. Todos son necesarios para que el Madrid gane partidos y
campeonatos. La sociedad, en el fondo, es como un equipo de fútbol. Tiene que haber
delanteros y tiene que haber defensas; si el equipo funciona bien, unos y otros se
reparten el trabajo y no se estorban entre sí.
La demagogia y la invasión de las competencias ajenas son tentaciones omnipresentes,
pero no olvidemos que no hay nada más antisocial que poner trabas al trabajo de los
demás, particularmente a los empresarios, porque esta conducta genera recesiones, paro y
estancamientos. Y una administración pública estará siendo profundamente social (si se
puede hablar así) cuando promueva un entorno en el que las instituciones adecuadas
prosperen y generen crecimiento.