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2 abril   2004

Forever young

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

La recuperación en EEUU parece ser ya un hecho. El PIB americano creció un 4,1% en el último trimestre, ( lo que da una tasa de crecimiento algo superior al 3% para 2003), los índices de confianza mejoran y las perspectivas de los próximos meses son favorables. Asimismo, los beneficios empresariales aumentaron un 18,3% en 2003, un punto por encima de la cifra correspondiente a 2002.

Por desgracia, el asunto no está tan claro si dirigimos nuestra mirada a Europa. En 2003 la tasa media de crecimiento en los 15 países de la UE fue 0,7% y, en la eurozona sólo del 0,4%, la cifra más baja desde 1993. Francia y Alemania, aparentemente, siguen sin salir del agujero: Francia crece una décima y Alemania decrece una décima. Las perspectivas de crecimiento en la zona euro para 2004 continúan siendo lúgubres. Aunque los indicadores de confianza de empresas y consumidores de la UE mejoraron algo en marzo, no acaban de repuntar como sería deseable. Por eso algunos han insistido al BCE para que bajara el pasado jueves los tipos de interés, cosa que al final (y sabiamente) no hizo.

Una vez más, parece lógico preguntarse por qué Europa no arranca a pesar de que EEUU ya ha alcanzado una velocidad de crucero respetable. Como siempre, las respuestas son múltiples, complejas y variadas.

Algunas de estas respuestas pueden encontrarse en el último ejemplar del Libro Marrón del Círculo de Empresarios, que se presentó en Madrid hace unos días. La mayor parte de los autores coinciden en las recetas (por otra parte, algo que hemos escuchado en innumerables ocasiones): llámense reformas estructurales, políticas de oferta o esfuerzos por aumentar la competitividad.

Pero el sentimiento que, a mi juicio, está latente en los trabajos mencionados es que el problema de Europa no es tanto económico como de mentalidad. Por ejemplo, el tan manido indicador gasto en I+D /PIB es sólo un punto inferior en la UE si lo comparamos con el dato de EEUU. Sospecho que incrementar la ratio europea hasta los niveles americanos no va a relanzar el crecimiento a este lado del Atlántico. Pienso, más bien, que en el Viejo Continente falta cultura emprendedora y del esfuerzo y sobra cultura paternalista.

La apuesta decidida de EEUU por la libertad económica y la consiguiente responsabilidad individual ha creado, con el paso del tiempo, la conciencia en sus ciudadanos de que son ellos los que deben sacarse las castañas del fuego. Esto se materializa en multitud de ejemplos: desde los jóvenes que reparten periódicos a las 6 de la mañana para costearse los estudios – sin sentirse acomplejados por ello – a la existencia de un mercado de capital riesgo más desarrollado, pasando por el dato significativo del número de empresarios por cada 1000 habitantes que proporciona el Global Entrepreneurship Monitor y que muestra que la cifra en EEUU es el doble que en la UE. En Europa, en cambio, se cumple a la letra lo que decía Bastiat en el siglo XIX "Todo el mundo quiere vivir a expensas del Estado. Olvidan que el Estado vive a expensas de todos ellos". El sueño dorado de muchos europeos es alcanzar un puesto de por vida en la administración pública. Como consecuencia, sobran funcionarios y faltan emprendedores que arriesguen y se embarquen en nuevos proyectos, en parte porque el fracaso empresarial se percibe como una especie de estigma social. Es curioso. En Europa presumimos de progresistas y, en el fondo, somos unos snobs incurables.

El otro gran tema al que me gustaría referirme es la educación. Todos estamos de acuerdo en que para aumentar la productividad de los trabajadores europeos debemos elevar su nivel de capital humano. En estos momentos, Europa dedica cantidades ingentes de dinero al famoso proceso de tuning (sintonización)de las enseñanzas universitarias diseñado en Bolonia. Creo que la prioridad – al menos en España – no debería ser tanto sintonizarnos nuestros vecinos como recuperar la cultura del esfuerzo, lamentablemente olvidada en una sociedad donde estamos educando a los niños y jóvenes entre algodones. Los ejemplos, nuevamente, son abundantes. Los padres ayudan a sus retoños a hacer los deberes (o se sienten culpables si no lo hacen). Los llevan al colegio o instituto. Los recogen del colegio o instituto. Se quejan ante el consejo escolar por cualquier mínima reprimenda a sus hijos. Me gustaría saber cuánta gente de mi generación – y no han pasado tantos años – ha sido llevada y traída del colegio por papá o mamá, cuántos han recibido ayuda paterna o materna para hacer los deberes y cuántas veces los padres se han quejado a las autoridades del colegio si te castigaban. Sospecho que muy pocas, por no decir ninguna. Y el problema de la educación (repito, al menos en España) no es tanto de falta de medios como, de nuevo, de mentalidad y legislación. Citando a Jimeno en el libro al que aludía más arriba (p. 188) "el simple aumento de recusos (...) no es suficiente si dichos recursos no se administran con el objetivo primordial de favorecer la eficiencia económica. En la actualidad, muchos de los recursos públicos dedicados a la educación y a la investigación básica se distribuyen sin tener en cuenta los resultados de las instituciones encargadas de proporcionar dichos servicios". Creo que la cita lo dice todo. Sin embargo, lo primero que se les ocurre a algunos es empezar a dudar de la Ley de Calidad o, incluso, afirmar que van a incumplirla. Esta Ley que tendrá defectos, sin duda, pero al menos transmite al profano en educación secundaria (como yo) la idea de que se pretende a aumentar la exigencia en la educación secundaria.

¿Cambiará Europa algún día de mentalidad? Esperemos que sí. De lo contrario, seremos forever old y un poco decrépitos mientras que otros serán forever young, dinámicos y emprendedores. Y seguiremos, eso sí, hablando de la necesidad de reformas estructurales por los siglos de los siglos.

 

 

 

 

 

La Gaceta de los Negocios 2004
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