Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Alemania no acaba de levantar cabeza. Esta semana hemos conocido la dimisión del
Presidente del Desdner Bank, ocasionada por las fuertes pérdidas sufridas por el tercer
banco alemán. La Comisión Europea ha abierto un procedimiento a Alemania porque
considera que la ley Volskwagen puede entrar en conflicto con el principio de libre
circulación de capitales en la UE.
Un rápido vistazo a la historia económica reciente de Alemania muestra cómo el país
ha sufrido notables oscilaciones en su actividad económica. En el decenio de 1920
experimentó una de las más agudas hiperinflaciones de la historia, seguida de un caos
económico sin precedentes. El país se recuperó tanto de estas calamidades como de las
penosas consecuencias de las derrotas en ambas guerras mundiales, y creció a tasas
vertiginosas en la segunda mitad del siglo XX. En 1950 su PIB per capita era la mitad del
de Reino Unido, en 1973 era prácticamente similar. En la actualidad, su producción
equivale al 25% del PIB de la zona euro. La política monetaria del Bundesbank ha sido
durante décadas un ejemplo de lo que debe hacerse; el marco, una moneda fuerte capaz de
mirar a la cara al dólar. Las empresas alemanas, símbolo de calidad y tecnología
puntera.
Ahora, sin embargo, la economía alemana es motivo de preocupación en todos los
organismos europeos. Su crecimiento en 2002 ha sido del 0,2% Ha merecido reprimendas de
Bruselas por no cumplir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y la tasa de paro rondaba
11,3% en febrero de 2003, cifra muy similar a la española y superior en tres puntos a la
media europea. ¿Languidece ya el liderato del gigante teutón? La tradicional locomotora
europea ¿será reemplazada por otras máquinas de procedencia escandinava, británica o
mediterránea?
Es probable que Alemania no haya asimilado todavía un plato tan indigesto como la
reunificación, cuyo coste económico ha sido mayor del imaginado a priori. Por otra
parte, la nación germana resulta un ejemplo de libro del fracaso del modelo de estado del
bienestar europeo. También resulta un caso paradigmático de cómo una política
excesivamente intervencionista puede lastrar una economía aparentemente sólida y
estable.
Hace años, el Wall Street Journal realizó un reportaje en el que analizaba el nivel
de vida de un desempleado alemán. La conclusión era sorprendente: un parado de la zona
de Berlín tenía un nivel de vida mayor que un dependiente de una panadería de
Connecticut, estado que, por cierto, no es precisamente de los más pobres de EEUU ni
mucho menos. La explicación de esta paradoja radica en que el alemán no sólo cobra el
subsidio de paro, sino que también disfruta de una serie de prestaciones sociales, como
la sanidad , la vivienda gratis o la educación de sus retoños, que el americano, en
cambio, debe pagar.
Este tipo de escenarios económicos un elevado tamaño del sector público que
permite numerosas prestaciones sociales - es sostenible (hasta cierto punto) en épocas de
bonanza económica, cuando los ingresos en concepto de impuestos son altos y, además, la
población crece a una tasa suficiente. Ahora bien, este modelo pasa inexorablemente una
factura desagradable cuando llegan las vacas flacas en forma de estancamiento del PIB y
menor crecimiento la población. A los países les ocurre como a las economías
familiares: en tiempos de crisis no puede vivirse como en épocas de esplendor. Si se
gasta más de lo que se gana, surgen problemas en el horizonte.
El gasto público germano es demasiado elevado porque dedica importantes partidas a
aspectos tales como la sanidad, la educación resulta curioso que los alumnos
Erasmus alemanes puedan permitirse el lujo de pasar un año en el extranjero sin cursar
apenas asignaturas, con cargo al presupuesto público o las pensiones. Tanto la
OCDE como la Comisión han realizado numerosas llamadas de atención al gobierno de
Schroder para que contenga el gasto público, pero el canciller alemán ha prestado hasta
ahora escasa atención a estos consejos. Hace una semana, sin embargo, el canciller
alemán ha anunciado un paquete de reformas destinadas a reducir las prestaciones sociales
y los costes sanitarios.
La economía alemana padece otra serie de rémoras, como la excesiva dependencia de las
empresas del crédito bancario y el elevado poder sindical. En definitiva, su política
económica no acaba de encontrar la dirección adecuada y no se ha procedido a las
reformas necesarias para modernizar la economía. Afortunadamente, no todo son desgracias:
Alemania puede quejarse de fallos en el diseño de la política económica y de
instituciones periclitadas, pero sus habitantes han demostrado a lo largo de la historia
una capacidad de trabajo y una tenacidad asombrosas, que han permitido al gigante teutón
superar otras crisis peores.
Confiemos en que la reforma que anuncia Schroder vaya en serio. Esperemos también que
posea la inteligencia suficiente como para dotar del rumbo adecuado a su política
económica. Y, sobre todo, escarmentemos en cabeza ajena. El gasto público demasiado alto
siempre pasa factura y, no por casualidad, especialmente en épocas de crisis. Y la
solución no pasa - como quizá piensen algunos - por pedir nuevas bajadas del tipo de
interés al BCE o por anunciar generosas subvenciones para las empresas en dificultades,
sino por adecuarse a los nuevos tiempos. Hay que soltar lastre: Alemania debe reducir el
tamaño del sector público y recortar las prestaciones del estado del bienestar si
realmente quiere volver a ser un líder económico. No sólo los alemanes, sino todos los
europeos, agradecerán a Schroder que se comporte como un estadista y no con criterios
meramente electorales.