Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Al igual que ocurre en la mayor parte del resto del mundo, da la impresión de que la
economía argentina empieza a despertar. Las previsiones hablan de una tasa de crecimiento
del PIB para 2003 del 7%, y se baraja una cifra similar para el próximo año. La
inflación está contenida, en el entorno del 3%, y el paro ha caído en casi 6 puntos
porcentuales desde el año pasado, del 21,5% al 15,6%. La recuperación se percibe no
sólo al mirar las grandes cifras macroeconómicas sino también por el ciudadano de a
pie: algunos comercios de las grandes ciudades están reabriendo sus puertas al público.
Es obvio que queda mucho por hacer: la mitad de la población argentina vive todavía
en la pobreza, y continúan las protestas callejeras y los piquetes de los parados. No
obstante, la sensación general es que la situación ha mejorado considerablemente en los
últimos 18 meses.
¿Cuáles son las razones que explican la reactivación de la economía argentina,
hundida en la recesión y el caos hace dos años? Como siempre, resulta difícil emitir un
juicio tan pronto, y es posible que sean muchos los factores en juego. No obstante, parece
existir cierto consenso en el sentido de que algunas de las medidas de política
económica que se han diseñado en los últimos meses han sido decisivas y muy acertadas.
La devaluación del peso y el cambio de régimen cambiario a un tipo flotante ha
estimulado las exportaciones. La política monetaria ha maniobrado con éxito para
controlar la inflación. El crecimiento de los ingresos vía impuestos ha permitido al
gobierno lograr los objetivos fiscales que se pactaron el pasado mes de septiembre con el
FMI.
Quedan puntos pendientes en la agenda, por supuesto. Entre los más urgentes, acometer
unas reformas fiscal y financiera más profundas, que permitan generar ingresos
suficientes para estimular la inversión doméstica y atender, al mismo tiempo, al
servicio de la deuda. Así se evitaría la tentación de depender en exceso del crédito
exterior, un problema endémico en numerosos países de América Latina, y que resulta
paradójico en naciones donde la fuga de capitales es tan acusada.
Estas reformas, a su vez, deberían dirigirse a varios frentes. En primer lugar, a la
privatización de numerosos servicios públicos y el saneamiento de las haciendas locales,
lo que ayudaría a sanear las finanzas públicas y, más en particular, a lograr el
objetivo de un superávit fiscal primario del 3% en 2004. En segundo lugar, a incentivar
el regreso del ahorro colocado en otras plazas financieras, que se estima en cien mil
millones de dólares. Finalmente, una reforma fiscal inteligente ayudaría a reintegrar a
los circuitos financieros a los aproximadamente veinte mil millones de dólares que los
agentes mantienen retirados del sistema bancario, o, dicho en términos más vulgares,
debajo del colchón. Las medidas citadas ayudarían a consolidar el ahorro interno y a
generar los recursos necesarios para sostener una inversión productiva más dinámica y
capaz de potenciar el crecimiento a largo plazo de la economía argentina.
La estabilidad institucional continúa siendo un requisito indispensable para la buena
marcha de cualquier economía pero es, si cabe, más perentoria en los países de América
Latina. No olvidemos que los verdaderos protagonistas y motores de la economía son las
empresas, y las empresas necesitan entender el entorno en el que se mueven para poder
tomar las decisiones acertadas. Los empresarios deben procurar comprender el futuro más
allá del corto plazo, y definir al menos en sus líneas más generales - el
escenario en el que se moverá su empresa a unos años vista. Sin esta mínima
planificación será muy difícil la toma de una serie de decisiones estratégicas que son
cruciales para la buena marcha e incluso la supervivencia de la empresa: a
qué mercados me encamino, en qué periodo de tiempo, con qué socios, con qué recursos.
En la actualidad, con un entorno tan volátil y unas reglas del juego que cambian
continuamente, para los empresarios argentinos resulta difícil planificar más allá de
los próximos cinco años. Por eso, uno de los objetivos fundamentales de las autoridades
del país debe ser restaurar la confianza en las instituciones.
Es una tarea difícil, pero no imposible, sobre todo si pensamos en lo mucho logrado en
este terreno por Chile y más recientemente- por Brasil. Durante el año 2002 la
incertidumbre generada en el país carioca por el posible desenlace de las elecciones (y
sobre lo que podría ocurrir si, como decían los sondeos, Lula era el vencedor) estuvo a
punto de llevar a la quiebra a la economía brasileña. Algo más de un año después, la
economía se ha estabilizado, en buena parte por el mensaje de confianza que Lula ha
sabido enviar a los mercados y agentes nacionales y extranjeros.
Buenas perspectivas para la economía argentina, pero también muchas tareas pendientes
para sus gobernantes y empresarios. Esperemos que cada cual sepa jugar el papel que le
corresponde y que el próximo año, por estas fechas, nos volvamos a sorprender ante el
dato de crecimiento del PIB del país sudamericano.