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3 mayo 2003

¿A quién mira el BCE?

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

En los últimos años se ha generado un número considerable de artículos que se preguntan por el modo en que los bancos centrales toman sus decisiones de política monetaria. Algunos de estos trabajos argumentan que la autoridad monetaria se guía por la denominada regla de Taylor. En virtud de esta teoría, los bancos centrales diseñan su política monetaria fijando un tipo de interés óptimo en cada momento del tiempo. A su vez, este tipo de interés dependerá habitualmente de variables como la inflación real o retardada – en relación con un objetivo prefijado – y la producción, también como referencia a un valor preestablecido.

¿Sigue el BCE una regla de este tipo? Algunos trabajos recientes sugieren que, en efecto, el BCE se guía por una versión de la regla de Taylor a la hora de establecer su estrategia monetaria. Según algunas estimaciones, el tipo de interés óptimo viene determinado en una proporción cercana al 75% por el diferencial de inflación de la zona euro respecto al objetivo del 2%. El PIB – también en desviaciones con respecto a una cifra prefijada - parece influir en una magnitud que se sitúa en torno al 17%. Estos datos deben tomarse con todas las cautelas necesarias a la hora de interpretar los resultados, pero no dejan de ser interesantes.

Ahora bien, el empleo de esta u otra versión de la regla de Taylor indica un único valor óptimo del tipo de interés básico para los 12 países de la eurozona. La pregunta que surge inmediatamente es si ese tipo es igualmente conveniente para todos los países miembros.

Para responder a este interrogante puede realizarse un sencillo experimento, que consiste en estimar los tipos de interés que se hubieran fijado en los distintos países de la eurozona, suponiendo que aún gozaran de soberanía monetaria y siguieran una regla monetaria similar a la que emplea el BCE, con un objetivo de inflación del 2%.

Los resultados son muy ilustrativos. Así, si gozara hoy del control de la política monetaria, es probable que en España el tipo de interés se situara en el 5%. Italia alcanzaría el 5,4%. En Alemania se situaría sólo unas décimas por encima del tipo efectivo, y para Francia el tipo de interés óptimo se sitúa en torno al 3%.Finalmente, el diferencial o gap entre los tipos teóricos y reales para los casos de Italia y España se amplía desde principios de 2002, lo cual es preocupante.

Estos resultados se entienden bien sin más que mirar a las distintas tasas de inflación de los países de la eurozona: 4,8% en Italia, 3,7% en España y 1% en Alemania. Es evidente que tal disparidad en la evolución de los precios requiere tratamientos monetarios diferentes.

Además, confirman ciertas sospechas que laten en ciertos ambientes. Desde que entró en vigor la moneda única y la soberanía monetaria se trasladó a Francfort, algunos – pocos y en voz baja al principio, más numerosos y en tono más alto después – han argumentado que la política monetaria puesta en práctica por el BCE no es neutral ni simétrica. Parece, más bien, que se diseña teniendo más en cuenta a unos países que a otros. En concreto, los resultados mencionados más arriba

parecen confirmar lo que ya se imaginaba: la política monetaria que se diseña en Francfort no es la que más le conviene a España. La causa – probablemente no la única, pero sí una de ellas – de la inflación que soportamos desde hace unos años y que no conseguimos domeñar se encuentra en el bajo precio del dinero.

Ante esto es poco lo que se puede hacer. Desde luego, no estará de más emplear el socorrido recurso al pataleo en los foros correspondientes, de manera que estos datos se conozcan y se tomen en consideración. El BCE debe procurar diseñar una política monetaria cuyos efectos sean lo más simétricos – o lo menos asimétricos – posible. Y sería muy deseable que tomara en cuenta a los países que padecen una inflación más alta a la hora de ejecutar la política monetaria. Por otra parte, el tiempo ha demostrado que los tipos bajos tampoco obran milagros en los países estancados. Alemania parece haber perdido toda capacidad de reacción al bajo coste del crédito, muy probablemente porque sus problemas no derivan de cuestiones monetarias sino, más bien, de la escasa confianza de sus agentes, producto a su vez de la mermada habilidad de sus gobernantes para acometer la disciplina fiscal necesaria y poner la casa en orden. La reforma del mercado de trabajo, de la sanidad, de las pensiones, se han convertido en la eterna promesa incumplida de los políticos de ciertos países europeos que, además, expulsan balones fuera: con sus peticiones de tipos bajos generan inflación en los países que sí han acometido los ajustes fiscales pertinentes.

Y por lo que respecta al margen de maniobra doméstico, está claro que habrá que continuar introduciendo más competencia en nuestra economía. Las reformas que se aprobaron hace unas semanas van en la dirección correcta, pero no son suficientes. Está claro que el momento actual no es el más propicio para emprender una reforma laboral de amplio calado, por ejemplo, tal y como nuestro mercado laboral necesita. Estamos ya en puertas de elecciones locales y en vísperas de generales. Pero, al menos, sepamos dónde están las causas de nuestros problemas. De una parte, en factores que se nos escapan (Francfort). De otra, en aspectos políticamente incorrectos e intocables en época electoral. Por fortuna, la situación normal de un país no es la campaña electoral. Ya que no podemos luchar contra la inflación con tipos de interés del 5%, que serían más adecuados para nuestra situación, confiemos en que, una vez que las aguas vuelvan a su cauce, se continúe profundizando en las reformas que España precisa.

 

 

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