manchetag.gif (4883 bytes)opiniong.gif (1058 bytes)
31 mayo 2003

El euro y sus avatares

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 

En economía existen pocas verdades absolutas y muchas cuestiones sobre las que es difícil emitir una valoración. Un asunto de este estilo es la cotización de una moneda con respecto a otra. Dicho de otro modo, ¿es mejor un euro fuerte o un euro débil?. Como diría un gallego, depende. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Una moneda depreciada favorece (al menos eso se creía antes, ahora cierta evidencia empírica lo ha puesto en duda) las exportaciones y hace más atractivo el turismo Por otro lado, encarece las importaciones, lo que a su vez puede incidir negativamente en la inflación. Una moneda sobrevaluada produce el efecto contrario: aminora los efectos de las subidas de precios denominadas en otras divisas – por ejemplo el petróleo – pero resta competitividad a nuestras exportaciones. De otra parte, abarata la importación de bienes intermedios de tecnología más avanzada, cuestión nada desdeñable para países como España, que viven todavía en buena parte de la tecnología que se genera más allá de nuestras fronteras. Y pone al alcance de muchos bolsillos algunos destinos estrella de las agencias de viajes, que antes resultaban prohibitivos. ¿Se llenarán Miami o Manhattan de españoles este verano? No me extrañaría nada. Probablemente resulte más barato alquilar un apartamento en el Upper East Side neoyorkino que en algunas zonas de la Costa del Sol, Mallorca o Sotogrande. Y quizá, haciendo cuentas, algunas familias decidan llevar a los niños a Disneylandia en lugar de sacar entradas para Terra Mítica.

Quedaron atrás los días en que una divisa fuerte se consideraba un reflejo del buen estado de salud de una determinada economía. Es obvio que el hecho de que el euro haya seguido una trayectoria imparable frente al dólar en las últimas semanas no indica, necesariamente, que EEUU se encamine al abismo, o que Europa está comenzando a salir del agujero. Al fin y al cabo, en un sistema de tipos de cambio flexibles, como el que regula la relación euro-dólar, son la oferta y la demanda quienes determinan el precio de cada moneda, y esa oferta y esa demanda pueden estar a su vez influidas por una plétora de factores. Como afirma Steve Hanke, profesor de la John Hopkins y colaborador de instituciones tan variadas y señeras como Forbes o el Cato Institute, los conceptos moneda fuerte, moneda débil, no tienen en sí mismo mucho sentido. Lo que es relevante, en su opinión, es que el valor de la moneda sea relativamente estable en el tiempo.

Es complejo, por tanto, emitir un juicio sobre si nos favorece o no el cambio actual del euro con respecto al dólar.

A primera vista, no obstante, se pueden realizar dos comentarios. En primer lugar, la fortaleza relativa del euro llega en un momento muy oportuno para ayudar en su propósito a algunos países que desde hace meses luchan denodadamente contra la inflación. En este sentido podríamos decir que el tiempo ha hecho justicia. Las naciones que se han visto más perjudicadas por la política de tipos bajos del BCE – ya sé que este punto es también discutible, y que muchos no calificarán así a las actuaciones seguidas desde Francfort – se ven a su vez más beneficiadas por la fortaleza del euro. Según datos de Eurostat correspondientes a enero 2003, estos países son los siguientes: España (3,8%), Holanda (2,9%), Irlanda, (4,7%), Portugal (4%), Italia (2,9%) y Grecia (3,3%). Todos ellos superan la media de la UE, que se sitúa para ese periodo en torno al 2%. A ninguno de ellos les viene mal un factor exógeno que colabore con la estabilidad de los precios, cooperación que no pueden esperar del BCE, acuciada por las peticiones de bajadas de tipos para salvar – o al menos intentarlo - la maltrecha economía alemana.

La otra cara de la moneda es, lógicamente, menos agradable. El euro fuerte complica en alguna medida la posición exportadora de todos los miembros de la eurozona. Digo en alguna medida porque, como es bien sabido, la mayor parte del comercio exterior de los miembros de la zona euro se realiza entre los 12. No obstante, las exportaciones a EEUU, América Latina, Asia o los antiguos países del Este pueden verse perjudicadas. ¿Hasta dónde? Esa es la gran incógnita. Si la elasticidad de las exportaciones alemanas al tipo de cambio del euro fuera muy elevada, entonces no sólo el país germano, sino todos, tendríamos un problema, ya que la buena salud de nuestro colega teutón es importante para la recuperación de toda la zona euro. Algo similar puede decirse de Francia. Pero el valor de esa elasticidad es una incógnita.

En todo caso, volvemos a la conclusión de siempre. La actual cotización del euro plantea ventajas e inconvenientes. Aprovechemos las primeras y veamos los segundos como retos. Sectores como el turismo deberá continuar haciendo un esfuerzo para ofrecer una relación adecuada calidad-precio. Nuestros exportadores deberán, quizá, centrarse ahora en los mercados de la zona euro, donde no afecta la fortaleza de nuestra divisa. Y ha llegado el momento de realizar ese viaje a San Petersburgo, Australia o la Patagonia, tantas veces soñado pero hasta ahora inasequible. En economía no todo tiene que ser siempre malas noticias. O, al menos, es útil sacar las consecuencias positivas que se presenta en todo cambio de escenario.

 

 

 

La Gaceta de los Negocios 2003
Todos los derechos Reservados