| 12 octubre 2002 Del tango a la samba
Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
El domingo pasado Inazio Lula da Silva obtuvo un
46,5% de los votos en las elecciones brasileñas. La segunda vuelta, frente al candidato
socialdemócrata, Serra, se celebrará dentro de dos semanas. Los pronósticos dan la
victoria al primero. La incertidumbre sobre qué hara Lula si llega al poder han
desviado la atención de las bolsas desde Argentina hacia su vecino del norte. Los
mercados ya no bailan a ritmo del tango sino al más trepidante de la samba.
Los medios de comunicación nos han proporcionado diversos
perfiles sobre el (probablemente) nuevo presidente de Brasil. Es difícil hacerse una idea
clara de la persona y el programa. A pesar del apodo inofensivo y casi cariñoso - Lula
parece más un nombre de perrito pequinés que de antiguo sindicalista Da Silva no
suscita excesivo entusiasmo entre los inversores extranjeros. No en vano pertenece al
Partido de los Trabajadores, de izquierdas. Ahora bien, Lula se ha esforzado
durante la campaña en manifestar su simpatía por el mercado. Se ha comprometido a
respetar el acuerdo con el FMI que implica, entre otras cosas, obtener superávit
primario del 3,5% del PIB- y a no nacionalizar las empresas privadas. No obstante, su
programa también incluye medidas de corte más populista, como aumentar el salario
mínimo, las pensiones y los gastos sociales. Un cocktail mortífero y lleno de
incógnitas.
Brasil representa un enigma tan grande como su tamaño. Es
un país no muy familiar para los españoles, quizá por ser el único del área
latinoamericana que no colonizaron nuestros antepasados. Todos sabemos que el país
carioca tiene magníficos futbolistas, grandes extensiones de selva y abundante folklore,
sobre todo en época de carnaval. Es menos conocido, en cambio, que su población se
acerca a los 200 millones de habitantes y su extensión equivale a la de Europa. Gracias a
su tamaño posee todos o casi todos los recursos naturales imaginables: desde petróleo a
hierro, pasando por café (es el primer productor mundial) o madera. Lo atraviesan dos
ríos inmensos, lo cual le confiere enormes posibilidades de generación de energía
hidraúlica. Posee importantes núcleos urbanos, como Sao Paulo, Salvador de Bahía o
Curitiba, e incipientes áreas industriales. Es uno de los países latinoamericanos dónde
más ha crecido la inversión directa externa en las últimas décadas: se ha considerado
atractivo por los inversores extranjeros. No ha sufrido las fuertes caídas en el ritmo de
crecimiento del PIB que han afectado a Argentina, Colombia o Venezuela en los años
finales de los 90.
Para situarnos en lo que puede pasar en Brasil resulta
casi instintivo volver los ojos a Argentina, país que comprendemos algo mejor. Ambos
países comparten similitudes: son naciones grandes, con abundantes recursos naturales,
nivel de capital humano aceptable y capacidad exportadora comprobada. La trayectoria de
las últimas décadas también se asemeja: déficit fiscales, hiperinflación y deuda
externa desmesurada en los 70, políticas más proclives al libre mercado en los 80,
ajuste, estabilidad y crecimiento en los 90, hasta la crisis que coincidió
aproximadamente con el cambio de siglo.
Hay, sin embargo, algunas diferencias. La clase política
argentina no es, precisamente, modelo de aciertos ni de honradez. El populismo peronista
ha dejado una marca indeleble y traumática en las instituciones y la sociedad. Duhalde ha
logrado una hazaña, hasta entonces impensable: arruinar a la provincia más rica del
país, Buenos Aires. Los argentinos se preguntan si repetirá la proeza llevando a la
quiebra al resto de la nación. Las probabilidades son elevadas. Ha destruido la nutrida
clase media compuesta por profesionales, que dinamizaba el país. Los tipos de interés se
sitúan en torno al 50%. ¿Quién va a invertir en un entorno semejante?
Brasil, en cambio, muestra una trayectoria política mucho
menos turbulenta. En los últimos años la buena gestión de Cardoso ha generado
estabilidad política y económica y otros avances sociales.
Es evidente que Brasil se encuentra en un momento
decisivo. El candidato que resulte elegido puede explotar las enormes posibilidades de la
nación, o sucumbir a tentaciones populistas que, sistemáticamente, han dado pésimos
resultados en Latinoamérica. A estas alturas de la película sabemos qué cosas funcionan
en esta zona geográfica: la disciplina fiscal, la baja inflación, la liberalización de
los mercados, la orientación al exterior. Conocemos qué recetas de otras épocas han
sido deletéreas: los déficit, la corrupción, el intervencionismo excesivo, las
políticas de sustitución de importaciones y, en definitiva, atribuir a otros - como la
perversa estructura económica mundial, por ejemplo el origen de los propios
problemas.
Confiemos en que el futuro presidente actúe con sensatez.
Probablemente no será otro Chávez (esperemos), y las circunstancias y en
particular el FMI no le permitirán hacer grandes concesiones a la demagogia. Ahora
bien, cualquier predicción sobre lo que Lula haga en último término está
condenada al fracaso. De todas formas, no perdamos las esperanzas y confiemos en que lleve
a cabo una política económica creíble y razonable. Si a esto los brasileños añaden
una actitud responsable, emprendedora y decidida lejos de la apatía o el
conformismo - Brasil puede explotar su enorme potencial y crecer a tasas elevadas en el
futuro. Confiemos en que sea así. .
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