manchetag.gif (4883 bytes)opiniong.gif (1058 bytes)
14 agosto   2004

Solbes, en la encrucijada 

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 

Falta  poco tiempo para que se desvele uno de los enigmas que más intrigan a un sector de la población española: los Presupuestos Generales del Estado (PGE) de 2005. Su presentación y debate en las Cortes aclarará en buena medida cuál será la política económica del gobierno Zapatero. Hasta ahora hemos escuchado diversos anuncios procedentes tanto del Ministro de Economía y Hacienda como de otros miembros del Ejecutivo. No obstante, hasta que no se conozca el texto de los próximos PGE no sabremos con  más  seguridad cuál será el modelo económico para el próximo año y, quizá, para toda la legislatura.

Solbes no lo tiene fácil. Nunca es sencillo preparar los PGE, pero en este caso se concitan una serie de circunstancias que hacen la tarea todavía más complicada.

Hay incógnitas procedentes del entorno internacional, como el elevado (y preocupante) precio del petróleo o la tendencia alcista de los tipos de interés.

Otras dificultades se han gestado en el seno del ejecutivo. Durante los 100 días de gracia los diversos ministros han sido pródigos en anuncios y promesas, y claro, estos anuncios y promesas cuestan dinero. Es cierto que algunos ya se han descafeinado bastante – el caso paradigmático es el de la Ministra Trujillo, cuyo  compromiso de construir 80.000 viviendas protegidas se convirtió, de la noche a la mañana, en el más ambiguo de proceder a 80.000 actuaciones habitacionales. En todo caso, tanto estas actuaciones como las desaladoras de Cristina Narbona o la intención de abrir durante más horas los centros escolares van sumando miles de euros al capítulo de gastos de los PGE.

Finalmente, a mi modo de ver existe un problema más, no ya dentro del ejecutivo sino dentro del propio Ministro de Economía. La cabeza del Ministro sabe unas cosas, y su corazón, su gobierno y su partido le piden otras. Cuando uno recurre a las hemerotecas comprueba que, no hace tanto tiempo (pero sí antes del 14 M) el Ministro se mostraba partidario de la estabilidad fiscal. Es lógico, Solbes es un buen profesional y no ha podido cerrar los ojos a la evidencia que muestra la correlación positiva entre disciplina fiscal, creación de empleo y crecimiento. Los casos de Irlanda y España y,  sensu contrario, Francia y Alemania, así lo sugieren. Y no olvidemos que al entonces Comisario Europeo le tocó velar por el cumplimiento del Pacto de Estabilidad y reprender, en su caso, a los países díscolos.

Después del 14 M, sin embargo, las convicciones de Solbes (o al menos sus declaraciones) van cambiando sutilmente. Así por ejemplo, del “Rigor presupuestario y reforma fiscal, ejes de la política de Solbes”, del 19 de abril, pasamos a que “Solbes admite la posibilidad de déficit público para financiar nuevos proyectos”. Poco después, el Ministro “asume el objetivo de estabilidad presupuestaria a lo largo del ciclo económico”,  concepto que nadie ha definido todavía con precisión.

Si a esto añadimos otras declaraciones más recientes, como aquellas en las que dijo que los jubilados deberán contribuir, según su nivel de renta, al gasto sanitario, podemos concluir que el Ministro va tanteando el terreno, y que  no ha encontrado todavía la piedra filosofal que le permita a) cumplir el programa electoral del PSOE b) no enemistarse con demasiados ministros c) no incurrir en un  déficit excesivamente alto que sería pernicioso, no ya porque incumpliría el Pacto de Estabilidad, lo cual, a estas alturas de la película, sabemos que es lo de menos, sino porque generaría desconcierto y desconfianza en los agentes y a medio plazo pasaría factura, en forma de deuda o de más impuestos.

¿Cuál es la solución? No tengo ni idea, ni creo tampoco que nadie lo sepa. Lo que sí me parece tener más claro es donde radica el  meollo (o al menos, una parte) del problema. Las contradicciones entre los ministros y la aparente incompatibilidad de  sus propuestas, entre sí y con los objetivos macroeconómicos para la economía española son, hasta cierto punto, comprensibles. Al fin y al cabo, todo el mundo barre para su casa y, como decía más arriba, el barrido no es gratis. Pero el gobierno tiene un Presidente, y en último término es él quien coordina el trabajo de sus ministros, armoniza sus propuestas y asume la responsabilidad de la política económica, aunque su diseño y ejecución se deleguen en un  Ministro.

Las comparaciones son odiosas, y más todavía quizá la que voy a poner, pero la considero ilustrativa. Rato y Montoro sanearon las finanzas públicas no sólo gracias a su habilidad sino también  a que Aznar apoyó desde el comienzo de su mandato las líneas maestras de la política económica de sus Ministros del área y las sucesivas medidas en que se fue concretando. Mucho me temo que ahora no ocurre lo mismo. ¿Conocemos qué piensa Zapatero al respecto? ¿Quiere unos PGE sociales, inversores o ambas cosas a la vez? ¿Cuáles son sus prioridades? ¿Hasta qué punto va a apoyar a Solbes frente a las peticiones de otros gabinetes? Al margen del talante y de las sonrisas, ¿nuestro presidente tiene claro por qué derroteros quiere conducir a la economía española? Si no es así, mucho me temo que cuadrar los PGE de 2005 va a ser una labor épica. Eso sí, septiembre va a ser un mes apasionante porque va a despejar muchas incógnitas.

 

 

 

 

La Gaceta de los Negocios 2004
Todos los derechos Reservados

        pagina principal Blanca Sanchez-Robles