Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
No voy a referirme en esta columna a los proyectos del presidente norteamericano para
Irak, aunque el título pueda sugerirlo así. Trataré, en cambio, de un asunto que ha
recibido menos eco en los medios de comunicación pero que tiene gran relevancia
económica: la propuesta de Bush de rebajar los impuestos para reanimar la economía
norteamericana.
El sábado pasado, el profesor Argandoña formuló una serie de preguntas sobre la
economía estadounidense en uno de sus instructivos y lúcidos artículos, publicado en
estas mismas páginas. Explicó que el abultado déficit por cuenta corriente de EEUU debe
ser cubierto por unas exportaciones que nadie parece muy dispuesto a comprar. Ante la
dificultad que entraña, en la actual coyuntura, vender productos en los mercados
internacionales, es posible que, a medio plazo veamos un dólar depreciado (de hecho, su
precio ya está descendiendo) y una subida de tipos. El encarecimiento del precio del
dinero, a su vez, puede dar lugar a una reducción del consumo de las familias, a una
demanda agregada más débil y, en último término, a una crisis financiera. Argandoña
terminaba su artículo con la pregunta del millón: ¿puede ocurrir esto en 2003?
Es posible plantear la cuestión a la inversa: ¿Puede no ocurrir esto en 2003? Si es
así, ¿cómo?
El 7 de enero el presidente Bush propuso una reducción de impuestos por importe de 674
miles de millones de dólares en 10 años. Los analistas esperaban, es cierto, un anuncio
de este tipo, pero el plan ha resultado más ambicioso de lo que se preveía. Uno de los
objetivos fundamentales consiste en la reducción del impuesto sobre la renta: en la
propuesta de Bush el tipo marginal más alto baja del 38,6 al 35%, se amplía el tramo de
renta que cotiza al tipo mínimo (10%) de 12000 a 14000 dólares y se elevan los
descuentos por hijos de 600 a 1000 dólares. Se incrementan, asimismo, las deducciones
fiscales a la inversión y se diseñan medidas destinadas a suprimir la desafortunada
práctica de la doble tributación de los dividendos.
Como ocurre con frecuencia, los economistas están divididos sobre el efecto de estas
medidas. Con todas las cautelas y advertencias necesarias, la Tax Foundation estima
provisionalmente que la familia norteamericana media ahorrará más de 1000 dólares en su
declaración de renta de 2003.
En general, no obstante, parece que la propuesta ha sido bien acogida. Algunos aducen
que la reforma es positiva ya que estimula la confianza de empresas y consumidores. No
cabe duda de que los ciudadanos han recibido y reciben abundante información sobre la
reforma fiscal, de modo que previsiblemente muchos de ellos están modificando ya al alza
sus expectativas de renta disponible y por tanto de capacidad de gasto. El contribuyente
americano tiene en estos momentos infinidad de páginas web a su disposición en las que
puede calcular cuánto le afectará la bajada de impuestos, considerando el estado donde
reside, si está casado o no y el número de sus hijos.
Además, los expertos vaticinan que la reducción de la fiscalidad sobre los beneficios
empresariales animará la inversión en bolsa y elevará las cotizaciones bursátiles, lo
que a su vez puede generar un aumento de confianza en empresas y familias. Los analistas
ven con especial agrado esta última medida puesto que, para muchos, uno de los mayores
problemas que ha lastrado la economía norteamericana en los últimos años ha sido la
caída de las cotizaciones en Bolsa, que a su vez ha mermado considerablemente el valor de
los planes de pensiones de familias y empresas.
Es interesante, sin duda, conocer la opinión del principal partido de la oposición.
Pues bien, los demócratas se anticiparon a Bush presentando el día anterior un programa
alternativo. El objetivo del plan demócrata es también reducir los impuestos, si bien su
proyecto se centra, sobre todo, en las deducciones para pequeñas empresas y en la
ampliación de los subsidios de paro. No es irrelevante que los principales partidos
propongan medidas similares para estimular la economía.
En cualquier caso, la reforma que, según los augures capitolinos, saldrá del
Congreso, probablemente combinará aspectos de ambas propuestas, por lo que es muy
probable que en el futuro presenciemos una bajada de impuestos y un aumento del consumo en
EEUU.
Existen pegas e incertidumbres, por supuesto. Se desconoce la reacción de los
gobernadores de los 50 estados de la Unión, que están obligados a mantener equilibrio
presupuestario. Podría ocurrir que subieran los impuestos en el ámbito de su
competencia, contrarrestando los efectos del plan Bush. También suscita alarma la
posibilidad de que la bajada de impuestos genere un déficit público elevado. Así
ocurrió, desde luego, en la era Reagan, y no puede descartarse un desenlace de este
estilo. En cualquier caso, y en mi opinión, EEUU (al contrario que Europa) se puede
permitir el lujo de incurrir en déficit públicos de vez en cuando sin que esto suponga
un drama. Los fundamentos de la economía norteamericana son sólidos, el mercado de
trabajo funciona razonablemente y las ganancias de productividad de la última década son
incuestionables. La economía ha crecido en 2002 a una tasa que ronda el 2,3%, y se espera
un 2,7% para 2003 (también, por cierto, más que en Europa).
En todo caso, la cuestión sigue abierta y nos encontramos ante otra pregunta del
millón: ¿es acertado el proyecto de reforma fiscal? La respuesta, hoy por hoy, no está
absolutamente clara. Sí me atrevería a decir, no obstante, que existe ya algo positivo
en la ambiciosa reforma fiscal americana: quizá anime a la esclerótica Europa a hacer
algo similar en un futuro no muy lejano.