Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
La prensa nos ha sorprendido esta semana con un anuncio procedente de Bruselas. Con su
genialidad habitual, la Comisión propone retrasar hasta 2006 el objetivo del déficit
cero, ya que algunos países como Alemania, Italia, Portugal y quizá Francia
no podrán cumplirlo antes de esa fecha.
El argumento es tan brillante como persuasivo, y puede utilizarse con facilidad en
otros ámbitos. Si los alumnos no dominan el programa de la asignatura en la fecha del
examen, retrásese el examen. Si se acerca un partido del Real Madrid contra el Bayern de
Munich y Ronaldo no está totalmente recuperado de sus dolencias, retrásese el encuentro.
Si los republicanos perciben que los sondeos no les son favorables y que no van a ganar
las próximas elecciones, deben retrasar los comicios hasta que tengan garantías de
éxito. A fin de cuentas, los calendarios se han hecho para ser cambiados. Son relativos y
no pueden esclavizar al ser humano. Si resulta imposible alcanzar un objetivo en una fecha
dada, la mejor solución, no cabe duda, es posponer la fecha.
Este tipo de sobresaltos que nos llegan de Bruselas es lo que más le conviene a los
mercados de valores y a la economía de la zona euro. Llevamos casi tres años peleando
por alcanzar la credibilidad que corresponde a nuestro presunto poderío económico. El
BCE, estandarte de la potencia económica llamada eurozona empezó su labor de un modo no
muy brillante, con la consiguiente caída libre del euro. Desde 1999 ha adquirido
experiencia, y el euro lo ha notado. De enero a septiembre se ha revalorizado en casi un
13%. No es mucho, pero al menos sugiere un cambio de tendencia.
Los esfuerzos del BCE por diseñar una política monetaria consistente y creíble
pueden resultar estériles: con esos amigos en Bruselas no hacen falta enemigos para
hundir el barco de la confianza en la eurozona.
Quizá el Ecofin, que planea reunirse en Luxemburgo los próximos 7 y 8 de octubre para
estudiar y, en su caso aprobar, esta medida, pueda plantear la cuestión en otros
términos.
En primer lugar, ¿es conveniente o no el déficit cero? En segundo lugar, ¿por qué
algunos países no han emprendido el camino de la disciplina presupuestaria? En tercer
lugar ¿existen alternativas a la que propone Bruselas? Centrar el análisis en estos
interrogantes arrojará, sin duda, luces sugestivas.
Vayamos una por una. El equilibrio presupuestario no es una norma sagrada en economía,
pero resulta muy saludable en países, como los europeos, muy mal acostumbrados - por
avatares históricos y por un desmedido cariño al Estado del Bienestar - a gastar más de
la cuenta. Se ha demostrado que el déficit no aporta ventajas económicas y sí, en
cambio, es fuente de múltiples calamidades (deuda pública imparable, crowding out, entre
otros). A Europa le conviene la medicina de la estabilidad fiscal, al menos por una
temporada. El sabor amargo de la medicina es una excusa muy tonta para evitar tomarla.
En segundo lugar, el déficit no ocurre por casualidad. Es fruto de decisiones de
política económica. Alemania, en concreto, lo padece entre otras cosas por su reticencia
a reformar las pensiones, la sanidad y la política de subvenciones a la industria. De
Francia, Portugal e Italia pueden decirse cosas parecidas. Su ritmo de crecimiento es
escaso, es verdad, pero tampoco experimentan una caída del PIB del 20%, como ocurre por
desgracia en otras naciones. Cuesta creer que no puedan lograr (o al menos intentar) el
saneamiento de las cuentas públicas. Más bien parece que no existe voluntad política
para ello. Los votos son los votos.
¿Hay alternativas? Sí. La más sencilla, continuar con el programa diseñado en el
Pacto de Estabilidad y Crecimiento en los términos y plazos estipulados. Si hay que
imponer sanciones, que se impongan. Resultarán un sano incentivo para corregir
comportamientos poco leales con los compañeros del club de la eurozona. Y serán un
ejemplo de coherencia y consistencia para el resto del mundo y los propios países
miembros y candidatos a la adhesión. Lo que no parece pedagógico es pasar la mano por el
hombro a los alumnos díscolos y retrasarles el examen para cuando estén preparados.
¿Quién nos asegura que en 2006 no existirán buenas excusas para posponer el
cumplimiento del pacto de estabilidad?
La situación recuerda al famoso cuento del zorro y las uvas. El zorro peleó sin
éxito por alcanzar la fruta y se consoló diciendo "las uvas están verdes".
Quizá ese sea el mensaje que quiere transmitir la Comisión: el déficit cero, en el
fondo, no es una buena idea. Si los países de la eurozona deciden que el pacto de
estabilidad no es adecuado o deseable, deshágase el pacto de una vez. Si los argumentos
que se esgrimen para romper lo que un día se acordó son convincentes, se aceptarán por
los ciudadanos europeos. Pero, por favor, olvidemos los argumentos sofísticos y aclaremos
los términos. Analicemos si el problema radica, efectivamente, en que las uvas están
verdes y no nos interesan. De acuerdo. Pero quizá resulte, después de todo, que la fruta
está madura y es apetecible, en cuyo caso la solución puede ser hacer un esfuerzo mayor
en alcanzarla. ¿Es esto imposible? No lo creo. ¿Queremos hacerlo? Sobre este último
punto tengo mis dudas.