Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
En economía existen pocas verdades absolutas y muchas cuestiones sobre las que es
difícil emitir una valoración. Un asunto de este estilo es la cotización de una moneda
con respecto a otra. Dicho de otro modo, ¿es mejor un euro fuerte o un euro débil?. Como
diría un gallego, depende. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Una moneda depreciada favorece (al menos eso se creía antes, ahora cierta evidencia
empírica lo ha puesto en duda) las exportaciones y hace más atractivo el turismo Por
otro lado, encarece las importaciones, lo que a su vez puede incidir negativamente en la
inflación. Una moneda sobrevaluada produce el efecto contrario: aminora los efectos de
las subidas de precios denominadas en otras divisas por ejemplo el petróleo
pero resta competitividad a nuestras exportaciones. De otra parte, abarata la importación
de bienes intermedios de tecnología más avanzada, cuestión nada desdeñable para
países como España, que viven todavía en buena parte de la tecnología que se genera
más allá de nuestras fronteras. Y pone al alcance de muchos bolsillos algunos destinos
estrella de las agencias de viajes, que antes resultaban prohibitivos. ¿Se llenarán
Miami o Manhattan de españoles este verano? No me extrañaría nada. Probablemente
resulte más barato alquilar un apartamento en el Upper East Side neoyorkino que en
algunas zonas de la Costa del Sol, Mallorca o Sotogrande. Y quizá, haciendo cuentas,
algunas familias decidan llevar a los niños a Disneylandia en lugar de sacar entradas
para Terra Mítica.
Quedaron atrás los días en que una divisa fuerte se consideraba un reflejo del buen
estado de salud de una determinada economía. Es obvio que el hecho de que el euro haya
seguido una trayectoria imparable frente al dólar en las últimas semanas no indica,
necesariamente, que EEUU se encamine al abismo, o que Europa está comenzando a salir del
agujero. Al fin y al cabo, en un sistema de tipos de cambio flexibles, como el que regula
la relación euro-dólar, son la oferta y la demanda quienes determinan el precio de cada
moneda, y esa oferta y esa demanda pueden estar a su vez influidas por una plétora de
factores. Como afirma Steve Hanke, profesor de la John Hopkins y colaborador de
instituciones tan variadas y señeras como Forbes o el Cato Institute, los conceptos moneda
fuerte, moneda débil, no tienen en sí mismo mucho sentido. Lo que es relevante, en
su opinión, es que el valor de la moneda sea relativamente estable en el tiempo.
Es complejo, por tanto, emitir un juicio sobre si nos favorece o no el cambio actual
del euro con respecto al dólar.
A primera vista, no obstante, se pueden realizar dos comentarios. En primer lugar, la
fortaleza relativa del euro llega en un momento muy oportuno para ayudar en su propósito
a algunos países que desde hace meses luchan denodadamente contra la inflación. En este
sentido podríamos decir que el tiempo ha hecho justicia. Las naciones que se han visto
más perjudicadas por la política de tipos bajos del BCE ya sé que este punto es
también discutible, y que muchos no calificarán así a las actuaciones seguidas desde
Francfort se ven a su vez más beneficiadas por la fortaleza del euro. Según datos
de Eurostat correspondientes a enero 2003, estos países son los siguientes: España
(3,8%), Holanda (2,9%), Irlanda, (4,7%), Portugal (4%), Italia (2,9%) y Grecia (3,3%).
Todos ellos superan la media de la UE, que se sitúa para ese periodo en torno al 2%. A
ninguno de ellos les viene mal un factor exógeno que colabore con la estabilidad de los
precios, cooperación que no pueden esperar del BCE, acuciada por las peticiones de
bajadas de tipos para salvar o al menos intentarlo - la maltrecha economía
alemana.
La otra cara de la moneda es, lógicamente, menos agradable. El euro fuerte complica en
alguna medida la posición exportadora de todos los miembros de la eurozona. Digo en
alguna medida porque, como es bien sabido, la mayor parte del comercio exterior de los
miembros de la zona euro se realiza entre los 12. No obstante, las exportaciones a EEUU,
América Latina, Asia o los antiguos países del Este pueden verse perjudicadas. ¿Hasta
dónde? Esa es la gran incógnita. Si la elasticidad de las exportaciones alemanas al tipo
de cambio del euro fuera muy elevada, entonces no sólo el país germano, sino todos,
tendríamos un problema, ya que la buena salud de nuestro colega teutón es importante
para la recuperación de toda la zona euro. Algo similar puede decirse de Francia. Pero el
valor de esa elasticidad es una incógnita.
En todo caso, volvemos a la conclusión de siempre. La actual cotización del euro
plantea ventajas e inconvenientes. Aprovechemos las primeras y veamos los segundos como
retos. Sectores como el turismo deberá continuar haciendo un esfuerzo para ofrecer una
relación adecuada calidad-precio. Nuestros exportadores deberán, quizá, centrarse ahora
en los mercados de la zona euro, donde no afecta la fortaleza de nuestra divisa. Y ha
llegado el momento de realizar ese viaje a San Petersburgo, Australia o la Patagonia,
tantas veces soñado pero hasta ahora inasequible. En economía no todo tiene que ser
siempre malas noticias. O, al menos, es útil sacar las consecuencias positivas que se
presenta en todo cambio de escenario.