| 16 de
noviembre 2002 Coherencia
Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Una de las noticias económicas más destacadas de la semana ha sido la apertura de
expediente por parte de la Comisión a Alemania, debido a su incumplimiento del Pacto de
Estabilidad y Crecimiento (PEC).La previsión de la ratio déficit/PIB para 2002 en este
país es de 3,8%. También Francia ha recibido una alerta preventiva de Bruselas: en su
caso, la cifra prevista de este indicador para 2002 es 2,7%, y en 2003 alcanzará un 2,9%,
peligrosamente cerca del 3%., Aunque las cifras de Alemania son más alarmantes, a primera
vista, da la impresión de que el país que va a dar más quebraderos de cabeza a la
Comisión no será este sino Francia. El gobierno alemán afirma comprender las razones
que llevan a Bruselas a emitir esta reconvención, y manifiesta que está dispuesto a
corregir su desequilibrio. Francia, sin embargo, se muestra más reticente a adoptar la
disciplina fiscal, y ni siquiera se compromete a llegar al presupuesto equilibrado en
2006.
No son estos los únicos países con problemas en el ámbito de las finanzas públicas.
A Portugal se le abrió ya expediente en julio por el nivel excesivo de su déficit. El
caso de Italia es más sibilino. Su relación deuda/PIB alcanza la cifra escandalosa del
110% para 2002. Teóricamente no puede reprochársele un incumplimiento del pacto, ya que
su ratio déficit/PIB rondará el 2,4% en 2002 y el 2,2% en 2003. De todos modos, ha
recibido una advertencia desde Bruselas.
Dos aspectos me parecen destacables en esta situación. De una parte, cuatro de los
doce países que se comprometieron a cumplir el PEC lo han infringido ya o están
próximos a hacerlo en un plazo cercano. Son países de tamaño considerable, y dos de
ellos (Alemania y Francia) han sido, tradicionalmente, las economías más potentes de la
eurozona. Quizá la inobservancia del Pacto de estabilidad por países de menor peso
político en el seno de la Unión, como Finlandia, o de tamaño más reducido, como
Irlanda, resultaría menos preocupante. Sorprendentemente para algunos, sin embargo, estos
países han saneado sus cuentas públicas y presentan holgados superávit, mientras que
las naciones más fuertes sufren por cuadrar sus cuentas. Este hecho admite, como es
lógico, varias lecturas. Me quedaré con una. A mi juicio el episodio muestra que el
Pacto de Estabilidad y Crecimiento, tan denostado por algunos, es no sólo conveniente
sino necesario. Hemos comprobado que algunos de los socios del club de la moneda única se
muestran reacios a mantener la estabilidad presupuestaria, quizá porque no creen en ella,
quizá porque les es poco rentable en términos políticos, quizá porque no se les
ocurren las medidas adecuadas, o tal vez porque fijaron un margen de seguridad muy exiguo
cuando diseñaron sus presupuestos. Pero estos motivos no justifican la infracción.
El cumplimiento de los criterios de convergencia especificados en
Maastricht fue una condición necesaria, pero no suficiente, para dotar al conjunto de los
miembros de la UME del grado de similitud mínimo que asegurara la buena marcha de la
economía de la eurozona ante una misma política monetaria. Las autoridades de la UE
pronto se dieron cuenta de que era preciso, además, fijar las reglas del juego en el
terreno fiscal y para el medio plazo. La política monetaria, como es bien sabido, se
diseña y ejecuta para toda la eurozona por el BCE, con un primer objetivo de mantener la
estabilidad de precios. La confección del presupuesto, sin embargo, cae dentro de las
competencias de cada gobierno. Si no existe un cierto grado de acuerdo sobre el saldo que
deba tener este, la política monetaria puesta en práctica por el BCE podría ser
ineficaz ante, por ejemplo, políticas fiscales muy expansivas por parte de algún o
algunos países, que presionarían al alza los precios. La filosofía que subyace al pacto
es clara: si se quiere que una unión monetaria compuesta de países diversos y con
previsibles nuevas incorporaciones - funcione, deben existir mecanismos que aseguren la
convergencia fiscal en el tiempo. Esto es lo que busca con menor o mayor grado de
acierto- el PEC. A mi juicio sería profundamente contradictorio - y en último término
inútil compartir la moneda y la política monetaria si existen discrepancias
serias sobre cuál es el papel que corresponde a la política fiscal.
En segundo lugar, debe alabarse la postura firme de Bruselas. Si en el mes de febrero
defraudó a muchos por su tibieza a la hora de reprender a Alemania, se agradece ahora que
no le haya temblado la mano a la hora de abrirle expediente a este país o emitir una
alerta preventiva para Francia. Precisamente porque se trata de países clave dentro de la
eurozona, y porque el PEC está dando sus primeros pasos, es fundamental que las
autoridades competentes sean rigurosas a la hora de exigir su observancia. Lo contrario
sentaría un precedente muy desafortunado, que quizá induciría a desobediencias en
cadena por parte de los demás miembros de la zona euro y a niveles agregados de
déficit/PIB superiores al 3%. El resultado sería, en último término, desconsolador:
más inflación, menos empleo y menos crecimiento en la Europa de los Doce. La moneda
única acusaría la falta de credibilidad de los países en los que circula y su
existencia correría un peligro serio.
Por eso pienso que la Comisión, en este caso, ha actuado de forma correcta. Esperemos
que sus advertencias surtan efecto y que los países afectados corrijan sus
desequilibrios. Ya no está sólo en juego su propia salud económica, sino la del resto
de los miembros de la eurozona. Es necesaria la coherencia por parte de todos, naciones y
autoridades.
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