Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Un editorial de La Gaceta del pasado martes afirmaba que el
déficit público está perdiendo adeptos: cada vez son menos los partidarios de cuadrar
las cuentas públicas con números rojos.
En la economía ocurre como en tantas otros campos: ciertas ideas se
llevan y otras se pasan de moda. Y existe incluso algunas que, como se dice ahora en el
argot de las pasarelas, son "tendencia".
En esta última categoría podemos encuadrar el principio del
equilibrio presupuestario.
No me atrevo a calificarlo de moda a ultranza, ya que algunos usuarios
o países prefieren vestir ropajes más propios de otras épocas, como los
déficit públicos. Pero sí puede apreciarse una corriente de pensamiento que alaba las
bondades de la estabilidad en las finanzas públicas y critica los desequilibrios
abultados.
De una parte, la política fiscal como arma contracíclica no acaba de
convencer. También este instrumento ha atravesado, sucesivamente, fases de esplendor y
periodos de olvido. En los últimos meses el debate sobre la conveniencia o no de
flexibilizar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento ha generado numerosas aportaciones que
se preguntan por las virtualidades de la política fiscal. De hecho, una de las críticas
más feroces que se realizan al Pacto es que priva a los gobiernos de un arma
presuntamente poderosa de estabilización de la economía, el juego de las modificaciones
en el gasto público y en los impuestos. Aunque quizá sea prematuro afirmar que el debate
está concluido, sí puede anticiparse que, a priori, el argumento de que la política
fiscal es una herramienta indispensable para los gobiernos es cada vez menos convincente.
En general muchos expertos están de acuerdo en que la política fiscal
como instrumento contracíclico adolece de muchas limitaciones. De una parte, los plazos
necesarios para ejecutar las medidas (elaborar los presupuestos, modificar las normativas
fiscales) pueden dar lugar a la paradoja de que la política llegue tarde y resulte
contraproducente. Una política fiscal expansiva puede empezar a surtir efecto cuando la
economía ya repunta, y viceversa, es posible que una contracción fiscal destinada a
moderar un periodo de euforia se deje sentir cuando la economía ya ha comenzado a
enfriarse por sí sola. Por otra parte, entre las muchas cosas que ignoramos los
economistas destaca la duración y magnitud de los ciclos. En esta cuestión estamos como
hace cien años. Quizá mejor, porque ya muchos expertos se han dado cuenta de que cada
ciclo es distinto del anterior tanto en lo que respecta al tiempo que transcurre entre las
etapas expansivas y recesivas como en lo referente a las variaciones que experimenta el
PIB. Por eso quizá se ha abandonado en muchas esferas el nombre de ciclo, que sugiere un
fenómeno de ocurrencia y duración predecible, y se prefiere el más ambiguo de
fluctuación para referirse a los periodos de bonanza y decaimiento que atraviesa la
economía.
Si no se sabe cuándo empieza un ciclo, cuándo termina y cuánto dura,
entonces la probabilidad de que una determinada política fiscal tenga impacto en la
economía en el momento adecuado y con el signo conveniente es muy escasa.
Por otro lado, y como se ha señalado en los últimos años por
numerosos economistas de muy distintas afiliaciones ideológicas, por cierto - lo
que sí parece claro es que las políticas fiscales expansivas acaban pasando facturas
dolorosas que menoscaban el crecimiento a largo plazo. En primer lugar porque hay que
financiarlas, y a día de hoy no se ha encontrado la piedra filosofal que permita a los
gobiernos gastar más hoy sin necesidad de generar deuda pública o aumentar los impuestos
mañana. En segundo lugar, porque existe ya bastante evidencia que sugiere que la receta
para hacer más competitiva a una economía no pasa como creen algunos
porque el estado gaste más y proporcione un número mayor de prestaciones públicas a los
ciudadanos, sino por reducir el tamaño del sector público. En general y en la práctica,
más estado, más regulación y menos competencia son términos equivalentes. A esta
conclusión llegan Nicoletti y Scarpetta, en un estudio reciente para países de la OCDE
(2003). Estos autores han examinado una extensa base de datos que comprende distintas
medidas del grado de regulación de los mercados. Sus resultados más interesantes pueden
resumirse en dos: en primer lugar, existe una correlación positiva entre liberalización
en los mercados de productos y crecimiento. En segundo lugar, las diferencias en las
políticas de regulación en los distintos países de la OCDE explican una parte relevante
de sus divergencias en cuanto a tasa de crecimiento.
En la Cumbre de Lisboa de hace unos años los líderes europeos
consensuaron una hermosa declaración de principios: el deseo de hacer de Europa la
región más competitiva en 2010. El camino para llegar a este laudable objetivo,
entonces, quizá no pase por seguir discutiendo sobre la forma de flexibilizar el Pacto de
Estabilidad y Crecimiento, continuar argumentando sobre las bondades de la política
fiscal o, incluso, insistir en las súplicas al BCE para que baje de nuevo los tipos.
Exploremos una vía alternativa, tradicionalmente olvidada en la vieja Europa: la
reducción del peso del sector público y la liberalización de los mercados. Estoy
bastante segura de que los resultados no nos defraudarán en absoluto.