Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
En la cumbre de Lisboa de marzo de 2000 los dirigentes de los países miembros de la
Unión Europea se plantearon un reto ambicioso: conseguir que la UE se convirtiera en 2010
en el área más dinámica y competitiva del mundo. En términos más concretos, se
acordó promover un crecimiento económico sostenido, combinado con la creación de empleo
y la mejora de la cohesión social.
Todavía no ha pasado mucho tiempo desde la citada cumbre, pero parece conveniente
establecer un diagnóstico de la situación actual, para comprobar si vamos por los
caminos adecuados para alcanzar esas metas. Los datos, sin embargo, no son muy
alentadores: la productividad de EEUU supera a la de la UE en aproximadamente un 20%, y la
renta per capita media de los países europeos es menor que la norteamericana. Sería
erróneo concluir de estas cifras que todos los países europeos experimentan un
crecimiento de la productividad escaso, o que EEUU mantiene el liderazgo tecnológico en
todos los sectores. Existen países de la UEcomo Bélgica y Holanda - que en 2001
registraron una productividad mayor que la norteamericana. De otra parte, Europa es líder
en algunos sectores de tecnología puntera, como la telefonía móvil. Hay un dato
preocupante, sin embargo,: si comparamos las cifras de los periodos 1990-95 y 1995-2002,
observamos que la productividad norteamericana se aceleró progresivamente
creció a una tasa media anual del 2,13% en el segundo periodo, frente a un 1,14% en el
primero - mientras que a este lado del Atlántico el producto por trabajador se desaceleró
su tasa de crecimiento en 1990-95 fue de 2,46%, mientras que en 1995-2002 la cifra
anual era de 1,27%. La pregunta que se plantean algunos trabajos recientes es por qué la
tendencia del crecimiento de la productividad es precisamente la contraria en EEUU y
Europa.
Una posible explicación para este fenómeno es que Europa todavía no se ha
beneficiado suficientemente de la producción y empleo de las nuevas tecnologías de la
información y las comunicaciones (TICs). De nuevo debemos ser cuidadosos a la hora de
extrapolar conclusiones. El software y el hardware que se producen y emplean a ambos lados
del Atlántico son muy similares. La diferencia crucial parece encontrarse en el grado de
penetración de las TICs en algunas actividades clave en la economía, como son las que
componen el sector de distribución y venta (tanto minorista como al por mayor). Mientras
que en EEUU el comercio de ambas categorías ha aumentado considerablemente su eficiencia
gracias al uso de las TICs, en Europa el impacto de las nuevas tecnologías en estos
ámbitos ha sido mucho menor.
A su vez, esta anomalía parece estar relacionada, en una parte importante, con el
diferente marco institucional que impera en Europa, frente al que existe en EEUU. Dicho en
pocas palabras, muchas de las regulaciones y prácticas vigentes en Europa son
anacrónicas y no incentivan la adopción de los métodos más eficientes.
Como es bien sabido, la productividad y la eficiencia aumentan cuando con una misma
cantidad de inputs producen más bienes o servicios, o bien cuando se elabora la misma
cantidad de bienes y servicios con una dotación menor de inputs. Esta idea implica, a su
vez, que el buen funcionamiento de los mercados de bienes y servicios, de una parte, y del
de factores, por otra, es una condición importante para que las ganancias de eficiencia
se materialicen. De poco sirve que una gran empresa de distribución oferte una gama cada
vez mayor de productos si las regulaciones al uso (buscando amparar al pequeño
comerciante) le impiden abrir un nuevo establecimiento o ampliar su horario de atención
al público. No se incrementa de modo sensible la eficiencia de una Pyme que decide
emplear en mayor medida el e-mail entre sus empleados y con clientes y proveedores, si al
mismo tiempo no puede amortizar el puesto de trabajo de una secretaria (sin tener que
pagar una elevada indemnización y/o acabar en el juzgado). Y estas prácticas, por
cierto, no son destructivas de empleo: si la economía funciona como es debido, el trabajo
que resulta redundante en un sector se reasignará a otro en donde puede ser muy
necesario.
La inexistencia de los productos financieros adecuados para actividades de alto riesgo,
(como son muchos de los que se gestan en el sector de las TICs), más activos en EEUU pero
poco consolidados en Europa, impiden que muchos proyectos pasen a la práctica por no
obtener la necesaria financiación.
En síntesis, las ganancias de productividad que pueden obtenerse de las TICs (o de
otros métodos innovadores) son una quimera si las rigideces en los mercados de factores y
productos impiden a las empresas poner en práctica procedimientos más modernos y
eficientes.
Ultimamente se alzan muchas voces pidiendo aumentos en el gasto público en I+D en
Europa en general y en España en particular. No entro en la cuestión de si esos
incrementos presupuestarios son necesarios o no. Lo que aparece cada vez como más nítido
es que la esclerótica Europa necesita, sobre todo, adecuar sus instituciones, su
normativa y sus prácticas al siglo XXI. De lo contrario, afirmaciones como las realizadas
en Lisboa quedarán en meras declaraciones de principios, pero tendrán escasa (o ninguna)
relevancia práctica.