22 febrero
2003¿Demasiado debate sobre
política fiscal?
Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
La entrada en vigor de la moneda única en 1999 y la consolidación del BCE como gestor
de la política monetaria en la eurozona han centrado la atención de buena parte de los
académicos y expertos europeos en los últimos años. Se ha debatido con ardor sobre si
el BCE es realmente independiente, si sus medidas son igualmente beneficiosas para los 12
miembros de la zona euro o si los mensajes que lanza a los mercados son suficientemente
claros y coherentes. Poco a poco el BCE ha ido aprendiendo en su difícil tarea de
diseñar la política monetaria única, y el número de actuaciones polémicas por parte
de la autoridad monetaria ha descendido. La largamente deseada y por fin conseguida
paridad euro- dólar ha restado, asimismo, interés informativo al tema. Lo que
ocurre en Francfort ya no desata las pasiones que encendía hace dos o tres años.
Ahora la atención se ha desviado hacia la política fiscal, en parte por los avatares
asociados a la puesta en marcha del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), y una de sus
consecuencias más controvertidas, el déficit cero. Las noticias relativas a los
incumplimientos, presentes o futuros, reales o previstos, de países como Francia, Italia
o Alemania, o los adjetivos con que algunos mandatarios de la UE califican al PEC, han
proporcionado abundante material informativo a los medios y tema de conversación a los
tertulianos. EL PEC tiene, además, atractivo político, ya que afecta muy de cerca al
bolsillo de los ciudadanos, por lo que sus implicaciones bajadas de impuestos,
subidas de pensiones, mejoras de la sanidad - pueden ser esgrimidas como tema estrella en
los mítines y campañas. Es fácil y rentable elaborar un discurso que acuse al déficit
cero de ser la causa de todos nuestros problemas, y es igualmente sencillo ensalzar la
estabilidad presupuestaria como la fuente de la mejora del nivel de vida de los españoles
en los últimos años.
Las apariencias engañan, no obstante. Algunas de las mentes más preclaras del
panorama económico nos advierten que quizá el tema no posea tanto atractivo como
creemos. El discurso que pronunció Robert Lucas en uno de los foros más importantes de
economistas, la última reunión anual de la American Economic Association (AEA) ha
contribuido a desmitificar el potencial estabilizador de la política fiscal. Lucas,
actual presidente de la AEA, argumenta que el papel anticíclico que puede jugar la
política económica es muy escaso. Lucas admite que el bienestar de los ciudadanos puede
mejorarse por variaciones en los ingresos o gastos públicos. Para el presidente de la
AEA, sin embargo, estas ganancias de bienestar proceden no tanto del ajuste fino de
las políticas fiscales y monetarias como del diseño de los incentivos adecuados que
orienten a los agentes en sus decisiones sobre trabajo y ahorro.
Lucas apoya su tesis en un experimento numérico que consiste en comparar los efectos
de dos políticas fiscales alternativas sobre un consumidor. Sus estimaciones sugieren que
unas políticas estabilizadoras óptimas entendiendo por óptimas aquellas que
suavizan el ciclo y proporcionan a los agentes unas pautas de consumo uniformes y exentas
de riesgo elevarían el bienestar de la sociedad en 0.0005 o, lo que es lo mismo, en
la vigésima parte de un punto porcentual de consumo. Esta cifra es casi insignificante,
muy inferior a la que se registra si se reduce a cero una inflación del 10% anual y es,
desde luego, más pequeña que la que se obtiene de la puesta en práctica de políticas
de oferta.
Es evidente que estos resultados deben tomarse con las cautelas asociadas a cualquier
ejercicio empírico en economía y, además, dependen del grado de aversión al riesgo de
los consumidores ( los resultados son robustos, en cambio, a distintas consideraciones
sobre la distribución de la renta). Es posible que la aplicación del experimento a otros
países proporcione resultados distintos. En todo caso, no parece que las cifras, y por
tanto los mensajes centrales del discurso, vayan a variar demasiado de país a país, por
lo menos en el mundo occidental.
La aportación de Lucas plantea preguntas sugerentes y abre caminos de investigación
prometedores para los europeos. Será sin duda interesante el futuro lo dirá -
conocer si los resultados se mantienen con los datos disponibles a este lado del
Atlántico. En todo caso, podemos apuntar ya una primera enseñanza. ¿Merece la pena
dedicar tanto esfuerzo a discutir la conveniencia de modificar el PEC y permitir un punto
adicional de déficit? ¿Es razonable presentar el incremento de gasto público como la
vía más idónea para combatir las desaceleraciones de la actividad económica? Quizá
resulte más rentable para las naciones europeas centrar el análisis y diseño de la
política económica en otras cuestiones, como pueden ser la reforma en profundidad del
sistema de pensiones o del mercado de trabajo. Posiblemente sea más esclarecedor
cuestionar si en la práctica las subvenciones son el remedio mágico para todo tipo de
actividades, desde la investigación al cine pasando por la moda. El discurso de Lucas
suscita, en fin, un sano escepticismo que pone en duda si estamos planteando las preguntas
más relevantes para dinamizar la economía europea. ¿No estaremos, como en el chiste del
borracho, buscando la llave debajo de la farola porque es ahí donde se ve? ¿No será
mejor buscar la llave donde se ha caído?