¿Moderar los beneficios?
Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
La Gaceta de los negocios, 25 junio 2001
Recientemente hemos conocido un nuevo dato nada favorable - sobre la evolución de los precios. El IPC ha crecido el último mes un 0,4%; en lo que llevamos de año la inflación supera el 1,5% y el objetivo para el 2001 del 2% cada vez resulta más inalcanzable.
No voy a entrar hoy en las causas de la inflación. Me referiré, más bien, a los remedios que algunos aconsejan para, en lo posible, contener su evolución futura. Estas terapias, según hemos escuchado en los medios de comunicación, son dos: moderar salarios y moderar beneficios Estas recetas, en sí, no constituyen ninguna novedad. Con frecuencia hemos escuchado recomendaciones semejantes. Lo que resulta curioso, a mi modo de ver, es que la segunda de las advertencias no procede, como era habitual, de las filas sindicales, sino de prominentes gestores de nuestra economía.
¿Por qué es discutible e incluso, demagógico - equiparar la contención de los salarios y la contención de los beneficios?
Los salarios son un coste para la empresa, que a su vez repercuten en el precio del producto. Si los costes de personal de un establecimiento crecen en un 4%, el dueño probablemente subirá como mínimo un 4% el precio de los productos que vende. Al fin y al cabo, en aquellos mercados que no son absolutamente competitivos (osea, la mayor parte de ellos), el precio final es ordinariamente un mark up o margen sobre el coste medio.
Los beneficios no poseen, en cambio, la naturaleza de coste sino de excedente. Se computan como la diferencia entre ingresos y gastos. Si un empresario quiere moderar los beneficios, entonces, deberá reducir los primeros o aumentar los segundos. No es tan fácil, de entrada, saber cómo se reducen los ingresos. ¿Reduciendo los precios? No necesariamente. Si la demanda del producto es elástica, una bajada del precio puede conllevar más ventas, no menos, por lo que el resultado final puede ser, paradójicamente, un incremento de las ventas y por consiguiente de los ingresos y de los beneficios. La vía alternativa es, entonces, elevar los costes. Tampoco parece que esta solución tenga mucho sentido. ¿Debe el empresario procurar ser más ineficiente? ¿Gastar más en comidas de protocolo o viajes al Caribe? ¿Debe animar a sus empleados a gastar más en teléfono, llamando desde la oficina a la novia o al amigo con el que se ha quedado para jugar al paddle? Además, si el beneficio aflora como diferencia contable entre ingresos y gastos, y no como un margen específico sobre cada producto (a diferencia de lo que ocurre con los costes) entonces no acierto a entender por qué reducir los beneficios a su vez abarata los precios y por tanto reduce la inflación.
Parece, entonces, que moderar beneficios no es tan sencillo y tan operativo como remedio antiinflacionista como podría parecer. Además, es importante tener en cuenta otro factor crucial dentro del escenario en el que trabajan las empresas: la incertidumbre. Por mucha intuición que posean los gestores de la empresa, existen multitud de imponderables que, de la noche a la mañana, pueden cambiar el signo y el color del saldo de la cuenta de pérdidas y ganancias. Los ejemplos son múltiples, y no hace falta recurrir a la fantasía para enunciarlos: una epidemia en el ganado que se está convirtiendo en uno de los males del siglo XXI - una subida del petróleo, una huelga en el negocio propio o ajeno...
Supongamos que Iberia decide el 1 de enero de 2001 moderar sus beneficios en este año para contribuir a paliar la inflación. Reduce vuelos, recorta gastos en publicidad y en definitiva decide adoptar una actitud más austera: se ha convencido de que puede ser pernicioso y materialista ganar demasiado dinero, además de que encarece la vida al ciudadano medio. Supongamos, además, que la compañía consigue su propósito y recorta los excedentes. Pues bien, después de las pérdidas que tan amablemente han contribuido a generar los pilotos con la primera jornada de huelga de celo quizá con el laudable objetivo de controlar la inflación y así velar por el bien común de los españoles Iberia podría ya ir pensando en vender los aviones y en convertirse, digamos, en una empresa de catering. Su viabilidad en ese escenario no sería posible ni siquiera a corto plazo si hubiera seguido esa política de moderemos beneficios.
La microeconomía siempre ha enseñado que el empresario debe maximizar el beneficio. Por supuesto, esta conducta es compatible con pagar un sueldo justo a los empleados y no embarcarse en prácticas ilícitas o al menos de dudosa legalidad. En otras palabras, las empresas están para ganar dinero (honradamente), porque no son una ONG sino instituciones concebidas para crear riqueza. El beneficio, como explica sabiamente Rafael Termes, tiene una función social. Si una empresa no obtiene beneficios de modo habitual, su existencia carece de sentido. De hecho, sus posibilidades de supervivencia serán mínimas. Otro tema es qué haga después con los beneficios: ahí sí caben distintas opciones, unas mejores que otras (pero también diferentes según el tipo de empresa de que se trate): repartir dividendos, distribuir parte de las ganancias como premio a la productividad, acumular reservas y previsiones para futuras estrategias, o incluso donarlo al colectivo de refugiados de la guerra albano-kosovar. Lo que haga con sus ganancias es asunto suyo. Pero para decidir qué se hace con los beneficios primero hay que ganarlos.
Pienso que parte del equívoco que surge cuando se equiparan salarios y beneficios viene de muy atrás y posee un cierto aroma a naftalina: la tradicional oposición trabajo-capital. En lenguaje decimonónico, el argumento sería algo así: si los trabajadores sufrimos las consecuencias de la inflación ganando menos vía salarios, es justo que los empresarios hagan lo mismo ganando menos vía beneficios. Pero este tipo de razonamientos olvida que las empresas cotizan en bolsa y los mercados son muy sensibles a las cuentas de resultados, que la distinción y oposición trabajo-capital está obsoleta, que las empresas no rentables desaparecen ( y con ellas, los puestos de trabajo de sus empleados)... En fin, estamos en el año 2001 y no en la época en que se escribió El capital. No caigamos en la trampa fácil de las ideas que en determinada época tuvieron buena venta pero que el tiempo se ha encargado de poner en su lugar.
Decía la duquesa de Windsor que una mujer nunca es demasiado delgada ni demasiado rica. Quizá inspirándose en la frase de la señora Simpson, un empresario decía que afirmar que una empresa tiene demasiados beneficios es algo así como decir que alguien goza de demasiada salud: es decir, una falacia.
La salud no es nunca excesiva. Los beneficios bien ganados, generalmente tampoco. Lo contrario es demagogia.