¡Bien por Duisemberg!

Blanca Sanchez-Robles

Universidad de Cantabria

 

La Gaceta de los Negocios, 3 de abril de 2001

En esta ocasión los expertos, analistas y otros gurús de la economía se equivocaron en sus vaticinios: el BCE no bajó los tipos de interés en su reunión del pasado jueves, probablemente debido a tres razones: la inflación en la zona euro, que ya alcanza un 2,6 % - con una desviación de más de medio punto frente al objetivo del 2% -, el deseo del gobernador de borrar la impresión de los que lo consideran un mero imitador de la política de su colega del otro lado del Atlántico y, finalmente, la noble ambición por parte de la autoridad monetaria europea de conquistar una cierta imagen de independencia frente a los políticos de la zona.

A su vez, otros argumentos aconsejaban bajar los tipos: sobre todo, los datos decepcionantes sobre el descenso de la confianza en Alemania, y el clima de pesimismo que comienza a extenderse también en Francia. Pero al final han prevalecido los motivos que recomendaban mantener el tipo de referencia en el 4,75%. ¿Se ha tomado en Francfort la decisión correcta? Puesto que la economía no es una ciencia exacta, es difícil contestar a esta pregunta de modo rotundo: sólo se pueden aventurar opiniones y conjeturas. En mi modesto entender, el BCE esta vez ha hecho lo correcto, lo que me satisface por muchas razones. Entre otras, porque he criticado su actuación innumerables veces desde estas páginas, de manera que agradezco disponer de una oportunidad para felicitarles por su medida. Creo que es la primera vez que lo hago, y espero que no sea la última.

Seguramente la decisión no ha sido fácil. La economía mundial se encuentra en un momento complicado. Desde luego, no diría yo que catastrófico o ni siquiera preocupante pero sí, al menos, nebuloso. No se acaba de entender muy bien qué está ocurriendo en EEUU. Los más pesimistas hablan de recesión. Otros preferimos dejarlo en desaceleración de un crecimiento que era muy rápido y empezaba a durar demasiado. No pasa nada porque la tasa de crecimiento del PIB americano baje del 5 al 2%. No se hunde el mundo ni asistimos al colapso del capitalismo. Las economías, como las personas, necesitan periodos de enfriamiento para tomar nuevos bríos. ¿Existía un cierto componente de burbuja en Wall Street, a su vez ocasionado por la euforia de la Nueva Economía? Probablemente. La burbuja se ha pinchado – alguien inventó una vez un sabio pareado: cerca de una burbuja siempre se encuentra una aguja –, la Bolsa no acaba de encontrarse a sí misma y sube y baja de un modo un tanto neurótico. La economía americana, no obstante, es sólida, está razonablemente desregulada, los despidos se corrigen en poco tiempo porque el mercado de trabajo funciona, y sus gestores son competentes. ¿Qué más se puede pedir?

De Europa, desgraciadamente, no se puede decir lo mismo. El viejo continente va demasiado despacio en el terreno de las liberalizaciones, las desregulaciones y el progreso tecnológico. Es cierto que su salud parece ir mejorando – lentamente y con recaídas – pero no está en condiciones aún de asumir el honroso papel de locomotora mundial. No creo que veamos en los próximos años al conjunto de los países de la UE creciendo al 5%. Si, muy probablemente, se acercarán a esta tasa algunas naciones- Irlanda, España quizá el Reino Unido – pero no la UE de forma global. La razón es sencilla: cada país tiene sus políticos y sus casuísticas, y no todos los escenarios son favorables. Quizá el gran error de los países de la zona euro consiste en ver al BCE como el remedio de todos los males, y clamar por bajadas de tipos de interés cada vez que la economía da síntomas de enfriamiento. Menos mal que la autoridad monetaria está aprendiendo a imitar a Ulises, atándose al mástil del control de la inflación – que es su prioridad, no lo olvidemos – y hace oídos sordos a los políticos. Se ha dicho hasta el aburrimiento que Europa necesita mercados menos intervenidos y, sin embargo, observamos a Jospin manifestarse en contra de las liberalizaciones energéticas primero, y boicotear la cumbre de Estocolmo después. Lo que Francia – y el resto de Europa- necesita no son tipos bajos sino mercados desregulados. Es contradictorio pedir bajadas de tipos cuando en la economía subsisten multitud de obstáculos al crecimiento en forma de distorsiones. Preocúpense los gobiernos europeos de liberalizar sus respectivas economías, y dejen al BCE el control de la inflación. Apelar a las expansiones monetarias para generar crecimiento es peligroso, ineficaz en último término - sólo genera subida de precios en el largo plazo, como ya dijo Friedman hace 30 años – y puede usarse como coartada para retrasar otras medidas más apropiadas para estimular la economía - como eliminar las distorsiones en los mercados - pero más costosas en términos de votos. Además, no podemos olvidar que en el año 2004 está prevista la entrada como miembros de pleno derecho de países como Polonia, la Rep. Checa o Lituania – donde ya Zara, por cierto, confecciona sus prendas - . Estos países gozan de costes laborales sensiblemente inferiores al resto de la UE, y pueden convertirse en serios competidores de los productos alemanes, franceses o españoles. Tirar la toalla ahora en la lucha contra la inflación en la zona euro nos dejaría inermes ante esa competencia.

Finalmente, unas consideraciones sobre la situación española. Nuestro país, con crecimiento e inflación superiores al resto de los miembros de la zona euro, es uno de los países más perjudicados por la política de tipos bajos practicada por el BCE en los últimos dos años largos. Una bajada de tipos en estos momentos habría incidido de forma muy desfavorable sobre la inflación. Debemos, por tanto, estar especialmente agradecidos a Duisemberg por mantener los tipos en el 4,75%. De hecho, parece que así lo percibió la Bolsa, pues el Ibex subió el día en que la medida fue anunciada. Existe, es cierto, una cierta sensación de pesimismo en nuestro país, que se va creando a ritmo de tango: las inversiones en Argentina son cuantiosas, y la preocupación por lo que ocurra en la nación latinonamericana es lógica. No obstante, creo que ese pesimismo debe superarse. Demos un margen de confianza a Cavallo y recordemos que España todavía va bien en el terreno económico. Esta afirmación es válida a pesar de las vacas locas, la fiebre aftosa y otras enfermedades animales que sin duda aparecerán en breve, ya que la ley de Murphy es inexorable: si una especie zoológica puede contraer una enfermedad grave, contagiosa y de nombre extraño, lo hará irremisiblemente - . Ahora bien, esperemos que la próxima epidemia se detecte entre los chimpancés o las jirafas y no incida en nuestro sector ganadero. En conclusión, debemos seguir trabajando con optimismo, alentados por este nuevo – y agradable - descubrimiento: el BCE, a veces, es capaz de adoptar medidas que nos benefician.

 

sanchezb@unican.es