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11 enero   2003

Euromanias

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

Hace ya un año que doce países de la UE retiraron sus respectivas monedas de la circulación y las reemplazaron por el euro. La moneda única ha provocado reacciones casi viscerales de amor-odio entre los ciudadanos. Existen los euroescépticos, los euroentusiastas y los eurofóricos. Periódicamente los países miembros de la UEM se ven sacudidos por oleadas de euromanías, como la que soportamos en diciembre de 2001. Los medios de comunicación no cesaban de hablar del euro y sus maravillas, y la gente se apresuraba – aguantando a veces varias horas de cola – a cambiar las tradicionales pesetas por los más exóticos euros. Había desconcierto entre los ciudadanos pero, sobre todo, ilusión porque España compartía monedas con las grandes potencias europeas, como Alemania o Francia. Se miraba con cierto desprecio a países como Dinamarca o Reino Unido, que persistían en el uso de las obsoletas coronas o libras sin apuntarse al carro de la modernidad, de la mano de la nueva divisa.

Ahora, en cambio, la pasión inicial por el euro se ha atemperado y algunos, incluso, comienzan a expresar públicamente que quizá la entrada en la UEM no fue tan buena idea, o bien que en tiempos de la peseta vivíamos mejor. Una carta publicada en El País hace unos días contiene algunas reflexiones al respecto por un "ciudadano de a pie", y finaliza con la siguiente y conmovedora frase: "¡Querida peseta, cuánto te echo de menos!"(sic).

En el ABC del domingo pasado, en cambio, uno de mis autores favoritos desarrollaba la tesis contraria. Bajo el título "Reivindicación del euro", Fernando González Urbaneja salió al paso de los agoreros críticos del euro. En particular, se mostraba contrario a la tesis que postula que el euro ha sido inflacionario.

Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que escribe G. Urbaneja en su artículo; con otras, no tanto.

En el fondo, muchos expresan su desazón ante el euro porque no ven que haya aparejado ventajas notables a nuestra economía y sí, en cambio, un aumento de la inflación. Me centraré en este último punto.¿Ha introducido el euro más inflación? La pregunta es difícil de contestar y, como tantas otras, admite varias respuestas. En principio, parece un hecho aceptado que el redondeo, al menos en España, ha sido más perjudicial de lo que a priori se pensaba. No es descabellado afirmar, de modo tentativo, que el efecto redondeo ha contribuido a la subida los precios.

De otra parte, ciertos comerciantes y empresarios –desaprensivos o inocentes, no entro en ello – han aprovechado el cambio de moneda y la lógica torpeza inicial de los consumidores para elevar los precios aún más. Casi todos los europeos necesitamos todavía traducir el importe en euros a la moneda anterior (marcos, francos o pesetas) para saber con exactitud el precio de un producto. Y si por prisas u otras razones omitimos, en nuestro caso, la incómoda multiplicación por 166,386 y acudimos a otras reglas de conversión más sencillas y aproximadas, generalmente infraestimamos el precio en pesetas de lo que estamos comprando, con lo que algunos vendedores pueden sacar partido de estos errores.

De todas formas, el aumento de los precios debido al redondeo y el incremento del gasto inducido serán, probablemente, efectos transitorios que ejercerán su impacto una sola vez, y no tienen por qué afectar a la inflación de años futuros. Comparto así con G. Urbaneja la idea de que atribuir la inflación principalmente al redondeo es poco serio.

No estoy tan convencida, en cambio, de otra de las afirmaciones del artículo: "en realidad el euro no contribuye a la inflación. Por el contrario impone estabilidad e importa disciplina monetaria".

Es cierto que la inflación en España está relacionada con la escasa competencia en ciertos sectores o la obsoleta negociación colectiva que imperan aún en nuestro país. Ahora bien, pienso que la pertenencia a la UEM es responsable de una parte de la subida de precios en España, precisamente por la insuficiente disciplina monetaria que ha conllevado. La política monetaria expansiva llevada a cabo por el BCE en estos años - diseñada para países en dificultades, como Francia o Alemania - ha sido notablemente dañina para países que crecían más y necesitaban tipos más altos para contener su inflación, como Irlanda o España. Si en la actualidad los tipos de interés españoles se fijaran por el Banco de España y no por el BCE, pienso que serían varios puntos más altos que el 2,75% vigente. El euríbor a tres meses se sitúa en el 2,86%, cifra inferior a la inflación española en 2002. Por este camino, los tipos de interés reales serán negativos (como ocurre en países muy inestables) y los deudores ganarán dinero al pedir un préstamo. A la economía española le perjudican unos tipos que implican que los créditos prácticamente se regalan. Y probablemente exista ahora en España más disciplina monetaria que en 1930, pero no creo que el mandato de Luis A. Rojo, por poner un caso reciente, se caracterizara por falta de disciplina. Al contrario: si comparamos las políticas monetarias aplicadas en su día por Rojo y hoy por Duisenberg, pienso que el premio al rigor y buen hacer sería para el primero. Por supuesto que no es fácil la tarea del holandés. Resulta casi imposible diseñar una política monetaria que beneficie, o al menos no perjudique, a los 12 miembros de la UEM. Considero cuestionable, no obstante, que su política pueda calificarse de disciplinada.

Sintetizando, no está claro que el euro sea el único culpable del 4% de inflación de 2002. No obstante, pienso que la coincidencia de la subida de la inflación en España y la etapa de bajadas sucesivas en los tipos de interés en la eurozona no es casual. Parte de la explicación de nuestra subida de precios, a mi juicio, hay que buscarla en Francfort. No tanto quizá en el redondeo, pero sí en los bajos tipos de interés propiciados por el BCE.

 

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