Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
Las naciones que componen el área latinoamericana nos causaron abundantes sobresaltos
a lo largo del año pasado: la crisis argentina, la incertidumbre inicial asociada a la
elección de Lula en Brasil, la huelga general en Venezuela, entre otros episodios.
Afortunadamente, 2003 está siendo más tranquilo para los países del continente y la
actualidad informativa se ha desviado hacia otras zonas, Europa, sin ir más lejos.
Sin embargo - y como se recordaba en una reunión patrocinada por la prestigiosa
escuela de negocios Wharton - Latinoamérica continúa siendo una zona de importancia
estratégica vital. Posee una cantidad ingente de recursos naturales. En opinión de
algunos, la región podría autoabastecerse en el campo de la energía (recordemos que
México y Venezuela poseen petróleo, y que las posibilidades de generación de energía
hidroeléctrica en Brasil son muy grandes). Su nivel de capital humano tampoco es
desdeñable: ha mejorado sustancialmente en la última década y, aunque no alcanza los
niveles de los países occidentales, se halla por encima de la media de los países en
desarrollo. La región comprende 125 millones de familias, que representan un poder de
compra conjunto de más de 1000 miles de millones de dólares, cifras muy superiores a los
10,7 millones de familias norteamericanos y su poder adquisitivo (unos 400 miles de
millones de dólares). Ha atraído un volumen importante de la inversión directa externa
de los países desarrollados en el último decenio, y su grado de integración comercial
con los EEUU es elevado.
Hasta aquí algunas de sus potencialidades. Entre sus principales retos de futuro,
pueden mencionarse dos: la consolidación de la democracia y la batalla contra la
corrupción.
A diferencia de lo que ocurría hace décadas, hoy se acepta por un gran número de
expertos que buena parte de las disparidades en los niveles de renta entre países se
explican, a su vez, por diferencias en la calidad de sus instituciones. Algunos estudios
recientes del Banco Mundial argumentan que aquellos gobiernos dotados de un grado más
alto de conocimientos técnicos, aciertan con mayor facilidad a la hora de plantear las
estrategias más adecuadas para promover el crecimiento económico. Los gobiernos menos
capacitados, en cambio, son más proclives a guiarse por consideraciones demagógicas - y
con frecuencia erróneas - a la hora de tomar decisiones.
La consolidación de la democracia y el fin de la corrupción están estrechamente
asociados. Ambos aspectos suponen, en el fondo, la normalización de la vida política en
las naciones del continente. Por desgracia, el camino por recorrer en este aspecto es
todavía largo. Según Jorge Quiroga, ex - presidente de Bolivia, en Latinoamérica es
frecuente la revolución por destrucción: cuando un gobierno sustituye a otro en
el poder, provoca una especie de cataclismo institucional, lo que a su vez genera a cabo
cambios radicales y a menudo injustificados en los organismos y agencias que
existían hasta el momento. Estos métodos tan drásticos provocan perplejidad en los
ciudadanos y favorecen las actitudes corruptas, el clientelismo y la búsqueda de rentas.
No es de extrañar que, según una encuesta difundida hace unos días, en los países
iberoamericanos el nivel de confianza en los partidos políticos sea todavía muy escaso
(un 7% en Argentina y un 8% en Perú). Quiroga aconseja, en cambio, la denominada evolución
por construcción, que permite un grado mayor de continuidad en los servicios
públicos y hace más accesibles e inteligibles las políticas públicas a los ciudadanos.
Por desgracia, es una tentación común en cualquier gobierno que accede al poder
sea o no latinoamericano - cambiar de arriba abajo los mecanismos y formas de trabajo
implantados por su predecesor. El problema estriba en que estas modificaciones son mas
violentas en Latinoamérica que en otras naciones avanzadas.
La estabilidad institucional es condición necesaria, pero no suficiente, para el
progreso en las naciones del área. Paradójicamente, la modernización gradual de algunas
instituciones parece tan o más importante para alcanzar crecimiento económico como las
propias reformas económicas en sí. A su vez, un entorno institucional más asentado
disminuye las oportunidades de llevar a cabo actuaciones corruptas, generando así mayor
confianza en las propias instituciones. Se crea así un círculo virtuoso en virtud del
cual la solidez en las instituciones reduce la corrupción, lo que a su vez incrementa la
robustez del aparato institucional.
Entre las instituciones clave para el progreso destacan el sistema judicial y las
agencias tributarias. Sin un aparato judicial que funcione con una mínima eficiencia, es
difícil, por no decir imposible, que exista el grado de protección de los derechos de
propiedad y de cumplimiento de los acuerdos necesarios para que el tejido social y
económico estén bien engranados. Por otra parte, si el gobierno no recauda ingresos vía
impuestos debido al pobre diseño de la administración tributaria, tendrá que recurrir a
otros métodos para lograr los fondos precisos para construir carreteras o colegios, o
incluso para garantizar un nivel de vida digno a los (muy numerosos) funcionarios
públicos. Y esos métodos alternativos corrupción generalizada, recurso a la
deuda externa, monetización de los déficit - han demostrados ser letales en el pasado y,
por desgracia, aún no se han erradicado.
Resulta alentador constatar que tanto la investigación de los académicos como la
experiencia de los propios protagonistas va delimitando cuáles son los principales
frentes en los que se debe avanzar si se quiere elevar el nivel de prosperidad en las
naciones del continente. Y, sobre todo, se percibe un cambio de mentalidad muy positivo:
cada vez son más numerosos los que han dejado de culpar al malvado capitalismo o a las
pérfidas multinacionales de los problemas que existen en el área, y buscan las causas
dentro de los países afectados. Identificar correctamente las raíces de los problemas
es, con frecuencia, un primer paso hacia su solución.