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3 julio   2004

El modelo de crecimiento

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 

También en economía hay modas, y una de las más pertinaces de los últimos años es hablar de los denominados modelos de crecimiento. No está muy claro, al menos para mí, el significado de esta expresión, pero puede deducirse del contexto en que se utiliza. Así, algunos dicen que el modelo de crecimiento español en el pasado se ha basado en la construcción (o, en frase más populista, en el ladrillo), o que el modelo del futuro se deberá asentar en el capital humano. Por modelo de crecimiento, entonces, entendemos algo así como la variable o variables que sustentan el desarrollo de un país.

Cuando se comparan estas ideas con las que se deducen del estudio de la reciente - y compleja - teoría del crecimiento se comprueba que hablar de modelos de crecimiento se presta a bastantes patinazos. Por ejemplo, no hay ningún modelo de crecimiento en economía asentado en la construcción de viviendas: este tipo de actividad da lugar a fluctuaciones a corto plazo del PIB, pero no es capaz de generar crecimiento a tasas sostenidas durante periodos largos de tiempo. Tampoco hay modelos serios que relacionen turismo y crecimiento. No se trata de una mera cuestión retórica o académica, ya que el tema se emplea con frecuencia en el debate político, y de rebote cala en la opinión pública.

La teoría del crecimiento argumenta, en síntesis, que el incremento del PIB sólo es factible si aumenta la productividad y/o la dotación de inputs. Y la elevación de la productividad está estrechamente vinculada a varias cuestiones que pueden resumirse en tres: la tecnología, el buen funcionamiento de los mercados y la existencia de instituciones que promuevan los incentivos.

Sobre cada uno de estos aspectos se podría escribir, no ya un artículo, sino una enciclopedia. De momento sólo deseo expresar unas ideas sobre el primero de ellos.

Se ha dicho hasta la saciedad que la innovación tecnológica es básica para el progreso. Y es cierto. A su vez, y si atendemos a la clasificación tradicional de la actividad productiva en sectores, la evidencia muestra que el sector que más tecnología produce y emplea es el industrial. El corolario es claro: un gobierno nacional o local que quiera estimular el crecimiento de su país o comunidad autónoma debe, no ya evitar poner trabas a la industria, sino mimar la industria, especialmente en momentos de peligro como los que entraña la amenaza de la deslocalización.

Y como destaca un informe reciente del CES, la apuesta por la industria implica, a su vez, facilitar suelo industrial , asegurar el suministro de energía eléctrica, o mejorar la dotación de infraestructuras, entre otros factores (cabría añadir adecuar la fiscalidad).

Es evidente que el impulso a la industria no depende sólo, o fundamentalmente, de las autoridades. Los empresarios tienen un papel protagonista. Ahora bien, para que los empresarios arriesguen hace falta unas mínimas expectativas de que su inversión conllevará beneficios. Y en la generación de esas expectativas sí desempeña un papel estrella el gobierno de turno.

Está claro que la apuesta por la industria puede no ser muy rentable en términos de votos. La sociedad se ha sensibilizado notablemente en los últimos años por las cuestiones medioambientales – manejadas con habilidad por grupos ecologistas - . Por desgracia, la creencia falaz de que la industria más limpia es el turismo está más extendida de lo que parece. El problema, a mi juicio, es que también los gobernantes opinen así. Por eso causan cierto miedo ciertas declaraciones que asocian el despegue de una comunidad a la creación de más campos de golf o puertos deportivos. Sin poner en duda que ambas cuestiones sean interesantes, no podemos perder la perspectiva. El golf es más limpio que la industria, qué duda cabe, y quizá menos peligroso políticamente. No obstante, un gobierno no puede hipotecar el bienestar de las generaciones futuras por miedo a determinados ecologistas o por el temor a perder un puñado de votos. Denotaría una visión escasamente estratégica y bastante pueblerina del ejercicio responsable de la toma de decisiones.

Hay que prestar atención al cuidado del medio ambiente, está claro, y es preciso vigilar cuestiones tales como la eliminación de residuos o la emisión de gases tóxicos. Pero poner trabas a la apertura de nuevas industrias, o al funcionamiento de las ya existentes so capa de argumentos medioambientales imprecisos, es muy peligroso. Nadie vive sólo de la belleza ( quizá las top models, aunque su hermosura es efímera). Y pretender basar el desarrollo en el turismo puede ser factible en Benidorm, pero no en muchos otros puntos de la geografía española. España (me refiero a toda España, desde Finisterre a La Junquera o a Tarifa, pasando por la Cornisa Cantábrica o La Mancha) no es Florida: no pretendamos convertirla en el refugio de los millonarios jubilados del Norte de Europa.

Se puede hablar hasta el infinito de modelos de crecimiento. Seamos serios, no obstante, y al menos debatamos sobre modelos que funcionan. Los que no funcionan son una pérdida de esfuerzo y de energías.

 

 

 

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