Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
En los últimos años se ha generado un número considerable de artículos que se
preguntan por el modo en que los bancos centrales toman sus decisiones de política
monetaria. Algunos de estos trabajos argumentan que la autoridad monetaria se guía por la
denominada regla de Taylor. En virtud de esta teoría, los bancos centrales diseñan su
política monetaria fijando un tipo de interés óptimo en cada momento del tiempo. A su
vez, este tipo de interés dependerá habitualmente de variables como la inflación real o
retardada en relación con un objetivo prefijado y la producción, también
como referencia a un valor preestablecido.
¿Sigue el BCE una regla de este tipo? Algunos trabajos recientes sugieren que, en
efecto, el BCE se guía por una versión de la regla de Taylor a la hora de establecer su
estrategia monetaria. Según algunas estimaciones, el tipo de interés óptimo viene
determinado en una proporción cercana al 75% por el diferencial de inflación de la zona
euro respecto al objetivo del 2%. El PIB también en desviaciones con respecto a
una cifra prefijada - parece influir en una magnitud que se sitúa en torno al 17%. Estos
datos deben tomarse con todas las cautelas necesarias a la hora de interpretar los
resultados, pero no dejan de ser interesantes.
Ahora bien, el empleo de esta u otra versión de la regla de Taylor indica un único
valor óptimo del tipo de interés básico para los 12 países de la eurozona. La pregunta
que surge inmediatamente es si ese tipo es igualmente conveniente para todos los países
miembros.
Para responder a este interrogante puede realizarse un sencillo experimento, que
consiste en estimar los tipos de interés que se hubieran fijado en los distintos países
de la eurozona, suponiendo que aún gozaran de soberanía monetaria y siguieran una regla
monetaria similar a la que emplea el BCE, con un objetivo de inflación del 2%.
Los resultados son muy ilustrativos. Así, si gozara hoy del control de la política
monetaria, es probable que en España el tipo de interés se situara en el 5%. Italia
alcanzaría el 5,4%. En Alemania se situaría sólo unas décimas por encima del tipo
efectivo, y para Francia el tipo de interés óptimo se sitúa en torno al 3%.Finalmente,
el diferencial o gap entre los tipos teóricos y reales para los casos de Italia y España
se amplía desde principios de 2002, lo cual es preocupante.
Estos resultados se entienden bien sin más que mirar a las distintas tasas de
inflación de los países de la eurozona: 4,8% en Italia, 3,7% en España y 1% en
Alemania. Es evidente que tal disparidad en la evolución de los precios requiere
tratamientos monetarios diferentes.
Además, confirman ciertas sospechas que laten en ciertos ambientes. Desde que entró
en vigor la moneda única y la soberanía monetaria se trasladó a Francfort, algunos
pocos y en voz baja al principio, más numerosos y en tono más alto después
han argumentado que la política monetaria puesta en práctica por el BCE no es
neutral ni simétrica. Parece, más bien, que se diseña teniendo más en cuenta a unos
países que a otros. En concreto, los resultados mencionados más arriba
parecen confirmar lo que ya se imaginaba: la política monetaria que se diseña en
Francfort no es la que más le conviene a España. La causa probablemente no la
única, pero sí una de ellas de la inflación que soportamos desde hace unos años
y que no conseguimos domeñar se encuentra en el bajo precio del dinero.
Ante esto es poco lo que se puede hacer. Desde luego, no estará de más emplear el
socorrido recurso al pataleo en los foros correspondientes, de manera que estos datos se
conozcan y se tomen en consideración. El BCE debe procurar diseñar una política
monetaria cuyos efectos sean lo más simétricos o lo menos asimétricos
posible. Y sería muy deseable que tomara en cuenta a los países que padecen una
inflación más alta a la hora de ejecutar la política monetaria. Por otra parte, el
tiempo ha demostrado que los tipos bajos tampoco obran milagros en los países estancados.
Alemania parece haber perdido toda capacidad de reacción al bajo coste del crédito, muy
probablemente porque sus problemas no derivan de cuestiones monetarias sino, más bien, de
la escasa confianza de sus agentes, producto a su vez de la mermada habilidad de sus
gobernantes para acometer la disciplina fiscal necesaria y poner la casa en orden. La
reforma del mercado de trabajo, de la sanidad, de las pensiones, se han convertido en la
eterna promesa incumplida de los políticos de ciertos países europeos que, además,
expulsan balones fuera: con sus peticiones de tipos bajos generan inflación en los
países que sí han acometido los ajustes fiscales pertinentes.
Y por lo que respecta al margen de maniobra doméstico, está claro que habrá que
continuar introduciendo más competencia en nuestra economía. Las reformas que se
aprobaron hace unas semanas van en la dirección correcta, pero no son suficientes. Está
claro que el momento actual no es el más propicio para emprender una reforma laboral de
amplio calado, por ejemplo, tal y como nuestro mercado laboral necesita. Estamos ya en
puertas de elecciones locales y en vísperas de generales. Pero, al menos, sepamos dónde
están las causas de nuestros problemas. De una parte, en factores que se nos escapan
(Francfort). De otra, en aspectos políticamente incorrectos e intocables en época
electoral. Por fortuna, la situación normal de un país no es la campaña electoral. Ya
que no podemos luchar contra la inflación con tipos de interés del 5%, que serían más
adecuados para nuestra situación, confiemos en que, una vez que las aguas vuelvan a su
cauce, se continúe profundizando en las reformas que España precisa.