Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Hace ya un año que doce países de la UE retiraron sus respectivas monedas de la
circulación y las reemplazaron por el euro. La moneda única ha provocado reacciones casi
viscerales de amor-odio entre los ciudadanos. Existen los euroescépticos, los
euroentusiastas y los eurofóricos. Periódicamente los países miembros de la UEM se ven
sacudidos por oleadas de euromanías, como la que soportamos en diciembre de 2001. Los
medios de comunicación no cesaban de hablar del euro y sus maravillas, y la gente se
apresuraba aguantando a veces varias horas de cola a cambiar las
tradicionales pesetas por los más exóticos euros. Había desconcierto entre los
ciudadanos pero, sobre todo, ilusión porque España compartía monedas con las grandes
potencias europeas, como Alemania o Francia. Se miraba con cierto desprecio a países como
Dinamarca o Reino Unido, que persistían en el uso de las obsoletas coronas o libras sin
apuntarse al carro de la modernidad, de la mano de la nueva divisa.
Ahora, en cambio, la pasión inicial por el euro se ha atemperado y algunos, incluso,
comienzan a expresar públicamente que quizá la entrada en la UEM no fue tan buena idea,
o bien que en tiempos de la peseta vivíamos mejor. Una carta publicada en El País hace
unos días contiene algunas reflexiones al respecto por un "ciudadano de a pie",
y finaliza con la siguiente y conmovedora frase: "¡Querida peseta, cuánto te echo
de menos!"(sic).
En el ABC del domingo pasado, en cambio, uno de mis autores favoritos desarrollaba la
tesis contraria. Bajo el título "Reivindicación del euro", Fernando González
Urbaneja salió al paso de los agoreros críticos del euro. En particular, se mostraba
contrario a la tesis que postula que el euro ha sido inflacionario.
Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que escribe G. Urbaneja en su artículo; con
otras, no tanto.
En el fondo, muchos expresan su desazón ante el euro porque no ven que haya aparejado
ventajas notables a nuestra economía y sí, en cambio, un aumento de la inflación. Me
centraré en este último punto.¿Ha introducido el euro más inflación? La pregunta es
difícil de contestar y, como tantas otras, admite varias respuestas. En principio, parece
un hecho aceptado que el redondeo, al menos en España, ha sido más perjudicial de lo que
a priori se pensaba. No es descabellado afirmar, de modo tentativo, que el efecto redondeo
ha contribuido a la subida los precios.
De otra parte, ciertos comerciantes y empresarios desaprensivos o inocentes, no
entro en ello han aprovechado el cambio de moneda y la lógica torpeza inicial de
los consumidores para elevar los precios aún más. Casi todos los europeos necesitamos
todavía traducir el importe en euros a la moneda anterior (marcos, francos o pesetas)
para saber con exactitud el precio de un producto. Y si por prisas u otras razones
omitimos, en nuestro caso, la incómoda multiplicación por 166,386 y acudimos a otras
reglas de conversión más sencillas y aproximadas, generalmente infraestimamos el precio
en pesetas de lo que estamos comprando, con lo que algunos vendedores pueden sacar partido
de estos errores.
De todas formas, el aumento de los precios debido al redondeo y el incremento del gasto
inducido serán, probablemente, efectos transitorios que ejercerán su impacto una sola
vez, y no tienen por qué afectar a la inflación de años futuros. Comparto así con G.
Urbaneja la idea de que atribuir la inflación principalmente al redondeo es poco serio.
No estoy tan convencida, en cambio, de otra de las afirmaciones del artículo: "en
realidad el euro no contribuye a la inflación. Por el contrario impone estabilidad e
importa disciplina monetaria".
Es cierto que la inflación en España está relacionada con la escasa competencia en
ciertos sectores o la obsoleta negociación colectiva que imperan aún en nuestro país.
Ahora bien, pienso que la pertenencia a la UEM es responsable de una parte de la subida de
precios en España, precisamente por la insuficiente disciplina monetaria que ha
conllevado. La política monetaria expansiva llevada a cabo por el BCE en estos años -
diseñada para países en dificultades, como Francia o Alemania - ha sido notablemente
dañina para países que crecían más y necesitaban tipos más altos para contener su
inflación, como Irlanda o España. Si en la actualidad los tipos de interés españoles
se fijaran por el Banco de España y no por el BCE, pienso que serían varios puntos más
altos que el 2,75% vigente. El euríbor a tres meses se sitúa en el 2,86%, cifra inferior
a la inflación española en 2002. Por este camino, los tipos de interés reales serán
negativos (como ocurre en países muy inestables) y los deudores ganarán dinero al pedir
un préstamo. A la economía española le perjudican unos tipos que implican que los
créditos prácticamente se regalan. Y probablemente exista ahora en España más
disciplina monetaria que en 1930, pero no creo que el mandato de Luis A. Rojo, por poner
un caso reciente, se caracterizara por falta de disciplina. Al contrario: si comparamos
las políticas monetarias aplicadas en su día por Rojo y hoy por Duisenberg, pienso que
el premio al rigor y buen hacer sería para el primero. Por supuesto que no es fácil la
tarea del holandés. Resulta casi imposible diseñar una política monetaria que
beneficie, o al menos no perjudique, a los 12 miembros de la UEM. Considero cuestionable,
no obstante, que su política pueda calificarse de disciplinada.
Sintetizando, no está claro que el euro sea el único culpable del 4% de inflación de
2002. No obstante, pienso que la coincidencia de la subida de la inflación en España y
la etapa de bajadas sucesivas en los tipos de interés en la eurozona no es casual. Parte
de la explicación de nuestra subida de precios, a mi juicio, hay que buscarla en
Francfort. No tanto quizá en el redondeo, pero sí en los bajos tipos de interés
propiciados por el BCE.
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