27 abril 2002Argentina, otra vez
Blanca Sanchez-Robles
Universidad de Cantabria
El otro día cené en el lujoso dúplex de unos amigos. Mi amiga estaba
muy compungida. Le pregunté la razón. "Hemos tenido una disputa con mi
suegro", respondió. "¿Grave?" inquirí con simpatía. "De momento,
bastante desagradable", contestó ella "Y cuál es la causa?" Bueno, como
ya sabes, a Carlos (mi marido) y a mí nos gusta vivir bien. Nuestro lema para la primera
quincena del mes es el carpe diem. Siempre hacemos un viajecito a Nueva York,
Milán o París, con el fin de ver el último estreno de Broadway o una ópera, comprar un
modelo en Carolina Herrera o Valentino para renovar el fondo de armario, y pasear por
Madison Avenue o el Faubourg St. Honoré. Por supuesto, no vamos a hoteles cutres. En
Nueva York nos alojamos en el Plaza. Es tan romántica la vista sobre Central Park...Y
volamos en primera porque si no llegas rota a tu destino". Su explicación me
sorprendió, porque mis amigos - aunque bien situados - no son Bill Gates. Mi amiga debió
presentir mi desconcierto, y aclaró: "Sí, claro, con el sueldo de Carlos y el mío
no podemos pagar la hipoteca del dúplex, ni el viaje a Nueva York, ni las cenas semanales
en Casa Lucio. Pero no hay problema: a mediados de mes llamamos a mi suegro, que como
sabes tiene bastante dinero, y nos ayuda a pagar las facturas pendientes. Es cierto que
también nos recrimina por vivir por encima de nuestras posibilidades, pero siempre acaba
sacando el talonario. Hasta la semana pasada, en que dijo: Ni una más. Y esta vez va en
serio. ¿Qué haré yo sin mi escapada mensual a París o Nueva York? ¿Tendré que
cambiar Valentino por Zara? Menudo disgusto".
La historia recuerda a un país: Argentina. Si hay una nación que ha
vivido consistentemente por encima de sus posibilidades, es Argentina. Primero por las
políticas populistas de Perón, apoyadas en el plano teórico por los brillantes consejos
de la CEPAL que recomendaban la intervención activa, ineficiente y cara del estado en la
economía. En los 70, los préstamos ingentes procedentes de los petrodólares se
emplearon por los gobiernos en usos tan provechosos como la evasión de capitales, la
corrupción o los gastos suntuarios. La monetización de los déficit dio lugar a
hiperinflaciones, distorsionó el sistema financiero y desalentó la inversión, interna y
externa. En los 80 se realizaron ciertas reformas estructurales, es cierto, pero sin
acometer el problema fundamental: sanear las cuentas públicas.
En 1991, Domingo Cavallo intentó establecer una cierta disciplina
monetaria mediante la paridad dólar-peso: sólo se podía imprimir un peso si se
ingresaba un dólar. En principio, la receta dio resultado: la inflación se redujo desde
un 2314% en 1990 hasta un 0.2% en 1996 y el crecimiento del PIB se incrementó
notablemente: la tasa media en el periodo 90-99 fue del 3%. El efecto Tequila en 1995
causó un cierto sobresalto, pero las recomendaciones del FMI - adoptar políticas
restrictivas dieron su fruto y permitieron que se superase la crisis. A todo esto,
la inversión directa externa, estancada en los 70 y que comenzó a repuntar tímidamente
en los 80, alcanzó la cifra récord de un 4% del PIB en los años 95-99. No obstante,
existía un problema larvado: la apreciación del dólar a mediados del decenio de 1990
estaba dañando la competitividad argentina. A finales de la década la bomba estalló: el
crecimiento per capita volvió a registrar cifras negativas, y cayó más de 10 puntos en
los últimos tres años.
La última etapa ha sido políticamente convulsa. Duhalde no ha
ofrecido la imagen de solidez, disciplina y rigor que era necesaria. En lugar de acometer
unos ajustes fiscal y monetario serios, ha puesto en práctica una serie de torpes medidas
el corralito - , unos tímidos e insuficientes recortes presupuestarios y
unos planes absurdos, como el Bonex, que convertiría los ahorros en bonos y cuyo rechazo
en el Senado ha propiciado la dimisión del Gobierno. Como era de prever, la credibilidad
internacional ha caído en picado.
Y ahora, como el suegro de mi amiga, el FMI ha dicho: hasta aquí. Si
no recortáis drásticamente del gasto, no recibiréis un dólar más. Algunos piensan que
sin la ayuda del FMI Argentina no podrá salir del agujero. Otros creen, en cambio, lo
contrario: si el Fondo concede financiación a planes poco realistas, sólo hundirá más
en el hoyo a la economía del país. Duhalde acaba de decir, con mucha razón
"Nuestra crisis es propiamente nuestra, hecha en Argentina, por los argentinos".
Y debe ser resuelta por los argentinos, que tienen que aprender de una vez por todas una
lección dolorosa pero necesaria: el primer paso en toda crisis antes de pedir
ayuda externa - es poner la casa en orden y cuadrar las cuentas. Lo contrario consiste en
poner parches sin resolver el problema, además de lanzar dinero a un pozo sin fondo. Los
argentinos son los que deben dar el primer paso en la solución de sus problemas, y
aprender el significado de la palabra austeridad. Vivir por encima de las propias
posibilidades, a largo plazo sólo acarrea disgustos.