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30 noviembre 2002

La nueva economía, algunos años después

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

Hace varios años (tres o cuatro) años la frase estrella entre empresarios y académicos del gremio era nueva economía. Resultaba moderna, dinámica y flamante. Todo empezaba con el prefijo e: e-business, e-banking, e-learning, y así sucesivamente. En 1991 EEUU atravesó una recesión y muchas de sus empresas punto.com quebraron o, al menos, cotizaron a la baja en la Bolsa. Más tarde, los bancos comprobaron que el negocio on line no resultaba rentable. Como este, otros ejemplos. Llegados a este punto uno se pregunta si la nueva economía ha existido, o ha sido un espejismo; si está muerta o en fase de convalecencia. Falta perspectiva histórica para realizar una análisis profundo, pero se pueden aventurar ya algunas ideas preliminares sobre la cuestión.

Durante la década de 1990 EEUU vivió la expansión más larga de su historia. Además de reducirse la tasa de paro (que alcanzó un mínimo histórico, el 3,9%, en abril de 2000) los salarios reales aumentaron y la inflación se mantuvo estable. También disminuyeron la pobreza y la volatilidad del output. Este escenario se acompañó de un boom bursátil. La economía norteamericana en los 90, en suma, fue una fuente de envidia para el mundo y de perplejidad para los macroeconomistas.

Como es natural, han surgido innumerables preguntas. ¿Cuál es la causa de tan brillante trayectoria? ¿Está relacionada con la nueva economía, o ha sido, simplemente, una burbuja especulativa? Vamos por partes. En primer lugar, indaguemos en el abstruso término nueva economía.

La nueva economía es aquella– siguiendo al Departamento de Comercio norteamericano - en la que las tecnologías de la información y otras inversiones relacionadas - generan tasas de crecimiento de la productividad elevadas. De esta definición se desprenden dos rasgos destacados. En primer lugar, la nueva economía está vinculada al uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). En segundo lugar, origina grandes incrementos en la productividad.

Ambas características son hechos constatados en la economía de EEUU en el decenio de 1990. En esos años se produjeron grandes avances en la tecnología empleada en la producción del hardware informático, lo que redujo el precio de los equipos y – juntamente con el desarrollo de internet - espoleó su demanda. Algunos autores han documentado que la inversión empresarial en ordenadores y periféricos se multiplicó por cuatro en EEUU entre 1995 y 1999.

Los datos también muestran un crecimiento sostenido de la productividad en el decenio de 1990, a una tasa media del 2,4%. Este incremento fue más acusado en la segunda parte del decenio, y especialmente elevado en el sector industrial. Puesto que se acompañó de un notable aumento en la inversión en bienes de equipo, dio lugar a una especie de externalidad: las ganancias de productividad en el sector de la informática se difundieron con rapidez al resto de la economía.

Esta explicación, hoy por hoy, no es una teoría perfectamente contrastada. Además, tampoco es la única posible. Ahora bien, los estudios realizados en los últimos años han conducido a un consenso entre los economistas: muchos de ellos opinan que el rápido crecimiento de la productividad de la década de los 90 puede atribuirse, en buena parte, a la producción y adopción por el resto de la economía del capital vinculado a las TIC.

La novedad principal de este escenario no descansa tanto en el uso de las TIC sino en el comportamiento de la economía en su conjunto, caracterizada por una serie de hechos: crecimiento de la productividad, aumento de la inversión en equipo, inflación contenida y paro en descenso. Exactamente lo contrario, por cierto, de lo que ocurrió en el decenio de 1970. ¿Estamos ante los efectos de un shock de productividad positivo, que además ha reducido la tasa natural de paro? Es muy posible.

En resumen, parece que las TIC han sido relevantes para la economía norteamericana. Resulta verosímil, además, argumentar que su difusión está correlacionada con el crecimiento sostenido de EEUU en la década de 1990, aunque sea prematuro cuantificar en qué magnitud.

Quedan preguntas pendientes, no obstante. No sabemos si estos incrementos de la productividad serán permanentes. Tampoco está claro por qué se han reducido, al mismo tiempo, la inflación y la tasa natural de paro. Sí podemos, sin embargo, extraer algunas lecciones de este episodio: en primer lugar, todo aquello que eleve la productividad de los factores – I+D, liberalizaciones, eliminación de trabas burocráticas a la actividad empresarial – es positivo. Segundo, el progreso técnico no genera paro. Ya lo sabíamos, pero algunos todavía no se han enterado. Tercero, para que un país crezca a tasas elevadas no es necesario que el estado lleve a cabo políticas activas de demanda o eleve el gasto público. ¿Tomaremos nota los europeos?

 

 

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