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8 febrero 2003

Cuidado con las burbujas

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 

Cualquier estudiante de primero de economía sabe que la política monetaria es uno de los instrumentos más utilizados hoy en día para impulsar o frenar la actividad económica. En pocas palabras, y simplificando mucho, cuando se detecta atonía o desánimo, los bancos centrales bajan los tipos de interés. Cuando la euforia amenaza con disparar los precios, los bancos centrales suben los tipos. En definitiva, los bancos centrales deben tener un ojo en el crecimiento del producto y otro en la inflación, mientras buscan el difícil equilibrio de un precio del dinero que no asfixie a los inversores ni genere un aumento del consumo excesivamente alegre. Obviamente también deben prestarse atención a otras variables, como el precio del petróleo o el tipo de cambio de la moneda pero, en la práctica, los bancos centrales practican una política monetaria contractiva (e impopular) sólo cuando perciben que la inflación se eleva por encima de lo deseado. ¿Deberían existir excepciones a esta regla? En las últimas semanas se escuchan afirmaciones que invitan a pensar que sí.

Las reuniones de trabajo de la FED gozan de un halo de misterio y secreto. Son escasas o inexistentes las filtraciones que dan a conocer los contenidos de los debates de Greenspan y su equipo. Esas conversaciones, que resultarían muy interesantes, se ven condenadas a pertenecer a la categoría de los grandes enigmas de la historia. De vez en cuando, no obstante, la FED distribuye unas cintas muy curiosas que recogen algunas de esas deliberaciones. Y, también de vez en cuando, alguna de esas cintas resulta ser un auténtico bombazo. Así ocurrió hace menos de quince días: según la grabación, la burbuja bursátil de los 90, de cuya existencia nadie sospechó hasta que fue demasiado tarde, (Greenspan dixit) fue avistada en 1997 por un oscuro economista llamado Jordan. Jerry Jordan, presidente de la Reserva Federal de Cleveland, participaba en las reuniones del máximo organismo de regulación monetaria en los años 90, pero con derecho a voto solamente desde 1998. Antes de esta fecha asistía a las sesiones sólo con voz, aunque según parece esa voz no debía ser muy potente ya que nadie (excepto la grabadora) reparó en ella. Jordan, por cierto, había escrito en 1968 un artículo científico donde proponía un método para estimar la relación entre renta y oferta de dinero. El artículo fue bastante comentado y criticado, y el método de estimación se estudia aún en cursos avanzados de macroeconomía aunque, paradojas de la vida, nadie parece acordarse del nombre del autor del trabajo. Está visto que el tal Jordan debe ser un sujeto extremadamente discreto.

Jordan anticipó la burbuja bursátil en una época tan temprana como 1997 - en plena euforia de las empresas puntocom, cuando el Dow Jones alcanzaba el record de los 8000 puntos y el gasto de los consumidores se disparaba – no sólo por su sagacidad (aunque también) sino por sus conocimientos de historia económica, que le llevaron a recordar la historia reciente de su país y en concreto los avatares de los años 20, que acabaron en el crack de 1929.

El comportamiento de la economía americana en la segunda mitad del siglo XX había mal acostumbrado a los expertos. Durante las etapas de expansión, centraban su interés en la evolución del índice de precios al consumo. Sólo cuando este se disparaba se comenzaban a escuchar voces en petición de aumentos de tipos, a las que la FED reaccionaba encareciendo los préstamos.

En los años 90 EEUU vivió una época gloriosa de rápido crecimiento e inflación contenida. No existían motivos aparentes para endurecer la política monetaria. Por otra parte, existieron algunos episodios- como la crisis asiática o el colapso en Rusia - que propiciaron una política monetaria laxa. Ahora bien, según Jordan la inflación no es el único síntoma de que las cosas pueden ir mal. Existe otro más sibilino, y quizá por ello más peligroso: las subidas alocadas en las cotizaciones bursátiles. Jordan argumentó- en buena parte recordando lo sucedido en 1929- que el exceso de oferta monetaria no se estaba trasladando al mercado de bienes sino a Wall Street. A partir de 1998 (fecha en la que comenzó a tener voto en las reuniones de la FED) comenzó a ejercitar el derecho pidiendo en cinco ocasiones – a veces en solitario – subidas de tipos para contener la avalancha de dinero hacia la Bolsa y evitar que la burbuja siguiera en su precipitada subida. No se le hizo caso, y la FED continuó inyectando dinero y bajando los tipos. Todos conocemos el final de la historia.

Recientemente en Davos otros expertos como Krugman, Frenkel o Sala i Martin alertaban del peligro del estallido de la burbuja inmobiliaria, que puede provocar un efecto pobreza notable y una reducción del consumo. Nadie quiere una recesión, ni tampoco asumir la responsabilidad de pinchar la burbuja con afirmaciones catastrofistas. Por eso vale la pena que entre todos consideremos el asunto y aconsejemos medidas que atenúen o eviten este efecto: liberalización del suelo, eliminación de trabas burocráticas, incentivo al mercado de alquiler...Y no olvidemos un factor importante: los tipos de interés. Quizá nos convenga aprender de Jordan y abogar por subidas de tipos, al menos en Europa. Para muchos los tipos en Europa están demasiado bajos. La posibilidad del estallido de la burbuja ¿no es un buen argumento para comenzar a subirlos?

 

 

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