Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
También en economía hay modas, y una de las más pertinaces de los últimos años es
hablar de los denominados modelos de crecimiento. No está muy claro, al menos para
mí, el significado de esta expresión, pero puede deducirse del contexto en que se
utiliza. Así, algunos dicen que el modelo de crecimiento español en el pasado se ha
basado en la construcción (o, en frase más populista, en el ladrillo), o que el modelo
del futuro se deberá asentar en el capital humano. Por modelo de crecimiento, entonces,
entendemos algo así como la variable o variables que sustentan el desarrollo de un país.
Cuando se comparan estas ideas con las que se deducen del estudio de la reciente - y
compleja - teoría del crecimiento se comprueba que hablar de modelos de crecimiento se
presta a bastantes patinazos. Por ejemplo, no hay ningún modelo de crecimiento en
economía asentado en la construcción de viviendas: este tipo de actividad da lugar a
fluctuaciones a corto plazo del PIB, pero no es capaz de generar crecimiento a tasas
sostenidas durante periodos largos de tiempo. Tampoco hay modelos serios que relacionen
turismo y crecimiento. No se trata de una mera cuestión retórica o académica, ya que el
tema se emplea con frecuencia en el debate político, y de rebote cala en la opinión
pública.
La teoría del crecimiento argumenta, en síntesis, que el incremento del PIB sólo es
factible si aumenta la productividad y/o la dotación de inputs. Y la elevación de la
productividad está estrechamente vinculada a varias cuestiones que pueden resumirse en
tres: la tecnología, el buen funcionamiento de los mercados y la existencia de
instituciones que promuevan los incentivos.
Sobre cada uno de estos aspectos se podría escribir, no ya un artículo, sino una
enciclopedia. De momento sólo deseo expresar unas ideas sobre el primero de ellos.
Se ha dicho hasta la saciedad que la innovación tecnológica es básica para el
progreso. Y es cierto. A su vez, y si atendemos a la clasificación tradicional de la
actividad productiva en sectores, la evidencia muestra que el sector que más tecnología
produce y emplea es el industrial. El corolario es claro: un gobierno nacional o local que
quiera estimular el crecimiento de su país o comunidad autónoma debe, no ya evitar poner
trabas a la industria, sino mimar la industria, especialmente en momentos de
peligro como los que entraña la amenaza de la deslocalización.
Y como destaca un informe reciente del CES, la apuesta por la industria implica, a su
vez, facilitar suelo industrial , asegurar el suministro de energía eléctrica, o mejorar
la dotación de infraestructuras, entre otros factores (cabría añadir adecuar la
fiscalidad).
Es evidente que el impulso a la industria no depende sólo, o fundamentalmente, de las
autoridades. Los empresarios tienen un papel protagonista. Ahora bien, para que los
empresarios arriesguen hace falta unas mínimas expectativas de que su inversión
conllevará beneficios. Y en la generación de esas expectativas sí desempeña un papel
estrella el gobierno de turno.
Está claro que la apuesta por la industria puede no ser muy rentable en términos de
votos. La sociedad se ha sensibilizado notablemente en los últimos años por las
cuestiones medioambientales manejadas con habilidad por grupos ecologistas - . Por
desgracia, la creencia falaz de que la industria más limpia es el turismo está más
extendida de lo que parece. El problema, a mi juicio, es que también los gobernantes
opinen así. Por eso causan cierto miedo ciertas declaraciones que asocian el despegue de
una comunidad a la creación de más campos de golf o puertos deportivos. Sin poner en
duda que ambas cuestiones sean interesantes, no podemos perder la perspectiva. El golf es
más limpio que la industria, qué duda cabe, y quizá menos peligroso políticamente. No
obstante, un gobierno no puede hipotecar el bienestar de las generaciones futuras por
miedo a determinados ecologistas o por el temor a perder un puñado de votos. Denotaría
una visión escasamente estratégica y bastante pueblerina del ejercicio responsable de la
toma de decisiones.
Hay que prestar atención al cuidado del medio ambiente, está claro, y es preciso
vigilar cuestiones tales como la eliminación de residuos o la emisión de gases tóxicos.
Pero poner trabas a la apertura de nuevas industrias, o al funcionamiento de las ya
existentes so capa de argumentos medioambientales imprecisos, es muy peligroso. Nadie vive
sólo de la belleza ( quizá las top models, aunque su hermosura es efímera). Y pretender
basar el desarrollo en el turismo puede ser factible en Benidorm, pero no en muchos otros
puntos de la geografía española. España (me refiero a toda España, desde Finisterre a
La Junquera o a Tarifa, pasando por la Cornisa Cantábrica o La Mancha) no es Florida: no
pretendamos convertirla en el refugio de los millonarios jubilados del Norte de Europa.
Se puede hablar hasta el infinito de modelos de crecimiento. Seamos serios, no
obstante, y al menos debatamos sobre modelos que funcionan. Los que no funcionan son una
pérdida de esfuerzo y de energías.