Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
El aniversario del 11-S ha reavivado el debate sobre la evolución de la economía
mundial durante el último año. En un sentido puede calificarse de annus horribilis:
además de los espantosos atentados contra las torres gemelas hemos presenciado la debacle
argentina, una sucesión de escándalos financieros empresariales, una crisis del sector
turístico y una bajada generalizada de las Bolsas.
El año se ha caracterizado por la incertidumbre, los mensajes contradictorios y los
altibajos de la confianza: se derrumbó a raíz del 11-S y la guerra de Afganistán, se
reanimó más tarde ante algunos signos de recuperación y volvió a languidecer cuando
algunos datos indicaban que se habían lanzado las campanas al vuelo demasiado pronto. Los
pronósticos realizados durante el año han resultado, en muchos casos, equivocados. Los
indicadores agregados tampoco han aclarado las dudas, porque con frecuencia han resultado
contradictorios. A día de hoy tampoco existe unanimidad sobre si ha empezado o no la
recuperación. Algún alto financiero ha afirmado, en un tono apocalíptico, que nos
encontramos en una situación semejante a la que atravesaba Occidente en 1914, y que es
preciso frenar el ritmo de la globalización. Otros vaticinan el final de la economía de
mercado y piden reformas radicales en el modelo. En definitiva, reina el desconcierto.
Algunos no comparten esta visión pesimista y ven salir ya el sol entre las nubes.
Según el FMI, EEUU ha logrado eludir la recesión. La sangre no ha llegado al río. Y,
sobre todo, la economía americana ha dado muestra de una gran capacidad de resistencia
ante acontecimientos fatídicos. El crecimiento del PIB estadounidense en el primer
semestre de 2002 ha sido de un 3%. El capitalismo no ha colapsado y no parece que lo vaya
a hacer en un futuro inmediato.
Esta interpretación alternativa de lo sucedido en el último año descansa en dos
pilares. De una parte, en la creencia de que lo más importante en una economía son sus
fundamentos. Si los mercados funcionan y las instituciones están desarrolladas, un brutal
atentado terrorista, el pinchazo de una burbuja financiera triste, sí, para muchos
ahorradores o la cadena de irregularidades contables no hace tambalearse la
economía de un país. En segundo lugar, las empresas, los agentes, los gobiernos, las
naciones (e incluso los economistas) pueden aprender de errores pasados. Es cierto que
algunas compañías se quedan en el camino, pero así es el juego de la economía de
mercado. El resto procurará no incurrir en los errores de las otras, como las malas
prácticas empresariales o la sobrevaloración artificial de las acciones. Los ahorradores
tratarán de no dejarse engañar por las promesas vacías de ingentes beneficios a la hora
de elegir la composición de sus carteras. Los emprendedores abandonarán actividades que
parecían rentables pero que en la práctica sólo han proporcionado quebraderos de
cabeza.
Es posible que las lecciones aprendidas se olviden dentro de no muchos años. No es
aventurado pensar que habrá, en el futuro, nuevas burbujas financieras, nuevas etapas en
que las empresas desarrollen contabilidad creativa, nuevos espejismos en determinados
sectores. Pero el mecanismo corrector del mercado, a mi juicio, impondrá su lógica y la
economía después de una fase de saneamiento volverá a recuperarse.
Tampoco hace falta creer que todos los errores del pasado deban repetirse
miméticamente. Sería difícil que se produjera una crisis de insolvencia como la
protagonizada por varios países iberoamericanos en 1982, entre otras cosas porque los
bancos ya han rectificado sus equivocaciones en la concesión de préstamos en los años
70. Y como este, otros ejemplos. Es improbable que una serie de países se imponga unas
reglas del juego que han dado tan pésimo resultado como la PAC; cuesta imaginar que una
mayoría de naciones adopte una actitud de hostilidad hacia la inversión directa
extranjera, cuando la evidencia que argumenta que esta variable ejerce un efecto benéfico
en el crecimiento del país receptor es bastante convincente.
No creo, entonces, que necesitemos un cambio drástico de modelo económico o una
reforma total de las legislaciones. Tampoco pienso que el capitalismo esté dando sus
últimos estertores. Y no opino, ni mucho menos, que nos hallemos en el momento más
crítico de la historia económica contemporánea. Lo que sí está claro es que la
economía de mercado necesita unas determinadas premisas para funcionar con eficiencia.
Una de estas premisas es la desregulación y la ausencia de distorsiones. Por eso el FMI
no se cansa de insistir - y hace bien - en que las reformas estructurales son prioritarias
para Europa. Son necesarios algunos cambios y ajustes, no cabe duda. No es preciso, sin
embargo, buscar un nuevo modelo económico (sobre todo porque no lo hay) para evitar la
hecatombe. Pensar así, en conclusión, puede calificarse de catastrofismo de alta
intensidad.