Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
La pasada semana la Comisión abrió un procedimiento a Francia por infringir el Pacto
de Estabilidad y Crecimiento (PEC) en 2002, año que la ratio déficit público/PIB
alcanzó el 3,1%. Las previsiones sobre el futuro de las finanzas públicas francesas no
son muy halagüeñas. En 2003 y 2004 los expertos pronostican unos déficit equivalentes
al 3,7% y 3,6% del PIB, respectivamente. No parece tratarse de un caso de quebrantamiento
aislado del Pacto sino, más bien, de reincidencia. Y, a su vez, la contumacia en el
incumplimiento no es fruto sólo de la desaceleración económica sino, sobre todo, de la
ausencia de medidas por parte del ejecutivo francés destinadas a corregir el desajuste.
Este desequilibrio, a su vez, comenzó a generarse con el cuantioso aumento del gasto
público que llevó a cabo el gobierno socialista de Jospin. Es cierto que es un problema
que ha heredado el gobierno actual, pero también lo es que no está dando muestras de la
voluntad política necesaria para reconducir la política fiscal francesa y cumplir el
Pacto.
A priori, cada país es soberano y libre para ejecutar la política económica de la
manera que crea más conveniente. Pero cuando se entra a formar parte de una unión
monetaria que tiene determinadas reglas del juego, las cosas cambian. La pertenencia a un
club exige el cumplimiento de sus normas de funcionamiento. Si las reglas no gustan, uno
se sale del club o no entra, pero no se intenta estar en el club infringiendo las reglas.
Si alguien se empeña en cenar en traje de baño en el Club Puerta de Hierro, tiene poco
futuro y dos alternativas: enfundarse en un traje o cenar en otra parte. Traje de baño
más cena en Puerta de Hierro es, sencillamente, una combinación imposible por una razón
muy sencilla: hay otros comensales a los que se debe un respeto también en las formas.
Habrá que escoger. Estoy segura de que este ejemplo, algo rupestre, se entenderá bien en
Francia, donde tanto la elegancia en el vestir como el saber estar son rasgos destacados
en la gran mayoría de sus habitantes. Volviendo a terreno económico, incumplimientos
sistemáticos del PEC y permanencia en la zona euro como si no pasara nada son
comportamientos antagónicos. Habrá que elegir qué se prefiere, porque hay otros
miembros en el club a los que el quebrantamiento del acuerdo no sólo produce un cierto
disgusto, sino, sobre todo, un perjuicio económico. Esto no es fácil de conseguir porque
hay países expertos en nadar y guardar la ropa, pero al menos habrá que procurarlo.
El cumplimiento de los criterios de convergencia de Maastricht aseguró una cierta
homogeneidad entre los países pertenecientes a la zona euro, que de algún modo facilitó
que la política monetaria común diseñada en Francfort fuera lo más beneficiosa posible
para todos los miembros. Pero si los países de la UEM no comparten unos parámetros de
actuación mínimos en cuanto a política fiscal, difícilmente se conseguirá que el BCE
diseñe la mejor estrategia. Supongamos que el BCE se propone combatir la inflación
mediante una subida de los tipos de interés. Si la medida se combina con una expansión
fiscal en un número importante de países de la zona euro, la medida de política
monetaria será inoperante. Además, el PEC limita la cuantía de la deuda pública que
estará vigente en la zona euro, evitando riesgos de monetización de la misma, lo que
pondría en peligro la cotización del euro. Finalmente, es inútil realizar elocuentes y
ampulosas declaraciones de principios afirmando que se quiere hacer de Europa el área
más competitiva en 2010 (como ocurrió en la cumbre de Lisboa) si no se toman las medidas
adecuadas, una de ellas, desde luego, la reducción del peso del sector público y las
consiguientes reformas de ciertas categorías de gasto, como la sanidad o las pensiones.
Está claro que todo en la vida tiene un coste, y el cumplimiento del PEC obliga a
tomar decisiones impopulares desde un punto de vista político. Reformar las prestaciones
al desempleo o las pensiones, dotar la sanidad de más eficiencia ajustando el gasto a las
necesidades reales y recortar las partidas sociales tiene un coste en términos de votos
que ningún gobierno está en condiciones de asumir. Paradójicamente el coste sería
menor si los gobiernos recurrieran al mástil del PEC para hacer oídos sordos a los
cantos populistas de sindicatos, pancarteros y otros ciudadanos. Dicho de otro modo, el
PEC proporciona una coartada para que los gobiernos de la zona euro corrijan uno de sus
viejos vicios: su tendencia excesiva al gasto. Desgraciadamente, y por alguna razón
misteriosa, algunos países como Francia y Alemania se dedican a torpedear el pacto en
lugar de aprovechar la oportunidad que les brinda. Parece una conducta irresponsable con
sus socios de la UE pero también poco inteligente desde el punto de vista de lo que
necesitan sus propios países.
El PEC no es perfecto, como bien se ha señalado. Puede y debe mejorarse. Pero lo que
no parece coherente, como se ha dicho también hasta la saciedad, es flexibilizarlo y
descafeinarlo hasta el extremo de que pierda sus propiedades. Mejor este pacto que
ninguno.
Ante una noticia más que alerta de un nuevo incumplimiento del PEC, ante una nueva
oleada de comentarios y debates, es necesario mantener la sensatez y primar un valor tan
importante como la credibilidad, fundamental si de veras se quiere convertir a la UE en
una zona de alta productividad en el futuro.