Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Se está produciendo un intenso debate sobre el espacio europeo de educación
superior. El citado espacio concretado en la Declaración de Bolonia (1999)
busca no sólo elevar los niveles de educación en la UE sino, también,
homogeneizar las enseñanzas en los distintos países con el fin de potenciar la movilidad
laboral. A primera vista los principios que inspiran la reforma son incuestionables. Lo
que resulta más dudoso es que la homogeneización de las enseñanzas y su consecuencia,
la mayor comparabilidad de los títulos, incremente la movilidad laboral. A mi entender,
habrá profesiones y lugares en las que la movilidad sea elevada sin necesidad de que
intervenga la mano visible y con frecuencia torpe - de la Comisión. Los
economistas continuarán soñando con trabajar en un banco de inversión en la City
londinense. El Instituto Pasteur de París atraerá a los mejores especialistas en
enfermedades infecciosas. Me cuesta imaginar, en cambio, que un ingeniero andaluz decida
trabajar en la remota región sueca de Escania (a no ser que su decisión se base en una
remuneración muy elevada) o que un médico danés monte una consulta en Badajoz. Europa
es demasiado amplia y diversa en cuanto a lengua, cultura, clima y forma de vida. En otras
palabras, la movilidad laboral seguirá siendo función del prestigio o de los incentivos,
pero no tanto del hecho de que las enseñanzas universitarias se asemejen más o menos.
Dicho esto, es preciso tocar tierra y aceptar la realidad: los procesos europeos de
convergencia son imparables (véase el euro) y llegados a un punto es inútil especular
sobre su conveniencia. La solución más práctica es aceptarlos y capear el temporal lo
mejor posible.
Una premisa que considero fundamental es que converger no significa necesariamente
adquirir mayor calidad. Si se converge con alguien mejor que uno mismo, entonces
convergencia y progreso son equivalentes. En caso contrario, no está tan claro que la
convergencia lleve aparejada la excelencia.
A mi modo de ver, la universidad española tiene grandes virtudes y grandes defectos.
Entre estos últimos podría mencionarse un cierto autismo con respecto al mundo laboral,
como pone de manifiesto el elevado número de titulados superiores en paro. El mismatch
o desajuste en el mercado de trabajo es superior en España que en otros países de la UE.
Es verdad que el porcentaje de españoles que va a la universidad es muy superior al de
ingleses u holandeses, pero podemos aceptar que existe esta limitación en nuestro sistema
universitario. En otros aspectos, en cambio, el nivel de preparación en determinadas
titulaciones y universidades es superior al que se alcanza en instituciones europeas. Una
licenciatura española, en general, es más exigente que un Bachelor. Y buena parte de
nuestras universidades presentan un nivel más elevado al de muchos Polytechnics
británicos o Fachhochschulen alemanas.
Podemos extraer ya algunas conclusiones. Nuestras carreras no son tan flojas como
algunos piensan. Hay países europeos donde el nivel es menor. Converger en enseñanza
superior con Europa, entonces, no significa necesariamente ganar en calidad.
Es cierto que existen numerosos aspectos en los que un estudiante medio europeo puede
poseer una formación más completa que la del español. Si converger en enseñanza con
Europa implica que el estudiante español medio adquiera la capacidad de análisis del
inglés, el dominio de idiomas del holandés, las habilidades matemáticas del alemán, y
la sensibilidad musical del austríaco, bienvenida sea la convergencia. Pero si el
desenlace va a ser importar los defectos extranjeros a nuestro sistema educativo sin
incluir las ventajas (tentación sibilina que nos acecha) entonces no creo que nos
interese la convergencia.
En segundo lugar, una universidad no debe confundirse con una academia distinguida.
No tengo nada contra las academias, pero confundirlas con las universidades es muy nocivo.
Y con frecuencia la búsqueda de la inserción laboral rápida de los titulados contribuye
a borrar las diferencias entre una y otra, en detrimentos de las universidades. La
academia busca que el alumno domine unas técnicas con vistas a aprobar unos exámenes
concretos (ya sea el MIR o la econometría), para lo cual se hacen multitud de ejercicios.
Una universidad debe cultivar y transmitir el saber, lo cual es mucho más que resolver
cien sistemas de ecuaciones diferenciales con condiciones de contorno. El buen profesor
universitario mostrará como se resuelve el sistema, pero también cómo se piensa sobre
él, cómo se interpreta, cómo se analiza la sensibilidad a los supuestos de partida,
cómo se establecen sus implicaciones. El buen profesor universitario, en suma, enseñará
a pensar, a plantearse preguntas, a no buscar una utilidad inmediata de los conocimientos,
a desarrollar la capacidad crítica, a analizar y sintetizar. Y a su vez, parte de ese
saber que transmite proviene de las fronteras del saber: el profesor que no investiga no
es un docente acabado porque sus conocimientos de la materia se estancaron lejos de las
fronteras. Y la investigación se desarrolla en las universidades, no en las academias.
Cabe encontrar un equilibrio, es evidente, que mejore la inserción laboral de los
estudiantes, pero las universidades no deben sucumbir al pernicioso síndrome de la
academia.
La duración de las carreras es un punto clave del debate. Los profesores de secundaria
afirman que la disminución de horas de clase se ha manifestado en una reducción de los
conocimientos que obtienen sus alumnos. Esta idea me sugiere que un año adicional en la
universidad, en general, aportará madurez, cultura y conocimientos a los alumnos. Por eso
considero preferible mantener licenciaturas (o títulos de grado) de cuatro años como
mínimo.
Algunos apoyan la conveniencia de establecer carreras de tres años en la idea de que
los buenos alumnos quieren un título en tres años. Este argumento no resulta muy
persuasivo. Los mejores estudiantes, en general, poseerán la visión de futuro suficiente
que les anime a invertir un año más de vida en un curso adicional, puesto que de esta
forma, más adelante, les será más fácil acceder a un puesto de trabajo de mayor
cualificación.
El espacio europeo de enseñanza superior puede llevarnos a mejorar nuestra enseñanza
o a pactar con la medianía. Esperemos que el debate conduzca a la fórmula más adecuada:
aquella, insisto, que nos lleve a adoptar las virtudes de otros sistemas europeos sin
incurrir en sus vicios. El reto está en converger en calidad, no en mediocridad. No nos
equivoquemos.