Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
La intervención de Rodríguez Zapatero en el debate de los presupuestos
introdujo una "chispa de comedia", como dice un periódico, en una sesión
parlamentaria tan árida como importante. Quizá por ello ciertos medios se han centrado
más en el análisis del gesto que en el mensaje. Para algunos, el líder del PSOE
arremetió de modo contundente contra la propuesta del gobierno. A mi modo de ver, sin
embargo, el ataque no está tan claro.
El líder de la oposición destacó en su discurso los problemas que preocupan a los
ciudadanos: el precio de la vivienda, la inflación, la pérdida de productividad y el
deterioro del sector exterior. El diagnóstico es acertado. Las razones que causan estas
patologías pueden sintetizarse como sigue. La vivienda se ha encarecido debido a la
escasez de terreno edificable, propiciada por las distorsiones existentes en el mercado
del suelo (a lo que se une la fortaleza de la demanda, en un entorno de tipos de interés
moderados). La inflación no baja del 3% por la excesiva relajación de la política
monetaria del BCE que escapa a nuestro control y por la falta de competencia
en algunos sectores. Nuestra mermada competitividad, en fin, puede asociarse a la falta de
liberalización en algunos mercados, como el de trabajo, y sectores, como los servicios.
Por tanto, queda claro que el partido de la oposición comparte la preocupación del
gobierno por profundizar en las reformas de la economía española, de modo que esta sea
más eficiente, competitiva, libre y moderna. La prioridad que el secretario general del
PSOE otorga a la lucha contra la inflación ratifica la tesis de que se muestra favorable
a la introducción de un grado mayor de competencia y liberalización en la economía: en
ausencia de autonomía monetaria no existe otra receta para favorecer una bajada de
precios que la actuación sobre la oferta agregada.
¿Cuál es la política fiscal más adecuada para impulsar la productividad, converger
en tecnología con Europa y estimular las exportaciones? Puesto que el sector privado -
según ha demostrado la ciencia económica invierte mejor y es más eficiente que
el sector público, la solución pasará por la progresiva reducción del peso del estado
en la economía. La otra posibilidad es confiar al estado el papel estabilizador, elevando
el gasto público. Pocos son, sin embargo, los expertos que consideran esta alternativa
viable a largo plazo. El gasto debe financiarse con impuestos (que entorpecen la actividad
privada), o con déficit, que a su vez crea inflación, deuda y altos tipos de interés
(fenómenos especialmente dañinos para aquellos que tienen menores niveles de renta). La
historia ha mostrado que los países que han optado por políticas fiscales expansivas han
escogido pan para hoy y hambre para mañana, lo cual es, asimismo, notablemente antisocial
para las generaciones venideras, sobre todo cuando el futuro acarrea recesión y aumento
de la pobreza. Si a medio plazo el gasto público desmedido frena la economía, a largo
plazo la hunde.
Zapatero se mostró en su discurso partidario del déficit cero entendido en un
contexto flexible - y defendió el pacto de estabilidad europeo. Ahora bien, la
complejidad de las finanzas públicas y su contabilidad le suscitan dudas sobre cuáles
son las cifras precisas de déficit y, más en concreto, sobre si es posible alcanzar
realmente el déficit cero en 2003. Sin entrar a valorar la exactitud de las cifras
oficiales, es razonable suponer que un déficit que sobre el papel es cero estará más
cerca de cero en la práctica que aquel que alcanza (también sobre el papel) el 7%. Si se
argumenta que el déficit se mide con un error, digamos, del 1%, (como parece ser que
sugiere el líder de la oposición) entonces un déficit del 7% esconderá, tal vez, un
desequilibrio del 8% del PIB. De modo alternativo, un déficit (teóricamente) cero
corresponderá - probablemente y si se afina en las cuentas a unos números rojos
equivalentes al 1% del PIB, más o menos. En suma, aseverar que es difícil alcanzar un
déficit estrictamente cero es una razón más para ajustar la contabilidad por el lado
del gasto. Sospecho, entonces, que el escepticismo de Zapatero en relación con las cifras
de la contabilidad nacional puede entenderse como un apoyo a la política de contención
del gasto.
Tampoco cree el secretario general del PSOE que la economía española en el 2003
crecerá al 3%. Y tiene probablemente razón. Zapatero piensa, en cambio, que la tasa de
crecimiento rondará el 2,5% (yo, en este punto, y dado que los economistas somos muy
torpes a la hora de pronosticar el futuro, prefiero no opinar hasta 2004). El dato de
crecimiento que baraja la oposición, entonces, es otro argumento que apoya la prudencia:
si vamos a crecer menos, debemos gastar menos. De lo contrario, en un contexto de menos
recaudación fiscal, el resultado será un déficit claramente mayor que cero.
En síntesis, resulta alentador constatar que gobierno y oposición comparten
planteamientos en lo fundamental a la hora de plantear la política económica para 2003.
Para algunos observadores superficiales pudo parecer que el líder del PSOE estaba en
desacuerdo con Montoro. Discrepo de esta interpretación. Ambos están de acuerdo en lo
esencial. Quizá exista alguna diferencia de matiz, pero poco importante. A la luz de
estas ideas podemos considerar a Zapatero como un fervoroso partidario de los presupuestos
generales del estado para 2003.