Parece ser que sí. Al menos, esto es lo que ha afirmado recientemente el Ministro de
Economía Rodrigo Rato. Es también lo que se intuye si se echa un vistazo a los gráficos
que describen la evolución previsible de los tipos a largo plazo, y lo que se vaticina
cuando se recuerda lo que ocurrió recientemente en el Reino Unido. Finalmente, los
atisbos de recuperación que tímidamente se insinúan en la economía de la UE confirman
esta hipótesis. Lo que no está claro es en qué momento el BCE elevará el tipo de
interés de referencia, pero es muy probable que sea en el año que comenzamos.
Al llegar a este punto pueden plantearse dos cuestiones. En primer lugar, ¿es
necesaria una subida de tipos en la zona euro? Necesaria, necesaria, quizá no, pero
conveniente quizá sí. Recordemos que el objetivo fundamental de la política del BCE es
controlar la inflación en la eurozona y en particular, procurar que no pase del
umbral del 2% - y no, como creen algunos erróneamente, potenciar el crecimiento. Como se
ha dicho hasta la saciedad, el secreto para el crecimiento europeo no radica en tipos de
interés más bajos sino en reformas de los mercados más audaces.
En segundo lugar, ¿por qué esa obsesión del BCE en la lucha contra la inflación,
que ni siquiera EEUU comparte? Recordemos que el tipo de referencia de la Reserva Federal
continúa en el 1%, un punto por debajo del tipo de referencia del BCE. Si nos comparamos
con EEUU, da la sensación de que los tipos no sólo no tendrían que subir, sino que
incluso podrían bajar más. ¿Por qué no quedarnos en la UE como estamos? ¿Es que la
inflación es más dañina a este lado del Atlántico? Cuestiones peliagudas que podrían
ser objeto de un largo debate, y para las que no tengo respuestas definitivas, pero sí
algunas intuiciones.
A mi modo de ver, la inflación sí es más dañina a este lado del Atlántico, lo que
justifica que el BCE extreme sus cautelas en la lucha contra esta patología, con unas
precauciones que la Fed no necesita.
Y la razón, en el fondo, es la de siempre: la distinta configuración de las
instituciones económicas en EEUU y en Europa y, muy en particular, el funcionamiento de
la negociación salarial y de los mercados de trabajo. Una inflación del 3% es mucho más
grave en Europa que en EEUU porque Europa padece una gran dosis de inflación inercial. La
fuerte centralización de la negociación colectiva, el poder de los sindicatos, las
rigideces en los mercados de trabajo y, en definitiva, la escasa flexibilidad en la
formación de los salarios que se detectan en Europa conllevan que se cumpla a la letra la
célebre frase de Friedman: "tenemos inflación porque la esperamos, y la esperamos
porque la hemos tenido". Dicho en otros términos, si en 2003 la inflación en un
país determinado de la UE sobre todo aquellos donde los mercados laborales son
más rígidos es del 2,8%, los incrementos salariales pactados en los contratos
para 2004 serán como mínimo del 2,8%, por lo que la inflación acabará por lo menos en
el 2,8%. De poco sirven las previsiones del gobierno o las promesas de los ministros de
economía. En último término el dato clave en la negociación, como bien saben los
empresarios, no es la inflación esperada sino la inflación del año que termina. El
corolario de esta idea es la aparición del círculo vicioso subidas de salarios
subida de precios, que es tan difícil de romper porque los representantes de los
trabajadores con cierta razón no están dispuestos a soportar pérdidas de
poder adquisitivo. Sólo un acontecimiento realmente fuera de lo habitual, como fue la
necesidad de aprobar el examen de los criterios de convergencia en Mayo de 1998, puede
ocasionalmente romper esta dinámica y conseguir que la inflación no se acelere en el
tiempo.
En EEUU, sin embargo, las cosas son distintas. El poder de negociación de los
sindicatos es mucho menor, y gran parte de las subidas de sueldos se realizan tomando como
referencia las ganancias de productividad y no la inflación del año anterior. Por eso un
dato de inflación del 2,8% en 2003 en EEUU no implica necesariamente una subida salarial
generalizada y por tanto un incremento de precios del 2,8% en 2004. La
inercia no es tan fuerte y reducir la inflación no es tan difícil como en Europa, de
ahí que la Fed pueda tolerar de cuando en cuando tasas de crecimiento del índice de
precios que en Europa serían preocupantes.
Resumiendo: hasta que Europa no tenga unos mercados más libres y eficientes, la
inflación seguirá siendo un problema latente que habrá que vigilar. Y el mejor remedio
contra la inflación, además de las tan manidas reformas estructurales, es una política
monetaria menos complaciente y más restrictiva.
Por este motivo los rumores de subidas de tipos me parecen una buena noticia para la
economía europea.
Cuando se produzcan, además, transmitirán dos mensajes. Uno, que el Banco Central
hace su trabajo con independencia y responsabilidad, como todos deseamos. Y dos, que el
fantasma de la desaceleración se aleja por fin de los países de la UE. Dos noticias
relevantes para acometer los próximos retos a que nos enfrentamos en Europa.