¿Habrá recesión?
Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
La Gaceta, 22 de septiembre de 2001
Es la pregunta que todos se hacen estos días y que algunos contestan, de forma más o menos taxativa. Se trata de un interrogante difícil de responder. Los economistas hemos aprendido a profetizar más o menos bien el pasado, pero todavía no dominamos la técnica de profetizar sobre el futuro. La economía, además, es una ciencia en la que se puede otorgar (y así ha ocurrido) el Nobel a dos investigadores por elaborar teorías opuestas. Por eso podría escribir dos artículos sobre el tema, uno de ellos argumentando el sí y el otro dando razones para el no, y que cada cual eligiera de acuerdo con sus preferencias. Es una solución tentadora, pero creo que finalmente optaré por decantarme por una de las opciones: defenderé en estas líneas que, probablemente, no habrá recesión, aunque insisto en que no puede excluirse la visión contraria.
Cada día se escuchan noticias que conducen a la alarma: las caídas en las Bolsas, los despidos masivos en las compañías aéreas y, sobre todo, la incertidumbre sobre la guerra (santa para unos, necesaria para otros) que se avecina.
De estos argumentos, a mi modo de ver, sólo tiene peso el último. Es imposible saber las consecuencias que tendría una guerra, en buena parte porque ignoramos muchos datos: quiénes son los adversarios, cuánto va a durar, cuál va a ser el papel de los miembros de la OTAN...De momento hemos oído que van portaaviones americanos rumbo al Golfo, y palabras de apoyo a Bush por parte de los líderes europeos, pero desconocemos multitud de detalles.
La inestabilidad en los mercados, por otra parte, es lógica. Los ahorradores aversos al riesgo prefieren no embarcarse ahora en demasiadas aventuras; tampoco los analistas son capaces de interpretar de modo convincente qué está pasando en las bolsas. Los valores suben y bajan de forma volátil y misteriosa. La caída de la cotización de las aerolíneas se entiende más: es natural que no atraviesen su mejor momento después de ser sujeto pasivo de un atentado que ni Tom Clancy - en sus momentos de más lúcida inspiración - hubiera descrito en sus novelas. Pienso, no obstante, que estas compañías se recuperarán, al menos en parte. El transporte aéreo es casi imprescindible, sobre todo en países donde las distancias son enormes, como EEUU, y no hay buenas alternativas al avión. La gente seguirá teniendo que viajar de Boston a San Francisco, y está claro que no van a invertir una semana en recorrer los más de 5.000 km de distancia por carretera. Tampoco los extranjeros (por lo menos muchos de ellos) vamos a renunciar a volar a Nueva York por miedo a que el destino final del avión sea el Empire State y no el aeropuerto Kennedy. Resumiendo, la demanda de vuelos (y la cotización de las aerolíneas) probablemente languidecerá una temporada, pero a la larga se recobrará del susto. Y los empleos que se destruyan en el sector aéreo, se crearán en otros ámbitos: la CIA ha confesado ya que utiliza tecnología obsoleta, y que necesita nuevos artilugios (que alguien tendrá que producir), más analistas y un número considerable de lingüistas ( ¿expertos en árabe?).
Las razones para el optimismo, en cambio, son a mi modo de ver más contundentes. Las autoridades monetarias de EEUU y la zona euro han respondido a la catástrofe con prontitud, recortando los tipos de interés. Inglaterra ha hecho lo mismo. No sé si estas medidas tendrán impacto real, pero sí ejercen, y mucho, un beneficioso efecto psicológico. El dólar no se ha desplomado (todavía): sigue en torno a las 180 pesetas. La Administración Bush prepara un paquete fiscal expansiv. No creo que el petróleo constituya un problema; si se produjeran recortes en la producción de la OPEP, Bush tendría la coartada perfecta para uno de sus sueños, hasta ahora vetado por los ecologistas: explotar el petróleo de Alaska, con lo que el precio del barril se mantendría.
Y, sobre todo, los americanos son pragmáticos, trabajadores y tenaces. Supongamos que el fatídico 11 de septiembre los aviones se hubiera estrellado contra la Torre Picasso, en Madrid, y no contra las Torres Gemelas en Nueva York. A estas horas estaríamos, todavía, reprochándonos los unos a los otros los fallos cometidos en los servicios de información. El CESID acusaría a un par de ministerios, estos lanzarían el balón contra, por ejemplo, la Policía Nacional o los Moços de Esquadra, que a su vez harían responsable al Sepla, que aprovecharía la coyuntura para pedir la cabeza de los directivos de Iberia. Los políticos invertirían su tiempo en crear comisiones y subcomisones para depurar responsabilidades, y Llamazares, con su lucidez habitual, habría manifestado ya que España necesita desterrar hasta el último vestigio del perverso capitalismo que nos invade. Los americanos, en cambio, entierran y lloran a sus muertos, cierran filas en torno a su presidente y siguen adelante. La portada del Time de esta semana se titula Una nación, indivisible. Greenspan asegura que los atentados no repercutirán sobre la economía a largo plazo. El secretario del Tesoro de EEUU, ONeill dice lo mismo. Hasta el BCE manifiesta que la desaceleración en Europa será transitoria. El presidente de American Airlines ha enviado ya un e-mail a sus pasajeros frecuentes informando sobre las nuevas medidas de seguridad en los aeropuertos y asegurando que seguirá procurando hacer nuestros viajes cómodos y agradables. Se ve que este hombre no tira la toalla. Por cierto, también comenta en su e-mail que "los pensamientos y oraciones de la compañía están con todos nosotros". Un directivo y una compañía- sin complejos. Si un empresario español dijera algo similar, columnistas y tertulianos lo despedazarían sin piedad por violentar la libertad religiosa, hacer caso omiso de que España es un estado laico y no confesional, ofender la conciencia de los ateos y enviar mensajes intolerantes, retrógrados y decimonónicos a sus clientes.
En resumen, hay motivos para el optimismo. Mejor dicho, razones existen para la esperanza y para la desmoralización pero, en mi opinión, debemos fomentar la primera. Si decimos y escribimos que la hecatombe es inevitable y se acerca la recesión, vendrá la recesión. Si se siembra desconfianza y pesimismo, se recoge desaliento y apatía. Y este es un lujo que no nos podemos permitir.
Finalmente, una última consideración. Bush ha dicho que sacará a los terroristas de sus madrigueras. Quizá haya suerte y, además de los fanáticos islámicos, salgan de sus escondites también algunos etarras. La posibilidad no es inverosímil. Si se endurecen las medidas de seguridad y se coordinan los servicios de inteligencia del mundo, no sólo se detectará a los árabes suicidas sino, también, a los mercenarios que luchan de modo tan encomiable por la libertad de Euskadi. Aunque no deja de ser terrible que el precio por encontrar y meter en la cárcel a los salvajes llaménse Bin Laden o Aitor Lekumberri - sea de 5000 vidas humanas.